Jóvenes, IA y el futuro del encuentro humano: una lectura salesiana de la era digital Alrededor de muchas mesas familiares se repite hoy una escena conocida: un niño le pide a una IA que le explique una tarea escolar; otro la utiliza para crear imágenes, música o videos. Los padres admiran la rapidez con la que los hijos aprenden y cómo la tecnología puede despertar la creatividad. Sin embargo, las conversaciones se vuelven más breves, aumenta el tiempo frente a las pantallas y los jóvenes parecen estar más cerca de las máquinas que de las personas que tienen a su lado.

La inteligencia artificial forma ya parte de la vida cotidiana en los hogares, las escuelas y los centros juveniles. Ofrece oportunidades reales para el aprendizaje y la creatividad, pero también plantea interrogantes sobre las relaciones, la verdad, la responsabilidad y lo que significa ser humano. Para quienes trabajan con jóvenes en escuelas, parroquias y organizaciones juveniles, estas son cuestiones educativas y espirituales tanto como tecnológicas.

El mensaje del Papa León XIV para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales nos exhorta a preservar “las voces y los rostros humanos” en una época marcada por la IA. La comunicación auténtica se fundamenta en la dignidad humana y en el encuentro; la IA se vuelve problemática cuando reemplaza, en lugar de servir, a la presencia humana genuina. Esa preocupación está muy cerca de la tradición salesiana.

El modo salesiano —el espíritu y estilo inspirados por san Juan Bosco y san Francisco de Sales— sitúa el acompañamiento, y los pilares del Sistema Preventivo que son la razón, la religión y la amabilidad (llamada “amorevolezza”, un amor que se hace amar)  en el centro de la formación juvenil. Valora la presencia, la amistad y la alegría, e invita a los jóvenes a expresar su energía y creatividad mientras crecen en responsabilidad y libertad. Desde esta perspectiva, la IA debería ser un apoyo para las relaciones y el crecimiento, nunca un sustituto de ellos. Esto queda muy bien explicado por el Papa León XIV en su primera Encíclica “Magnifica Humanitas”.

La cuestión clave no es solamente si la IA es útil, sino también, si ayuda a los jóvenes a llegar a ser más plenamente ellos mismos: más creativos, más relacionales, más capaces de discernir y más abiertos a un significado profundo. La tecnología no debería estandarizar, manipular ni debilitar la expresión personal; sino que debería apoyar el despliegue de los talentos dados por Dios y ayudar a una comunicación auténtica.

El encuentro personal sigue siendo esencial. Los buenos educadores no comienzan por los sistemas o las estrategias, sino por la atención a un solo joven, construida mediante la escucha, la confianza y la orientación paciente. La IA puede sonar empática, pero no puede reemplazar el compromiso vivo de un mentor, docente o acompañante pastoral. El acompañamiento humano forma el carácter porque comunica cuidado y atención al joven de un modo que ningún algoritmo puede reproducir.

Esto no significa rechazar la innovación. Don Bosco utilizó las herramientas comunicativas de su tiempo —la imprenta, la educación técnica y los medios de comunicación emergentes— para llegar a los jóvenes. La tarea de hoy es semejante: utilizar la IA de manera creativa y fiel, sin rechazarla de plano ni aceptarla acríticamente, sino discerniendo cómo puede servir a la misión.

Bien utilizada, la IA puede ampliar las oportunidades. Puede personalizar el aprendizaje, traducir materiales, preparar recursos formativos, ayudar en la administración y ofrecer estímulos creativos que ayuden a los jóvenes a desarrollar habilidades. También puede reducir barreras para las comunidades desfavorecidas al mejorar el acceso a la información y la formación.

Pero los riesgos son reales. La IA puede debilitar el encuentro auténtico cuando reemplaza la presencia humana. Puede difundir desinformación o reproducir prejuicios. Puede ampliar la desigualdad si los pobres no tienen acceso a ella. Puede fomentar una dependencia que adormezca la imaginación y el juicio. Y, de manera más sutil, puede limitar la creatividad si los jóvenes empiezan a preferir los resultados generados por máquinas en lugar de desarrollar sus propias ideas y su propia voz.

El principio orientador debería ser el florecimiento humano en sentido salesiano: la tecnología debe servir al crecimiento de la inteligencia, las emociones, las relaciones, la libertad y la apertura al sentido común y a Dios. La IA es beneficiosa cuando fortalece la comunidad, el aprendizaje y la evangelización; se vuelve dañina cuando disminuye el encuentro humano o la expresión personal auténtica.

Esto supone la importancia de formar a educadores y responsables para utilizar la IA como una herramienta de apoyo para la preparación, la traducción, el acceso a la información genuina y la inspiración creativa y artística, promoviendo al mismo tiempo espacios para la conversación cara a cara, el juego, el acompañamiento y la vida comunitaria. También significa asegurar que los jóvenes más desfavorecidos no queden rezagados.

Volvamos a la mesa familiar: la IA ya forma parte de la vida de los jóvenes. La verdadera pregunta es si, en medio de todo este progreso, seguirán encontrando adultos que escuchen, acompañen y les den espacio para correr, crear, soñar y descubrir el sentido de sus vidas. El camino salesiano responde a esta cuestión insistiendo en que la formación comienza con la presencia personal y la guía amorosa. La tecnología puede ayudar, pero lo que verdaderamente transforma una vida es una persona que se detiene, escucha y camina junto a un joven.