Junio, mes para volver al Corazón de Cada mes de junio, la Iglesia nos invita a mirar de nuevo el Sagrado Corazón de Jesús, tal vez algunos imaginan esta devoción solo como una imagen antigua: Jesús señalando su corazón encendido, coronado de espinas y abierto por amor, pero detrás de esa imagen hay una realidad profundamente bíblica, Dios no nos ama desde lejos; Dios nos ama con un corazón humano en Jesucristo.

En la Biblia, el corazón no es solo el lugar de los sentimientos, en hebreo se dice לֵב / lēb, y significa el centro de la persona, pues ahí se piensa, se decide, se ama, se recuerda, se confía o se rechaza a Dios, por eso, hablar del Corazón de Jesús es hablar de su interior más profundo, su amor, su compasión, su obediencia al Padre, su ternura hacia los pobres y su entrega hasta la cruz.

El Antiguo Testamento ya nos prepara para comprender esta revelación, en el profeta Oseas, Dios habla como un padre herido por el amor: “Mi corazón se me revuelve dentro, a la vez que mis entrañas se estremecen” (Os. 11,8). Israel ha fallado, pero Dios no puede dejar de amar, su corazón se conmueve, Jeremías lo expresa con una frase bellísima: “Con amor eterno te amé” (Jr. 31,3) y Ezequiel anuncia la promesa de Dios: “Les daré un corazón nuevo” (Ez. 36,26).

Todo eso llega a su plenitud en Jesús, cuando Jesús ve a la gente cansada, perdida y herida, la mira desde su corazón, el Evangelio dice que “sintió compasión de ellos, porque estaban como ovejas sin pastor” (Mt. 9,36). El corazón de Jesús no es indiferente, se acerca al enfermo, toca al excluido, perdona al pecador, levanta al caído y devuelve dignidad a quien se sentía perdido.

Por eso, una de las frases más importantes para entender el Sagrado Corazón está en labios del mismo Jesús: “Vengan a mí todos los que están fatigados y sobrecargados, y yo les daré descanso… aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt. 11,28-29). Jesús no dice: “aprendan de mí porque soy poderoso”, aunque lo es, no dice: “aprendan de mí porque sé mucho”, aunque es la Sabiduría de Dios, dice: “soy manso y humilde de corazón”, ese es el corazón donde el cansado puede descansar.

Pero el Evangelio de Juan nos lleva todavía más lejos, en la cruz, cuando Jesús ya ha entregado la vida, “uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua” (Jn. 19,34). La tradición cristiana ha visto en ese costado abierto el signo más profundo del amor de Cristo, un amor herido, entregado, abierto para siempre, la sangre nos recuerda la alianza y la Eucaristía; el agua nos habla del Bautismo, del Espíritu y de la vida nueva. Por eso, el Sagrado Corazón de Jesús no es una devoción sentimental, es una síntesis del Evangelio, es contemplar a Jesús y descubrir que en Él se nos revela el corazón mismo de Dios, un corazón que se conmueve, perdona, busca, espera, sana y se entrega.

Comenzar el mes de junio mirando el Corazón de Jesús es una invitación sencilla y profunda, dejar que Él sane nuestro propio corazón, porque todos llevamos cansancios, heridas, culpas, miedos y deseos desordenados, pero Jesús no nos recibe con dureza, nos dice: “Vengan a mí”, su corazón sigue abierto. Este mes, tal vez la mejor oración sea: Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo y que eso no sea solo una frase bonita, que nuestro corazón se parezca un poco más al suyo quiere decir menos duro, menos indiferente, menos orgulloso; más compasivo, más humilde, más disponible para amar.

Porque quien se acerca al Corazón de Jesús es capaz de entender que Dios tiene un corazón abierto y en ese corazón siempre hay lugar para nosotros.