(ANS – Cracovia) – En vísperas de la ceremonia de beatificación de los nueve salesianos, educadores y mártires de la Segunda Guerra Mundial, es posible ver en ellos testigos de la fe, pastores perseverantes y fieles hasta el final, a pesar de las duras pruebas afrontadas. El reconocimiento de su santidad custodiará aún más su memoria. Esta es necesaria para las jóvenes generaciones de hoy, necesitadas de referencias significativas.
Juan Pablo II, en una carta dirigida al padre Tadeusz Szaniawski, entonces párroco de la Parroquia de San Estanislao Kostka en Cracovia, el 2 de octubre de 1996 escribió: "Recuerdo a los sacerdotes salesianos, de los cuales durante la guerra quedaron solo el anciano párroco y el inspector, mientras todos los demás fueron deportados a Auschwitz".
En el curso del proceso de beatificación, varios testigos subrayaron su celo sacerdotal y pastoral y los reconocieron como sacerdotes excelentes, dignos de ser recordados y venerados.
Los testigos relataron, además, que en las frías y oscuras noches pasadas en el campo de concentración junto a otros prisioneros, muchas veces condenados a muerte, los salesianos, a pesar de la prohibición que les había sido impuesta, celebraban la eucaristía, administraban el sacramento de la penitencia y preparaban para la muerte a tantas almas privadas de la identidad y de la dignidad humana. El fuego de su amor, que ardía con más intensidad en las horas más dramáticas, resuena en los relatos de los testigos que, entre las muchas víctimas de los campos de concentración, reconocieron en los nueve siervos de Dios un testimonio excepcional e irrepetible.
El testigo de los sufrimientos vividos en el campo de concentración por parte del futuro beato padre Ludwik Mroczek, SDB, cuenta: "Por las tardes iba a visitar al padre Mroczek. Las conversaciones con él daban consuelo. Con su fe sencilla y sus palabras directas sabía conquistar y tranquilizar. En todo sabía indicar el propósito de Dios. Su sencillez y bondad tenían un efecto calmante sobre las personas en ese mar de rabia, odio, resentimiento y sufrimiento que rodeaba al venerable sacerdote. Lo amábamos. Era un titán del sufrimiento".
En el corazón del infierno del campo de concentración, lo que más sorprende son dos actitudes: la fe inquebrantable y la capacidad de perdonar. En los testimonios del martirio del padre Jan Świerc se lee cómo oraba en el momento de la muerte: "Oh Jesús, oh Jesús, ten piedad de nosotros". Su oración desató la rabia de uno de los kapos, que le dijo: "Espera, en un momento te mostraré a Jesús; aquí Dios no existe, Él no te ayudará. No te arrancará de mis manos". La crueldad del verdugo no interrumpió el diálogo confiado del padre Jan con el Señor, a cuya voluntad había encomendado todo. De los labios del siervo de Dios, que imploraba incesantemente a su Salvador, salía solo una petición de misericordia.
Otro testimonio digno de mención es el del padre Karol Golda. El campo de concentración se convirtió para él en un lugar de apostolado: "El padre Karol tenía un carácter sereno, era optimista y sabía transmitir a los demás serenidad de ánimo y capacidad de autocontrol. Pasaba el tiempo libre con sus compañeros de prisión. El siervo de Dios los consolaba, los sostenía, los confesaba y los acompañaba en el último viaje. Nadie es capaz de describir la inmensidad de su labor sacerdotal, realizada en secreto. Hacía todo esto con alegría y celo, porque sabía que el Señor lo había enviado allí precisamente para eso".
San Juan Pablo II escribió: "El martirio es finalmente un signo preclaro de la santidad de la Iglesia: la fidelidad a la santa ley de Dios, atestiguada con la muerte, es anuncio solemne y compromiso misionero usque ad sanguinem para que el esplendor de la verdad moral no sea oscurecido en las costumbres y en la mentalidad de las personas y de la sociedad" (Veritatis splendor, 93). Y en otra ocasión, volviendo a hablar de los mártires del siglo XX, recordó que los mártires son una luz para la Iglesia y para la humanidad: "Los cristianos de Europa y del mundo, inclinados en oración ante los umbrales de los campos de concentración y de las prisiones, deben estar agradecidos por esa luz de Cristo que ellos hicieron brillar en las tinieblas" (VII viaje apostólico a Polonia. Discurso de Juan Pablo II durante la visita a la iglesia de los padres basilios, 11 de junio de 1999).
"Creemos que la muerte martirial de nuestros mártires salesianos será fuente de inspiración para las generaciones futuras, en particular para los jóvenes seguidores de Cristo, quienes, mirando su ejemplo, encontrarán en ellos espléndidos modelos de cómo seguir a Cristo en el mundo de hoy, permaneciendo fieles a Él hasta el final", comentan con emoción los salesianos de Polonia.