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Talita Kumi. Hermanas de la Resurrección. Guatemala, mayo 2013.- Las Hermanas de la Resurrección de Talita Kumi, en Carchá, nos pidieron un taller para iniciarse en redacción periodística elemental, fotografía básica y uso pastoral de la web.

Allá nos fuimos Zaida Navarrete y yo el 6 de mayo, enfrentando un recorrido de 420 kilómetros en nuestro fiel y obediente Hyundai. Los siguientes tres días tuvimos un horario completo de siete horas de trabajo diario. Once Hermanas y un laico componían el grupo. Las Hermanas representaban a casi todas sus comunidades ubicadas en Alta y Baja Verapaz, Quiché, Izabal y Petén.

Ya que andábamos “cerca”, incluimos en la gira una visita a los tres salesianos pioneros en la parroquia San Benito, en Petén. Solo se trataba de añadir 431 kilómetros a lo ya recorrido.

El 10 de mayo bajamos de las alturas de Carchá por una carretera sinuosa tipo tobogán para arremeter con la monótona y calurosa planicie del Petén. La tentación de acelerar el carro en la carretera rectilínea se veía frenada por el continuo sucederse de túmulos y más túmulos. Parece que a los chapines les ha dado por sembrar de túmulos las carreteras a lo largo y ancho del territorio nacional.

Tuvimos suerte de encontrar pronto la casita de los tres heroicos misioneros salesianos fundadores de la obra en San Benito, Petén. La parroquia está incrustada en un área de la ciudad. No logré entender por qué hay tres ciudades en una: San Benito, Santa Elena y Flores. Esa tarde nos reunimos con los fundadores de la obra salesiana: Miguel Giorgio, Shiju Thotupuratu y Giampiero De Nardi. El lugar menos sofocante para conversar resultó ser el corredor interno.

La cena fue en el “palacio” episcopal, donde monseñor Mario Fiandri nos acogió a todos, visitantes y residentes, con una magnífica pasta italiana preparada por él mismo. El condimento más sabroso fue el buen humor y el eterno calor ambiental.

Intentar dormir en San Benito es una experiencia entre estoica y desesperada. El calor resulta insoportable. El pequeño ventilador refresca un poco pero fastidia su chorro de aire. Cerca hay una fiesta con música atronadora. A medianoche se impone la fatiga y el sueño baja piadoso.

El sábado por la mañana nos decretamos un descanso cultural. Había que aprovechar la oportunidad de visitar las célebres ruinas mayas en Tikal. El contacto con ese mundo perdido sorprende hasta al menos informado. Pero el intento de recorrer toda la ruta entre pirámide y pirámide deja extenuado al más valiente. Añádase a ello los pavorosos rugidos de una manada de monos invisibles que aullaban como en las películas de Tarzán.

Por la tarde nos reunimos con un incipiente grupo juvenil muy entusiasta. Les propusimos algunas ideas sobre la utilización de la comunicación social que acogieron decididamente.

El domingo escapamos literalmente de San Benito a las cinco de la mañana. Escapamos, porque abordamos nuestro vehículo mientras nuestros hermanos peteneros aún dormían. Y porque nos esperaban 439 kilómetros para llegar a San Salvador, donde pusimos pie a las dos y media de la tarde.

La única variante del monótono viaje fue la corta parada a mitad del puente sobre el Río Dulce. Ese extenso despliegue de agua a diestra y siniestra nos hizo respirar hondo.

Así, con una bitácora saturada de kilómetros, nos quedó la alegría de haber sembrado semillas de comunicación social con la fundada esperanza de que germinarán a su tiempo.

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