Dios tiene un proyecto: rescatar, sanar y dar vida en Cristo. / Fotografía: Sun-Shock “Dios Padre, en atención a Jesucristo, nos ha elegido antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin defecto alguno, por medio del amor. Nos ha elegido de antemano por medio de Jesucristo, para ser sus hijos adoptivos, porque así lo quiso voluntariamente, para que alabemos su gloriosa benevolencia, con la que nos agració en el Amado” (Ef 1,4-6).

De hecho, Dios originó un universo paradisiaco, como habitación del ser humano. El ser humano fue creado con una inmensa dignidad de persona, imagen y semejanza de Dios, con cuerpo y espíritu; inteligente y libre; varón y mujer.

Y vio Dios que todo era bueno.
Esa circunstancia debía, lógicamente, suscitar en el ser humano gratitud, adoración, obediencia y alabanza.
Pero, en cambio, temerariamente, el ser humano se independizó de Dios y, desde entonces, fue acumulando un enorme saco de maldad.

Fue la desobediencia o el abuso irresponsable de la libertad lo que introdujo en el universo una novedad que no tiene su origen en Dios, ni es querida por Dios: se originó el mal, el sufrimiento y la muerte.

De aquel universo paradisiaco hicimos este valle de lágrimas que conocemos. Con el abuso irresponsable de la libertad nos colocamos lejos del Amor, de la Vida, de la Verdad y de la Luz.

Esa es la situación en la que Jesucristo encontró a la humanidad al llegar el momento de la Encarnación. La Encarnación estaba anunciada desde antes de la creación del mundo para hacernos hijos de Dios. Estaba previsto desde siempre (Ef 1,4-6).

¿Qué hacer ahora si Dios, a pesar de todo, quiere que la humanidad no se malogre? De algún modo debe cumplirse el plan originario de Dios.

Hay que iniciar, un proceso gigantesco de rescate, romper cadenas de esclavitud, remontar con esa humanidad tullida una larga y sacrificada cuesta desde este valle de lágrimas y tinieblas que hemos creado hasta coronar la cumbre donde reside el Amor, la Verdad, la Vida y la Luz.

Hay que revitalizarla de la muerte espiritual a la humanidad. Hay que reconstruir la creación, erradicar el mal.

Dios Padre adjudicará esta ingente tarea extraordinaria a Jesucristo para que nos redimiera y adicionalmente nos elevara a la dignidad de hijos de Dios tal como estaba previsto desde antes de la creación del mundo.

Si para salvar a la humanidad, Jesucristo tuvo que morir en la cruz, significa que el entuerto que era necesario enderezar así lo requería. Era necesario ‘pagar’ un alto precio; se exigía un gran sacrificio. Únicamente el infinito amor divino podía realizarlo: Había que vencer la muerte con la resurrección.

Porque no hay prueba de amor más grande que dar la vida por aquellos a quienes se ama. Solo Jesucristo, Dios y hombre verdadero podía hacerlo sin sucumbir en el intento. Como sucede con un pararrayos que entierra el poder destructor del rayo y prevalece.

Jesucristo, que está presente en su Iglesia y en todo ser humano, es el único nombre dado a los hombres en quien podemos encontrar salvación.

Porque Él es el camino, la verdad y la vida podía dar vida a los muertos, iluminar la oscuridad y liberar a los cautivos del maligno, de la muerte y del pecado.

Eso es la redención. Porque tanto amó Dios Padre al mundo que envió a su Hijo único para que todo el que crea en Él no perezca, sino que, por la acción del Espíritu Santo, tenga vida eterna.

Todo aquel ser humano que crea en Jesucristo y se arrepienta, será perdonado (La fe se demuestra dando de comer al hambriento). Para, finalmente, ser elevados a aquella filiación divina a la cual habíamos sido predestinados, en atención a Cristo, desde antes de la creación del mundo (Ef 1,4-6).

Concluido este plan, Jesucristo volverá pare inaugurar unos ‘cielos nuevos y una tierra nueva’, donde habite la justicia, donde las víctimas inocentes sean rehabilitadas y la luz divina ilumine toda la verdad. Dios mismo enjugará toda lágrima.

Serán colmados en plenitud los deseos más profundos por nuestro corazón: deseos de amor, de verdad, de justicia y de paz.

Nadie será rechazado, a menos que algún temerario y recalcitrante persevere, consciente y libremente toda su vida, en pretender sustituir a Dios. Alguien que, siendo una criatura limitada y necesitada de amor escoja la eterna soledad.

Artículos relacionados:

Compartir