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Juan Pablo II

Eran las 10:00 AM del Domingo 01 de Mayo 2011 cuando comenzaron a salir de la Basílica de San Pedro en Roma los Obispos y Cardenales ordenados en procesión para dar inicio a la Misa de Beatificación del Papa Juan Pablo II.

En las pantallas gigantes colocadas en la Plaza de San Pedro y a lo largo de Via della Conciliazione apareció el rostro de nuestro amado Papa Benedicto XVI provocando que el millón y medio de personas allí presentes explotara en un gran aplauso. Los gritos: ¡viva el Papa! se oían en todas partes y en todos los idiomas.

El cardenal Vicario de Roma, Agostino Vallini, en nombre de toda la Iglesia le pidió al Papa que incluyera a Juan Pablo II entre el número de los beatos. Ante esta solicitud el Papa respondió que, en virtud de la autoridad apostólica que posee, declaraba oficialmente que Juan Pablo II era beato.

El coro cantó: ¡Amén! Los corazones de todos rebalsaban de emoción. Un aplauso largo y estremecedor liberó la intensa emoción del momento. Muchos lloraban. Las palabras “Santo Subito” que los fieles habían expresado en abril 2005 en ocasión del funeral ahora se hacían realidad. ¡Juan Pablo II es beato!

En ese momento se desveló la imagen del nuevo Papa Beato que habían colgado del balcón central de la Basílica Vaticana. Allí estaba él rodeado de resplandor con rostro sereno y sonrisa afable. Parecía que se había abierto en el cielo una ventana por la que se podía ver a Karol Wojtyla en la gloria de Dios.

En la homilía el Papa Benedicto XVI nos recordó que “todos los miembros del Pueblo de Dios –obispos, sacerdotes, diáconos, fieles laicos, religiosos, religiosas– estamos en camino hacia la patria celestial, donde nos ha precedido la Virgen María”.

Esto nos hace recordar las palabras de Jesús: “En la casa de mi Padre hay lugar para todos… voy a prepararles ese lugar… después regresaré y los llevaré conmigo, para que puedan estar donde voy a estar yo.” Jn 14,2-3

El cielo es la meta definitiva a la que estamos llamados todos, es ese estado de felicidad suprema y definitiva en el que estaremos reunidos junto a Jesús, a María, a los ángeles, a los santos y beatos, formando así la Iglesia del cielo, donde veremos a Dios “cara a cara” (1ª Cor 13,12).

Que el ejemplo de Juan Pablo II nos estimule, con la ayuda de Dios, a crecer en santidad, y suscite en todos nosotros el deseo de llegar a formar parte de la Iglesia Celeste.

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