Masaya, febrero 2026.- El pasado 7 de febrero, el oratorio de Masaya experimentó uno de esos silencios que no se olvidan. No era el silencio del abandono, sino el de la ausencia de un hijo querido. Ese día, Miguel de Jesús Mercado Miranda fue llamado a la Casa del Padre.
Miguel no fue simplemente un joven más del oratorio. Fue un muchacho que creció respirando ambiente salesiano. Vivía a pocos metros del colegio salesiano de Masaya, pero su cercanía no era solo geográfica: era espiritual. Desde pequeño estudió en la Anexa San Juan Bosco y aprendió a llamar “casa” a la obra salesiana.
Llegaba al oratorio de la mano de su mamá, catequista de los niños que se preparaban para la Primera Comunión. Allí, junto a sus hermanos, fue descubriendo a Jesús en la catequesis, en la Eucaristía y en la amistad. Pero apenas el reloj lo permitía, corría al patio. Y el patio lo esperaba.
El fútbol era su pasión. No jugaba solo con talento —que lo tenía—, jugaba con el alma. Era de esos líderes que nacen entre porterías improvisadas y gritos de ánimo. Su liderazgo no era impuesto, era natural. Los demás jóvenes lo seguían porque en él encontraban alegría, entrega y autenticidad.
Con los años dejó de ser solo jugador destacado, comenzó a acompañar a los más chicos, a orientar equipos, a servir. Allí se revelaba el verdadero Miguel: un joven con corazón grande, profundamente marcado por el carisma de San Juan Bosco.
Amaba a Jesús con sencillez. Tenía una devoción entrañable a María Auxiliadora. Sentía cariño por Don Bosco como quien reconoce en él a un padre. Muchos jóvenes pasan por la obra salesiana; pocos se enamoran de ella. Miguel se enamoró. El oratorio no era un lugar al que asistía: era parte de su identidad. Lo llevaba en las venas.
Entonces llegó la prueba
La enfermedad tocó su puerta sin avisar. El diagnóstico de cáncer abrió un camino difícil, lleno de lucha, incertidumbre y dolor. Su cuerpo comenzó a debilitarse. Pero su espíritu no se quebró. Aún en medio del tratamiento, Miguel seguía siendo Miguel. Conservaba su sonrisa. Hablaba del fútbol. Visitaba el patio. Soñaba con volver a jugar. Y en los días más delicados expresó un deseo que conmovió a todos: quería regresar al lugar donde fue feliz… el oratorio.
No pidió lujos. No pidió privilegios. Pidió su casa. En sus últimos momentos buscó a Jesús con la serenidad de quien ha aprendido a confiar. Se confesó. Comulgó. Recibió la visita de los salesianos de la obra. Su fe no nació en la enfermedad; había sido sembrada desde niño en aquel ambiente que educa con razón, religión y amor.
Hoy podemos decir que era el “Miguel Magone de Masaya”. Y al recordarlo es inevitable pensar en Miguel Magone, aquel joven que conquistó el corazón de San Juan Bosco por su carácter fuerte, su alegría y su capacidad de transformación. Miguel también fue así: apasionado, auténtico, profundamente salesiano.
El día de su partida, el patio guardó silencio. Pero no fue un silencio vacío. Fue un silencio agradecido. Porque Miguel nos enseñó que el oratorio no es solo un espacio físico; es una escuela de eternidad. Allí se aprende a jugar limpio, a servir con alegría y a amar sin medida.
Hoy creemos que Miguel ya no corre detrás de un balón. Corre libre en el patio del cielo. Y desde allí sigue animando, como siempre lo hizo, a los que aún jugamos el partido de la vida.
