En los últimos meses de 1858 y en los primeros de 1859, en el Piamonte corrían insistentes voces de guerra. El 17 de febrero eran llamados a fila los nuevos reclutas. Entre estos debería haberse alistado los clérigos del Oratorio, Juan Cagliero y Juan Bautista Francesia, de no haber encontrado en Don Bosco la voluntad decidida para que no sucediera.
La ley de 1854 concedía derecho a las curías episcopales para presentar al gobierno cada año la lista de los seminaristas que, según el porcentaje establecido, quedan libres de servicio militar. El clérigo Cagliero se presentó a la de Turín para notificar que Francesia y él no debían quedar excluidos de aquella exención. El rector del seminario, canónigo Vogliotti, le aseguró que los dos serían incluidos en la lista.
Pero a Cagliero se le pasó avisar a la curia del cumplimiento de la promesa, mediante una petición escrita, antes de expirar el plazo fijado para la presentación de la lista de exentos. El oficial de la curia extendió, pues, la lista completa, omitiendo los nombres de Cagliero y Francesia, Un mes después llegaba al Oratorio una orden de la autoridad militar para que ambos se presentaran en el plazo de diez días en los cuarteles a los que habían sido destinados.
Ni Don Bosco, ni los clérigos sabían explicárselo. Acudieron de nuevo a la curia. Pero era ya demasiado tarde; el plazo había expirado. Ambos están resignados para ir a la guerra. Pero Don Bosco, no. Y pone todo su empeño en conseguirlo.
Acude al ministerio de la guerra. Es recibido por el general Leopoldo Valfré, a quien ruega le sugiera si es posible liberar a los dos clérigos de aquella situación o, al menos, no permitir que fueran alejados de Turín.
- Sí estuviéramos en tiempos de paz – respondió amablemente el general –, borraría a sus clérigos de la lista de reclutas de un simple plumazo. Pero, siendo inminente la guerra, no puedo hacerlo. Le aseguro, sin embargo, que no serán enviados a la línea de fuego, sino que los destinaré a una oficina del arsenal de Turín, como agregados al Estado Mayor. Con todo, me parece oportuno que se presente al ministro de Gracia y Justicia, quien, mejor que yo, podría darle un consejo adecuado en este asunto que es de su competencia.
Don Bosco pidió entonces audiencia al ministro de Gracia y Justicia, el conde Juan de Foresta, quien lo recibió muy cordialmente. Don Bosco le explicó la situación y la dificultad en que se encontraría si tuviera que prescindir de la ayuda de los clérigos en la obra del Oratorio. Examinó el ministro la documentación pertinente y concluyó que los dos clérigos no podían ser dispensados. Pero añadió:
- Sin embargo, aun sin violar la ley, puede ser posible conseguir su exención. Este es mi consejo: Persuada a la curia para que examine la lista presentada al Gobierno y quite de ella a los que quedarían exentos por otros motivos que no sean el del estado clerical, es decir, por razón de familia, de salud, de algún defecto físico. Ya verá cómo habrá también puesto para sus recomendados.
Marchó Don Bosco rápidamente a la curia con este fin. Pero el canciller rehusó escribir a las familias de los seminaristas presentados, pretextando que se lo impedían otros trabajaos urgentes. Entonces Don Bosco se ofreció a tomar sobre sí esta incumbencia. El canciller le entregó la lista y enseguida escribió las veintiuna cartas, correspondientes a otros tantos clérigos, y tuvo la suerte de encontrar que dos estaban también exentos por ser hijos únicos de madre viuda. Volvió de nuevo al ministro De Foresta y este extendió oficialmente los documentos necesarios para que Cagliero y Francesia sustituyeran a los exentos por la ley.
El asunto costó a Don Bosco tres días de trabajo, con gran pena de su corazón.
MBe VI, 109-113.