Cuando Jesús dijo a sus discípulos “denles ustedes de comer”, no solo los invitó a repartir pan. Los llamó a mirar con compasión la necesidad del pueblo y a creer que los milagros comienzan cuando se comparte lo poco que se tiene. Aquella escena del Evangelio sigue viva hoy, especialmente en los hogares de Centroamérica, donde tantas familias hacen milagros silenciosos para sostener la vida con dignidad y alegría, aun cuando los recursos no alcanzan.
La economía del hogar no se aprende en libros; se aprende en la vida. Se aprende entre la cocina y el mercado, entre los recibos por pagar y las oraciones al caer la noche. Es el arte de decidir con amor, aunque duela: comprar comida o medicina, pagar la escuela o reparar el techo. Es donde cada familia se vuelve maestra de sabiduría y de fe, transformando la preocupación en oración y la escasez en esperanza. Son familias que, con poco, lo dan todo; que no se rinden, que luchan, que sonríen y agradecen.
Don Bosco conocía bien esa realidad. Creció en una casa humilde, donde su madre, Margarita, le enseñó que la providencia nunca falla, aunque a veces se haga esperar. Desde esa escuela de fe y trabajo, Don Bosco aprendió a confiar en Dios, a ser creativo ante la necesidad y a descubrir que la alegría también alimenta el alma. Por eso enseñó a sus jóvenes que se puede vivir con poco, pero con dignidad, con esperanza y con fe. Su mensaje sigue vivo hoy, especialmente en las comunidades que luchan y sueñan cada día.
Hoy, sin duda veo ese mismo espíritu en mis queridos hermanos y hermanas salesianos y los laicos que pertenecen a la familia salesiana de Centroamérica. En las parroquias, en las escuelas, en las casas de formación y en tantas obras misioneras, multiplican cada día los panes de la esperanza. No hacen milagros con pan y peces, sino con tiempo, con cariño, con cercanía. Acompañan a las familias, las escuchan, las animan y las ayudan a descubrir que su valor no se mide en dinero, sino en amor, esfuerzo y fe compartida. Enseñan a mirar la economía no como un problema, sino como un camino de crecimiento y confianza en Dios.
Desde la mirada salesiana, acompañar la economía familiar no significa solo ofrecer ayuda material, sino acompañar la vida. Es caminar junto a las familias, formar en la responsabilidad, fortalecer la honestidad, la sencillez, el trabajo, la solidaridad y la oración. Allí donde una familia se reúne para rezar, planificar juntos, compartir lo que tiene y agradecer lo recibido, el Reino de Dios se hace presente con fuerza.
La economía del hogar, vista con ojos de fe, no es un simple esfuerzo por sobrevivir: es una escuela de santidad. En ella se aprende a confiar cuando todo falta, a servir con alegría y a esperar con paciencia. Es un taller donde el amor se vuelve concreto: en una comida compartida, en una palabra, de consuelo, en una mano que no se cierra, en una sonrisa que levanta el ánimo. Las cuentas del corazón- esas que no se escriben en papel- siempre terminan en positivo.
Como Familia Salesiana, estamos llamados a seguir creyendo que el Evangelio puede transformar también los bolsillos y los corazones. Que la fe ilumina las decisiones cotidianas y que el amor es el mejor capital de una familia. Cada hogar, por humilde que sea, puede ser un pequeño Belén donde Dios sigue naciendo todos los días, en medio del trabajo, la sencillez y la esperanza. Allí donde alguien sigue partiendo el pan con amor, el milagro continúa. Y cuando el corazón se llena de esperanza, la vida se ve con otra luz. El futuro deja de ser una preocupación y se vuelve promesa. Dios no abandona, camina con nosotros. Su amor nos sostiene, nos guía y nos invita a soñar. No somos una multitud perdida, sino una gran familia que avanza hacia la alegría que no termina.