La Asociación de María Auxiliadora ADMA nace del corazón pastoral de Don Bosco, estrechamente vinculada a la construcción de la Basílica de María Auxiliadora en Turín y a las numerosas gracias que la Virgen concedía a los fieles. Con su espíritu organizador, Don Bosco dio forma estable a esta devoción al fundar, el 18 de abril de 1869, la Asociación de Devotos de María Auxiliadora, con el objetivo de promover la adoración al Santísimo Sacramento y el amor filial a María. Esta iniciativa, considerada por él como parte integrante de su misión, fue creciendo rápidamente y extendiéndose en la Iglesia.
Con el paso del tiempo, la Asociación se renovó sin perder su esencia. En 1988, con motivo del centenario de la muerte de Don Bosco, adoptó oficialmente el nombre de Asociación de María Auxiliadora ADMA, reflejando así una identidad más clara y un renovado impulso apostólico dentro de la Iglesia y la Familia Salesiana.
Hoy, ADMA reúne a laicos de distintas edades que desean vivir su fe inspirados en María Auxiliadora, haciendo de la vida cotidiana un verdadero camino de santidad. Su espiritualidad se expresa en actitudes evangélicas como la confianza en Dios, la gratitud constante y la fidelidad incluso en medio de las dificultades.
Su misión impulsa la vida sacramental, la oración y el compromiso espiritual y educativo con los jóvenes más necesitados, así como el fortalecimiento de la familia como espacio fundamental de fe. De este modo, ADMA continúa siendo un itinerario accesible de vida cristiana y apostolado, especialmente necesario en el contexto actual.
Extendida en los cinco continentes, ADMA se consolida como el grupo más numeroso de la Familia Salesiana, con más de 100,000 miembros en 50 países, y sigue creciendo gracias al impulso del ADMA juvenil que asume con entusiasmo su espiritualidad y misión apostólica.
Testimonio
¿Cómo ha marcado su vida el ser ADMA?
“Pertenecer a ADMA es vivir la presencia de la Virgen Santísima en mi vida como Madre y Auxiliadora, desde la espiritualidad salesiana. Es una invitación constante a imitar sus virtudes: ser una mujer orante y obediente a la voluntad de Dios; ser madre entregada a mi familia y a los necesitados; y ser apóstol fiel a las misiones que ella y su Hijo, Jesús, quieran confiarme. Ser ADMA hoy es ser testigo de su auxilio y de los milagros que ella alcanza de Dios para sus hijos. Es amar más a su Hijo Jesús y buscar siempre su presencia; es perseverar en la fe, a pesar de los obstáculos, y vivir una conversión constante. Es amarla más, hacer que otros la conozcan, la amen e invoquen con confianza su ayuda materna, y vivir como decía Don Bosco: ‘Ella lo ha hecho todo’”.
Isabel de Mora, ADMA.