Cuando nuestra esencia se ve opacada por algoritmos En la última década, la palabra “algoritmo” se ha vuelto parte de nuestro vocabulario cotidiano. Con la llegada de la Inteligencia Artificial generativa, muchos se refieren a estos modelos como “algoritmos”, aunque en esencia son sistemas estocásticos: por su naturaleza probabilística, una misma pregunta puede generar respuestas distintas en múltiples intentos. 

La explosión reciente de la IA ha despertado entusiasmo por sus beneficios: adultos que realizan sus labores con mayor facilidad, estudiantes e investigadores que acceden a enormes cantidades de información, y tareas antes imposibles que ahora parecen alcanzables. Pero toda luz proyecta una sombra ante las irregularidades; en este caso, la asechanza del maligno.

En el ámbito educativo, muchos jóvenes utilizan la IA para generar ensayos, reportes y tareas con el fin de “facilitarse la vida”. Al delegar procesos de aprendizaje a una máquina que “ya aprendió”, corren el riesgo de reducir la educación a la obtención de una calificación. Nuestro sistema los ha condicionado a valorar el resultado por encima del aprendizaje, favoreciendo la búsqueda de respuestas inmediatas antes que el desarrollo del pensamiento propio.

En el mundo laboral también surgen desafíos. Algunas empresas recurren a estas tecnologías para aumentar la productividad o financiar mejores herramientas para sus empleados más eficientes. Sin embargo, cuando la ganancia neta se convierte en el único criterio, el desarrollo profesional de las personas queda relegado y quienes son considerados “no esenciales” terminan siendo desplazados.

Asimismo, la IA puede utilizarse para perjudicar a otros. La suplantación de identidades, la generación de contenido sensible o el uso de herramientas digitales para dañar la imagen y la dignidad de terceros muestran cómo una tecnología poderosa puede convertirse en un instrumento contra el prójimo. Aunque esta máquina parece “saberlo todo”, puede equivocarse, ser inconsistente y alucinar, pero no puede hacerse responsable de las consecuencias de sus acciones.

¿Notas el patrón? Pereza, avaricia y envidia: tres pecados capitales. Son apenas tres ejemplos de cómo una herramienta de progreso puede ser usada maliciosamente. Lo mismo ocurre en muchos ámbitos de la sociedad, todos marcados por una raíz profunda: el pecado. 

Pero no solo el pecado distorsiona estas herramientas; también nuestras carencias se reflejan en la búsqueda de gratificación inmediata. Algunos buscan apoyo psicológico o consultas médicas en modelos generativos, reemplazando el acompañamiento humano en el cuidado de la salud. Estos sistemas pueden aparentar emociones con frases como “te entiendo”, “comprendo lo que dices” o “lo siento mucho”, pero no sienten: solo imitan patrones humanos aprendidos durante su entrenamiento. 

Buscar esa “cercanía” en la IA nos separa del entorno y debilita la ya frágil vida comunitaria. Nos volvemos dependientes de una máquina que puede equivocarse, que puede decirnos lo que queremos oír, aunque no sea lo que realmente necesitamos. A veces no basta con apoyo, necesitamos consejo, corrección fraterna y presencia humana. Eso puede imitarse con prompts bien elaborados, pero ¿nos conformamos con imitaciones? 

Lo decía san Carlo Acutis: “Todos nacen como originales, pero muchos mueren como fotocopias”. El amor de Dios, manifestado a través de nuestros hermanos, es lo que nos hace plenos, no una autoayuda artificial cuidadosamente formulada. 

Por eso es oportuno el mensaje del papa León XIV en su encíclica Magnifica Humanitas, donde se recuerda la presencia de la Iglesia en la sociedad civil: un Evangelio que ilumina la naturaleza humana y los derechos. Los humanos no son malos por naturaleza, pero alejarnos de las enseñanzas del Evangelio nos expone a la corrupción, y podemos convertir aquello iluminado por Dios en un “arma”. 

Jesús fue uno de nosotros, no una máquina de satisfacción inmediata. Sus discípulos pasaron miedo y sufrimiento antes de recibir la gracia del servicio al pueblo de Dios. Además, Jesús nos encomendó al Espíritu Santo, que concede dones para ponerlos al servicio. ¿Por qué conformarnos con una imitación en lugar de acudir a nuestros hermanos, que han sacrificado su vida para convertirse en médicos del cuerpo o del alma? 

Depender ciegamente de una herramienta poderosa puede opacar nuestro camino de santificación, no dejemos que la IA sea nuestra perdición. Escuchemos la iluminación del Papa para usar adecuadamente los avances tecnológicos y evitar que amplíen la brecha entre privilegiados y desfavorecidos. Porque la ciencia sin moral es vana.