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Blog de Viviana.

Nunca dejo de asombrarme de la calidad humana que tienen los niños, su inocencia y simplicidad, en particular mis hijos.

Pienso cómo sería el mundo, si sintiéramos como estos niños, que no reparan en apariencias o capacidades.

Desde que inició sus estudios hace tres años, mi hijo José Alejandro tiene un compañerito con síndrome de Down.  Inexplicablemente nació entre ellos una unión fuerte y especial.

Ese vínculo sorpresivo no solo lo notamos los padres, sino también sus amigos y hasta las profesoras. Ellas nos comentan esta relación con expresiones como: “son inseparables”, “se quieren tanto”, “no sé cómo hacen, pero se entienden”.

Desde que se conocieron se hicieron amigos. Mi esposo Raúl y yo hablamos con José sobre la discapacidad de su nuevo amigo. Nuestro hijo replicó: “Pero es un niño igual que yo, ¿verdad?”. Le contesté: “Así es”. Desde ese día no se toca el tema.

José dice que ese niño es su mejor amigo. Aunque el niño no habla, se comprenden perfectamente. Tampoco escribe, pero los mensajes que se intercambian tienen corazones y manos entrelazadas. Lo interpretamos como señales de cariño. Juegan un poco brusco, pero terminan siempre abrazados. Cada uno busca la compañía del otro, pues tienen gustos en común. Eso los hace ser tan cercanos que puede más lo que los une que lo que los separa.

Aprecio el que José tenga ese amigo. Deseo que mis hijos vivan en un mundo donde no halla diferencias. Creo que ese cambio ya comenzó con su nueva amistad.