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Un conocimiento de Don Bosco que viva de la continua tensión entre nuestro preguntarnos sobre el presente y la búsqueda de respuestas que vienen del pasado. No basta con que la grandeza de Don Bosco esté presente en la conciencia de cada uno de nosotros. Condición indispensable es conocerlo bien, más allá del simpatiquísimo anecdotario que rodea a nuestro querido padre y de la misma literatura edificante, sobre la que generaciones enteras se han formado. 

 

No se trata de ir a buscar recetas fáciles para afrontar como Familia la “crisis” actual de la Iglesia y de la Sociedad, sino de conocerlo profundamente, de modo que pueda ser “actualizado” en el amanecer de este tercer milenio, en el clima cultural en que vivimos, en los diferentes países en los que trabajamos. 

 

Se necesita un conocimiento de Don Bosco que viva de la continua tensión entre nuestro preguntarnos sobre el presente y la búsqueda de respuestas que vienen del pasado; sólo así podremos inculturar todavía hoy el carisma salesiano.

El contacto con Don Bosco, hecho con métodos propios de la investigación histórica nos ha llevado a medir mejor su grandeza, su genialidad práctica, sus dotes de educador, su espiritualidad, su obra. La simple repetición de frases de Don Bosco podría hacernos traicionar la identidad salesiana. Se trata en efecto de textos y testimonios propios de una “cultura” ya trasnochada, de una tradición y de una teología que no es desde luego la nuestra y por tanto no es perceptible inmediatamente para nosotros.

La nueva biografía crítica ha obtenido por lo menos dos efectos positivos: ante todo mostrarnos el rostro genuino de Don Bosco y la verdadera grandeza de nuestro Padre; en segundo lugar tener en cuenta a Don Bosco en la historia civil.

 

Hasta hace algún decenio, en efecto, la historiografía laica sentía una especie de alergia a Don Bosco y no le dedicaba espacio, tal vez por ciertos tonos acaramelados, por un sensacionalismo milagrero, por los sagrados conjuros, que llenaban biografías edificantes e indulgentes con lo maravilloso. 

Don Bosco prefiere ocuparse de la clase media y de la clase pobre porque necesitan más la ayuda y la asistencia. Para Don Bosco la apertura de nuevas obras está determinada por las exigencias de la situación. La pobreza cultural de los jóvenes provoca en Valdocco la apertura de una escuela elemental dominical, después nocturna y después diurna, sobre todo para los que no pueden acudir a la pública; después otras clases, talleres diversos y así sucesivamente hacia la compleja “casa aneja” al Oratorio de S. Francisco de Sales. 

Esta primera obra, de simple lugar de encuentro los días festivos para la catequesis y para los juegos, se convierte en lugar de formación global; para un cierto número de jóvenes sin medios de subsistencia se convierte en una casa, en un lugar de residencia. Al patio y a la iglesia, donde se desplegaba un programa con la posibilidad de los sacramentos, de instrucción religiosa elemental, de entretenimiento, de intereses, de festividades religiosas y civiles, de regalos, se han añadido otras estructuras para ofrecer el aprendizaje de un oficio, evitando acudir a fábricas de la ciudad demasiado frecuentemente inmorales y peligrosas para los jóvenes ya gravados por un pasado difícil. Y a continuación se fundaron otras casas salesianas, otros colegios-internados, otros pequeños seminarios confiados a la ya nacida Sociedad salesiana. 

suenhoA los nueve años tuve un sueño. Quedaría grabado profundamente en mi mente para toda la vida. Me parecía estar cerca de mi casa, en un patio muy grande, donde se divertía un gran número de muchachos. Algunos reían, otros jugaban, no pocos blasfemaban. Al oír las blasfemias, me lancé en medio de ellos. Traté de hacerles callar usando puñetazos y palabras. 

En aquel momento apareció un hombre majestuoso, vestido noblemente. Un manto blanco cubría toda su persona. Su rostro era tan luminoso que yo no era capaz de fijar en él mis ojos.

Me llamó por mi nombre y me ordenó que me pusiese al frente de aquellos muchachos.