(ANS – San José) – La hermana María Romero Meneses brilla en el firmamento de la santidad salesiana por la extraordinaria creatividad en la caridad y la fe contagiosa e inquebrantable en el Amor providente de Dios y de María Auxiliadora.
Nace en Granada, en Nicaragua, el 13 enero 1902. El padre, ministro en el gobierno republicano, muy rico, es ejemplo de generosidad con los pobres. María se parece mucho a su padre y es objeto de grandes expectativas. Estudia música, piano y violín con gran éxito, pero, fascinada por el carisma de Don Bosco, el 6 enero 1923 se convierte en Hija de María Auxiliadora. Escribe: “La santidad consiste en la vida de intimidad con Dios, con Jesús filtrado en nuestra vida… Hoy, Jesús, enséñame a hablar, a trabajar y a vivir solo en tu amor, de tu amor y por tu amor”.
Hasta 1930 vive en Nicaragua, en Granada, como profesora de música, pintura y mecanografía, sin descuidar nunca el compromiso en la catequesis, la animación teatral y el oratorio. Es muy querida y ya desde entonces se caracterizaba por su alegría, sencillez y capacidad de contagiar el amor de Dios y de María Auxiliadora.
En 1929 emite la profesión perpetua. En 1931 es enviada a San José, en Costa Rica, donde vive durante cuarenta y seis años. Es profesora en el colegio de jóvenes acomodadas, pero busca sobre todo a los “niños pobres y abandonados”, como Don Bosco. Escribe: “A los pobres debo entregarme. ¿Qué donaré? Mi tiempo, mi inteligencia, mi abnegación y que todos los sedientos vengan a beber; dar mis energías prodigándome generosamente por el bien de los demás; dar mi salud sufriendo por ellos el frío, el hambre, la falta de todo”.
Este propósito se convierte poco a poco en una creatividad activa. En 1934 pide a la inspectora poder formar, entre las oratorianas y las alumnas mayores, un grupo de catequistas y enviarlas luego de dos en dos a evangelizar a los pobres en las zonas más degradadas de San José. La inspectora queda perpleja, pero le concede la posibilidad. Ella añade: “No le pido otra cosa. La Virgen me ayudará”.
En octubre de 1939, algunas jóvenes del coro le cuentan la vida miserable en las barracas de la periferia y el proselitismo llevado adelante en esos ambientes por la propaganda comunista-marxista.
hermana Romero Meneses entonces exclama: “Es necesario que también nosotros vayamos a las casas de los pobres, no para hablar de odio y de venganza, sino de caridad cristiana, de bondad hacia todos, de fe y de confianza en la Divina Providencia. Con la ayuda de Dios y la devoción a la Santísima Virgen lo lograremos (…). Iremos a la misión y ustedes serán las pequeñas misioneras de Cristo. Irán de dos en dos, como los discípulos de Jesús. Llevarán a los necesitados alimentos y ropa, pero sobre todo hablarán del Reino de Dios y todo sea para Cristo y para las almas”.
Así nace el proyecto de la “Obra de los Oratorios”, gracias a aquellas jóvenes que ella llama las misioneritas. Se establece comenzar en Navidad. En los dos meses siguientes se aceleran los preparativos: recogida de bienes de primera necesidad, oración, formación catequística.
La hermana Romero Meneses explica: “Antes de entrar en una casa, invoquen a la Virgen con la jaculatoria: ‘Pon tu mano, Madre mía, ponla antes que la mía’. Ustedes llamen, entren, saluden con afecto a los niños y comiencen la catequesis a los adultos. Mientras una de las dos habla, la otra rece en silencio en su corazón para que Dios haga fecundas las palabras de su compañera”.
La hermana Romero Meneses trata siempre con respeto y gran afecto a las misioneritas, que se sienten amadas y acompañadas por ella. Con ella preparan los materiales necesarios para la catequesis, las misiones, los oratorios, recogen dinero. Involucra también a las familias de las estudiantes: distribuye tela a muchas madres para confeccionar ropa que se ofrecerá como premios en los oratorios.
En la oración pide: “¿Quién me ayudará?” y Jesús le responde: “Yo, con tal de que creas y te abandones a mí. ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?” Y la hermana María: “Entonces, ¿harás milagros?” “Sí, solo basta que creas y te abandones a mí como te he dicho. Cree y verás”.
Comienza a fundar los oratorios festivos y llega a abrir treinta y seis en varias zonas periféricas de la ciudad. Se caracterizan por un ambiente salesiano vivo: se aprende, se juega y se disfruta de manera sana.
No faltan las dificultades: obtener ayudas económicas; soportar humillaciones y violencias sufridas por parte de los mismos pobres; la peligrosidad de algunas zonas… Además, sufre por malentendidos, intolerancias, murmullos… pero a petición de las superiores de Roma escribe un libro para narrar la historia de las obras sociales, el trabajo, los sacrificios, las anécdotas y las aventuras de sus queridas misioneritas y poco a poco también las incomprensiones se suavizan.
Se multiplican las actividades de beneficencia, como los “tés de hermana María”, organizados inicialmente en casas privadas y luego en la casa de las HMA, para sostener las obras sociales. Se organizan loterías y aportes voluntarios para asegurar ayudas de alimentos y otros bienes para mujeres cabeza de familia y ancianos necesitados. Se recogen ropa, zapatos y utensilios usados que se venden en un “bazar” a los más pobres a un precio simbólico.
A mediados de 1955 pide a la Virgen poder ofrecer un signo a los pobres que no podían ir a Lourdes. Y así nace el “agua de la Virgen”: simple agua del grifo, pero que puede abrir a la gracia a quien la utiliza con fe.
Para difundir el amor a María Auxiliadora, entre 1958 y 1964 hace construir una iglesia en el centro de San José sobre un cafetal (plantación de café), alrededor de la cual crecen numerosas obras sociales que involucran a personas acomodadas, conquistadas por la causa tras haber experimentado los efectos de la devoción mariana. La obra está activa hasta hoy y es conocida como “Casa de la Virgen” o “Casa de María Auxiliadora – Obras Sociales”.
En 1967 comienzan los programas de alfabetización para mujeres adultas y ancianas, en 1968 la Escuela de Orientación Social. Con médicos voluntarios especialistas dan vida a un policlínico para asegurar a los pobres asistencia médico-farmacéutica. Para las familias sin hogar hace construir verdaderas casitas, las “Ciudadelas de María Auxiliadora”, una obra que continúa aún hoy a través de la asociación laica “Asayne” (Asociación Ayuda a Necesitados). En 1973 se inicia la escuela residencial para jóvenes en riesgo.
Cada una de las obras sociales lleva la impronta del espíritu salesiano que quiere ver “felices en el tiempo y en la eternidad” a todos los que llegan a la “Casa de la Virgen”, para pedir ayuda o para ofrecer solidaridad.
Su actividad está sostenida por su intimidad con Jesús y María (“Todo para mi Rey y mi Reina”), que la convierte en una verdadera contemplativa, una mística, como testimonian los “Escritos espirituales”.
Muere de un infarto el 7 julio 1977 en Las Peñitas, en Nicaragua, tras haber regresado a su patria por un periodo de descanso. Su cuerpo regresó a San José y descansa en el mausoleo junto a la gran obra que ella fundó.
Juan Pablo II la beatificó en Roma el 14 abril 2002, convirtiéndola en la primera mujer beata de Centroamérica.
