Amor. El amor, por todos es sabido, es el artífice de un montón de virtudes más. Sé que no estoy ilustrando a nadie al decir que donde hay amor hay armonía, bondad, paciencia, generosidad y sacrificio.

Pero, principalmente, el amor es trascendental. Atraviesa con fuerza el tiempo, fronteras, idiomas y hasta creencias religiosas. Trasciende, pues. También es trascendental en la otra acepción: que es de mucha importancia por las consecuencias que trae tras de sí.

 

Es sustancial que nos demos cuenta que decir que el amor rompe barreras es más que una frase desgastada por el uso e injustamente robada por la superficialidad. El amor nos hace mejores personas y, por ende, nos adentraría a un mundo mejor. 

 

Don Bosco lo sabía e hizo de eso su vocación.

 

Por ejemplo, preadolescentes con un fuerte concepto de amor a sí mismos y los demás difícilmente serían presa de humillaciones por parte de sus compañeros o amigos porque tendrían la confianza y seguridad de parar las acciones que los lastiman. Pero para eso necesitan confiar en los adultos que les rodean en sus entornos principales: sus hogares o sus centros de estudios. Pero, ¿pueden confiar en los adultos que tienen cerca? ¿Qué reciben a cambio? ¿Les enseñamos con amor o los humillamos y desatendemos? ¿Somos nosotros mismos quienes les enseñamos a despreciar a los demás, a no corresponder con agradecimiento la generosidad de otros?

 

Otro ejemplo: jóvenes universitarios o preuniversitarios que se creen graciosos publicando en sus redes sociales las fotografías y chistes que denigran a otras personas. Esa es la moda, se supone que todos deberíamos reírnos de eso. Si no es así, o somos viejos pasados de moda o somos las víctimas de esas burlas. En cambio, si estos muchachos tuvieran bases sólidas de amor, sentirían respeto hacia otras personas (sean estas conocidas o no), serían capaces de ponerse en su lugar y ser más compasivos y empáticos para no herir a muerte a los demás. Eso nos caería bien a todos. Pero, ¿qué han aprendido sobre esto? ¿Hemos sido empáticos y compasivos con ellos? ¿Sabemos nosotros mismos como educadores, adultos o padres, respetar y cuidar la dignidad de las demás personas, o somos nosotros los mejores ejemplos de cómo burlarse o hablar mal de los demás?

 

Un tercer ejemplo está en las familias. Es cierto que los hijos no nacen para limitar la vida de sus padres, pero también es cierto que educarlos y convertirlos en personas de bien requiere una gran cuota de sacrificio de intereses personales. El equilibrio entre las necesidades familiares y las individuales es más fácil de distinguir cuando hemos sido educados con amor. ¿Hemos enseñado a amar y compartir desde nuestra familia? O, por el contrario, ¿hemos dado el mejor ejemplo para ser egoístas y preocuparnos solo por nuestras propias necesidades?

 

Amar no solo está reservado para los esposos, los novios o la familia. Va más allá de eso. Amar el lugar donde vivimos nos hace respetar la naturaleza, amar a las personas que no conocemos nos remueve la apatía y nos hace tomar acción y también para protestar y exigir a las autoridades que se respete la vida y dignidad de los que mueren a diario en un país que está viviendo una de sus peores crisis humanitarias, como El Salvador.

 

Pero para llegar hasta allí, hay que comenzar desde la base. Pareciera que lo que hoy prima es el egoísmo y que no hay nada que hacer más que gritar a los niños y jóvenes que nos relevarán que no cometan este error de vivir inmersos en nuestro perímetro cuadrado.

 

Es el bicentenario de Don Bosco. Doscientos años han pasado y su mensaje de enseñar el amor a la juventud es cada vez más vigente. ¿Qué fondo estamos esperando tocar para comenzar a actuar? 

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