El Jefe de la banda Viajando por el Piamonte hacia Roma, se puede ver en la carretera la indicación que desvía hasta el pueblo de Carmagnola. Quizá de momento, no te diga nada este nombre, pero tras él se esconde uno de los episodios más estupendos que Don Bosco nos ha narrado: su encuentro con Miguel Magone. Él mismo lo cuenta en la biografía que escribió del muchacho años más tarde:

“Una tarde de otoño regresaba hacia el oratorio y tuve que esperar, más de una hora en la estación de Carmagnola el tren hacia Turín. Eran las siete; el tiempo estaba nublado y lloviznaba {…}. Solamente un grupo de muchachos con sus juegos y gritos atraían la atención, o mejor dicho, atronaban los oídos con sus voces. Entre aquellas voces sobresalía una voz que, dominaba todas las demás, era como la de un jefe, obedecida por todos {…}, aprovechando un momento en que los chicos se hallaban alrededor de él, en tres saltos me coloqué entre ellos. Todos huyeron como espantados; solo él avanzó hasta mí y con las manos en la cintura y tono chulesco me dijo: “¿Quién eres tú para entrometerte en nuestros juegos? “Un amigo tuyo”, le contesté”.

Aquel encuentro fortuito fue el inicio de una amistad. El muchacho se llamaba Miguel y era carne de cañón, como él mismo reconoció, algunos de sus compañeros estaban ya en la cárcel y él, con sus 13 años, expulsado varias veces de la escuela, no tenía muchas perspectivas por delante. Huérfano de padre y en la más severa pobreza, su destino no podía ser muy diferente al de muchos de sus compañeros de banda. 

Pero el encuentro con Don Bosco le cambió la vida. De ingenio despierto y con una extraordinaria capacidad de liderazgo, Miguel encontró en la mirada bondadosa y amable de aquel cura que interrumpió sus juegos una tabla salvadora, y se agarró a ella como a un clavo ardiendo. La palabra de Don Bosco le inspiró confianza, su cercanía le cautivó y su propuesta le abrió las puertas a una realidad nueva que no quiso desaprovechar.

Aquel día pasó por su vida, en la estación de Carmagnola, el mejor tren posible. Y a este se subió confiado. La niebla de aquella tarde de otoño oscura dejó paso a un cielo más límpido y a un sol radiante. Don Bosco los llevó con él a Turín. Y en Valdocco, Miguel encontró su pequeño paraíso. 

Allí aprendió que había otra manera de vivir y decidió que merecía la pena apostar por un futuro diferente. El espíritu de familia y de cercanía de Don Bosco despertaron todas sus potencialidades y Miguel logró afrontar la vida con decisión, desde su propia realidad, confiando en las fuerzas interiores que Dios ha puesto en el corazón de cada uno de nosotros. El acompañamiento de Don Bosco y el ambiente positivo de la casa hicieron el resto. 

Valdocco vivía su edad de oro. Estaba cercano el recuerdo de Domingo Savio. Pero había muchos más muchachos, entre ellos, Miguel que merecieron de Don Bosco palabras de admiración por lo que fueron capaces de conseguir y de ofrecer a los demás con su entrega y su testimonio. 

El episodio de Carmagnola nos recuerda que “educar es cosa del corazón”, que siempre “hay en cada joven un punto de acceso al bien” y que “no basta amar, sino que se den cuenta de que se les ama”. El jefe de la banda, aquella tarde, lo intuyó enseguida y eso, lo aseguro, le cambió la vida.

Compartir