¿Dónde está Dios? Estas semanas hemos visto imágenes dolorosas de Venezuela, casas destruidas, familias buscando noticias de sus seres queridos, personas durmiendo fuera de sus hogares por miedo a nuevas réplicas, rescatistas trabajando sin descanso entre los escombros, personas que han perdido a sus seres queridos… y frente a noticias así, tarde o temprano aparece una pregunta que no es falta de fe, es una pregunta profundamente humana: ¿Dónde está Dios en medio de tanto dolor?

No es una pregunta nueva, está en la Biblia, está en los salmos, está en el grito de Job, está en los labios de tantos hombres y mujeres que, en medio del sufrimiento, no quisieron fingir que todo estaba bien.

A veces, ante una desgracia, alguien dice: Dios permitió esto por alguna razón”. Pero hay frases que, aunque se digan con buena intención, pueden herir más de lo que consuelan. Porque cuando una madre está buscando a su hijo, cuando una familia ha perdido su casa, cuando alguien está bajo los escombros, no necesita primero una teoría sobre Dios. Necesita una mano, una presencia, una oración sincera, agua, alimento, ayuda concreta y alguien que llore con ella.

La Biblia no nos enseña a explicar fácilmente el dolor, nos enseña, más bien, a no dejar sola a la persona que sufre.

En el Evangelio de Lucas hay un episodio que parece escrito para estos momentos. Algunas personas le cuentan a Jesús sobre tragedias que habían ocurrido; gente asesinada por Pilato y otras personas que murieron cuando se derrumbó una torre en Siloé. Entonces aparece la pregunta que todavía escuchamos hoy: ¿les pasó eso porque eran más pecadores que los demás?

Jesús responde con claridad: “¿Piensan que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? No, les digo” (Lc 13,4-5).

Esta palabra de Jesús es muy importante. Él rechaza la idea de que una tragedia sea un castigo directo de Dios contra determinadas personas. No dice que quienes murieron eran peores, tampoco dice que Dios les mandó el desastre porque habían fallado, Jesús no usa el dolor ajeno para asustar o juzgar.

Y eso debería hacernos pensar mucho. Cada vez que usamos una desgracia para señalar a una ciudad, a un pueblo, a una familia o a una persona, estamos hablando de una manera que Jesús no aprobó. Entonces, ¿qué podemos decir?

Podemos decir, ante todo, que Dios no es indiferente al dolor humano. La fe cristiana no nos presenta a un Dios sentado lejos, mirando desde el cielo cómo sufrimos. Nos presenta a Jesucristo, el Hijo de Dios, que lloró ante la tumba de su amigo Lázaro (Jn. 11,35), que se acercó a los enfermos, que tocó a los excluidos, que tuvo compasión de las multitudes y que murió clavado en una cruz.

Dios no siempre evita la cruz, pero nunca abandona a quien la carga. Dios no es el autor del mal. Dios está en medio del dolor, sosteniendo, acompañando, suscitando manos que ayudan, corazones que rezan, médicos que atienden, vecinos que comparten lo poco que tienen, rescatistas que no se rinden.

Tal vez alguien dirá: Pero si Dios puede hacer todo, ¿por qué no detuvo el terremoto?”

No tengo una respuesta que elimine ese misterio. Y sospecho que nadie debería hablar como si la tuviera. Job, uno de los grandes hombres de fe de la Biblia, sufrió pérdidas terribles. Sus amigos intentaron explicarle su dolor diciéndole que seguramente había hecho algo malo; seguramente Dios lo está castigando; seguramente hay una razón escondida. Pero al final del libro, Dios no felicita a los amigos de Job por sus discursos. Porque habían hablado demasiado y habían acompañado demasiado poco.

Job no recibe una explicación matemática de su sufrimiento. Recibe algo más profundo: descubre que Dios no cabe en sus cálculos y que, aun en la noche, Dios no ha dejado de estar presente.

También nosotros tenemos que aprender a ser humildes ante el misterio. No sabemos por qué una placa tectónica se mueve en un momento determinado, ni por qué una familia queda más expuesta que otra, ni por qué algunos logran ser rescatados y otros no. Pero sí sabemos algo: no podemos quedarnos cruzados de brazos.

Cuando Jesús habla de la torre de Siloé, no convierte la tragedia en espectáculo. La transforma en una llamada a vivir despiertos. No para vivir con miedo, sino para vivir con responsabilidad. Una catástrofe nos recuerda que somos frágiles, que no controlamos todo, que la vida no puede reducirse a acumular, discutir por cosas pequeñas o vivir como si nunca necesitáramos a nadie.

En hebreo, la palabra ruaḥ puede significar viento, aliento o espíritu. Me gusta pensar que, cuando todo parece sacudirse, el Espíritu de Dios sigue moviendo algo en el corazón del ser humano: la solidaridad. Allí donde hay un vecino que abre su casa, una parroquia que recoge alimentos, una joven que comparte información útil, un sacerdote que acompaña, un médico que no duerme, una persona que ora por quienes no conoce, allí está actuando el ruaḥ de Dios. No porque Dios haya querido la tragedia, sino porque Dios no deja que el dolor tenga la última palabra.

La cruz nos enseña precisamente eso, el Viernes Santo parecía que todo había terminado: Jesús herido, abandonado, muerto. Pero Dios no salvó a Jesús evitando el sufrimiento desde fuera, lo sostuvo dentro de él y, al tercer día, abrió un camino que nadie esperaba, la resurrección.

No podemos decirle a una persona que acaba de perder a alguien: No llores, todo saldrá bien”, si Jesús lloró. La fe no nos pide negar las lágrimas, nos pide llorar con esperanza, nos pide creer que ninguna vida se pierde en las manos de Dios y que el amor es más fuerte que la muerte.

Ante Venezuela, quizá la pregunta no sea solo “¿dónde está Dios?”. También deberíamos preguntarnos: ¿dónde estamos nosotros?

¿Estamos difundiendo información responsable o solo imágenes que aumentan el miedo?

¿Estamos orando de verdad por las víctimas?

¿Estamos dispuestos a colaborar con ayuda confiable?

¿Estamos cerca de quienes tienen familiares allá?

¿Estamos educando a nuestros jóvenes para la solidaridad y no para la indiferencia?

Dios está donde siempre ha prometido estar; cerca del pobre, del herido, del que llora, del que busca, del que no puede más. Está bajo los escombros, en la angustia de una madre, en la fatiga de un rescatista, en la mano de quien comparte pan, en la oración de una comunidad que no olvida.

Cuando la tierra tiembla, nuestra fe también tiembla un poco, y no pasa nada, a veces la fe madura no cuando tenemos todas las respuestas, sino cuando, sin entenderlo todo, seguimos diciendo: Señor, aquí estoy, hazme instrumento de tu consuelo”.

Porque quizá no podremos explicar cada desgracia, pero sí podemos hacer que nadie tenga que atravesarla solo.