sxc A veces, hijo querido, pienso que no estoy haciendo las cosas bien. Pienso que exagero, que quizás te apego mucho a mí o viceversa, temo debilitarte en lugar de fortalecerte.

Me sitia la incertidumbre cuando valido tus llantos, tus temores, tus enojos, el dolor de tus caídas, cuando nos paramos a mitad del camino y nos tomamos el tiempo para hablar y tratar de entender ese torbellino de sufrimientos, arrebatos, dudas y ferocidades que te controlan y luego te pido con firmeza que hay que superarlos.  

Pero cuando dudo, debo también regresar y no dejarme llevar por lo que veo a nuestro alrededor, por lo que vemos que hacen la mayoría de las otras mamás que conocemos y las que no.
Debo forzarme a escuchar tu corazón y el mío. Los nuestros. Nosotros sabemos que ese abrazo y esas breves recomendaciones antes de entrar al colegio nos hacen bien.

Que esas miradas de enamorados que nos damos te dan seguridad a ti y me alivian a  mí cualquier rato del día. Las guardo en mi bolsa como un amuleto que saco cuando más lo necesito. Sabemos que eso de saludar alegres mirando al rostro de las personas, ayudar si la maestra o los compañeros lo necesitan, aprender todo lo que puedas, disfrutar muchísimo tu día de clases, jugar enérgicamente con tus compañeros a la hora del recreo, atender lo que dice la maestra y parar con palabras firmes las acciones que no te gustan nos dan seguridad a ambos.

A ti para crecer, a mí para ayudarte a hacerlo. Solo tienes 5 años y es sorprendente cuánto necesito de tu ayuda para enseñarte a crecer.

Nuestra vida cambió incontablemente desde aquellos días en que tuve que estar en el hospital, luego donde la abuelita y después solo en la cama de nuestra casa.

Hace poco más de un año de eso y hoy estoy convencida de que debemos disfrutarnos. Hoy me siento comprometida a estar siempre presente y consciente contigo. Sin despistes.

Ahora estamos juntos y tengo la certeza de que será así por muchos años. No temo morir, temo no darte cada día lo que hay que dar. Temo no saber darte herramientas.

Temo no tener la sonrisa, el silencio, las palabras, la firmeza, el abrazo y los empujones que cada día necesitas. Esa es la única riqueza que tenemos.

Tenemos un minuto, una hora… un día a la vez. Si no los vivimos presentes y conscientes se van para no volver.

Cada mamá tiene su historia, la suya y la que vive con su hijo. Así como nosotros tenemos la nuestra. Por eso creo que mi guía debe ser lo que nuestros corazones quieren y cuando hay una mamá que no quiere mimar a su hijo tras un golpe la entiendo y lo respeto; aunque yo prefiera abrazarte, darte “sana, sana” y luego animarte a seguir jugando. He entendido que cada quien hace lo que su interior le dicta como correcto.

Por eso quiero estar atenta, saber observar y descubrir las pistas y señales cuando nuestras elecciones no nos dan buen resultado. Para corregir y volver a empezar. De esa manera aprendemos los dos.
Tú encuentras dentro de ti lo que te hace sentir bien y te fortalece y yo aprendo a sostenerte cuando sea necesario hacerlo.

Te pido perdón por todas las veces que me equivoco y también te pido que me sigas tomando de la mano para enseñarme a caminar juntos. Te amo.

Mamá.

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