Ceferino
Namuncurá era un indio araucano. Los
araucanos habían bajado un día muy lejano de las cordilleras
de los Andes hacia las inmensas llanuras del este, que hoy llamamos
pampas de la Argentina. Los araucanos eran una raza orgullosa y guerrera
para la que no había en el mundo cosa más odiosa que
la esclavitud, el ser siervos. Su vida era la caza.
En 1833 el gobierno central hizo un tratado de paz con Calfucurá,
guerrero gigantesco, fuerte y terrible como un toro. Pero los blancos,
derrotados por las flechas, vencen con el alcohol. Regalan enormes
cantidades a los indios, que por causa de aquella verdadera droga perderán
en breve su vigor e independencia. En 1842 se vuelve a encender la
guerra, en la que es derrotado el septuagenario Calfucurá, muriendo
más de mil araucanos. Los supervivientes son empujados hacia
las áridas montañas. En 1875 los araucanos eligen a un
nuevo gran cacique que rompa los alambres de espinos y los conduzca
de nuevo hacia la fértil llanura. El cacique se llama Manuel
Namuncurá, y es el hijo menor del legendario Calfucurá.
De nuevo se enciende el malón. Para los araucanos es el comienzo
de la última tragedia. Prácticamente desarmados, los
indios pudieron ofrecer poca resistencia, Era necesario discutir la
rendición, para que los araucanos no acabaran todos muertos.
Namuncurá tenía una desconfianza invencible hacia los
blancos. Solamente se fiaba de uno, don Melanesio, misionero salesiano.
Los salesianos de Don Bosco habían llegado a Argentina a fines
del 1875, dirigidos por don Juan Cagliero. Don Melanesio persuadió a
Namuncurá a que se presentara personalmente al general Villegas.
El 5 de mayo de 1882 entró en el fuerte Roca acompañado
de nueve caciques. Dio la palabra de que nunca más combatiría
contra el ejército argentino. A su tribu se le asignó un
vasto y fértil territorio en el valle del Río Negro.
Pero doce años más tarde, traicionando la palabra dada,
los militares comunicaron a Namucurá que debía trasladarse
con su gente a lo alto del valle, entre los picos nevados de los Andes.
Viejo y humillado, Namuncurá partió con los suyos hacia
la “reserva”. A su lado correteaba Ceferino, un niño
de ocho años. Era el sexto de sus doce hijos.
1897. Después de haberlo discutido con los ancianos de la tribu,
el viejo cacique anuncia a Ceferino que harán un largo viaje. “Te
llevaré a Buenos Aires, a la escuela de los blancos. Tú eres
inteligente y eres la última esperanza de nuestra gente. Si
llegas a ser militar o político, podrás defender los
derechos de los araucanos. De otro modo, nuestra raza desaparece para
siempre”.
Namuncurá llevó a su hijo a la Escuela Militar. La férrea
disciplina y las pesadas bromas de los compañeros aterrorizaron
a Cefrerino. Rogó a su padre que lo sacara de allí, Por
consejo del presidente de la república, Namuncurá lo
llevó al colegio Pío IX de los salesianos, donde se hallaba
el obispo Juan Cagliero. Ceferino se encontró bastante bien
allí. Inmediatamente demostró una tenaz voluntad, pero
al mismo tiempo un fuerte instinto de libertad total y soberana. Durante
algunos meses rechazó el tener que ponerse en fila con los demás.
En la clase, aprendió a leer en poquísimo tiempo, y consiguió una
caligrafía clara y elegante.
Sus compañeros, cuando tenían que elegir representante
para alguna ceremonia, elegían al mapuche. A los doce años
recibe el Cuerpo de Jesús. Con la lealtad características
de su gente, el muchacho consideró aquel acontecimiento como
un compromiso absoluto para toda su vida.
Los momentos más hermosos, Ceferino los pasaba cuando iba a
visitarlo don Melanesio, llevándole noticias de su familia y
de su tribu. Fue en aquellos encuentros cuando Ceferino comenzó a
soñar en llegar a ser, no un político o un militar, sino
un sacerdote como don Melanesio. Defendería a su gente de los
blancos y de su alcohol (que los estaba diezmando), y de las costumbres
bárbaras que consideraban sagrada la venganza y honrosa la muerte
del enemigo.
Durante los cinco años que pasó en el colegio, Domingo
Savio fue su modelo. Ejemplar en su entrega a la vida de piedad, a
la caridad, a las obligaciones de cada día, a la vida ascética.
Se escribió de él: “En el recreo actuaba como árbitro
entre sus compañeros, aceptando éstos su palabra”;
corregía a sus compañeros, enseñándoles
a hacer despacio y con devoción la señal de la cruz.
Se diría que se estaban invirtiendo los papeles: el indio convirtiendo
a los blancos”.
El organismo de los indios se manifestaba indefenso contra los gérmenes
de las enfermedades ordinarias traídas por los blancos: resfriados
y bronquitis se transformaban rápidamente en tuberculosis, que
los derrumbaba. En el cuarto año en Buenos Aires, mientras se
estaba haciendo un muchacho alto y macizo, Ceferino comenzó a
padecer una tos continua y rebelde.
Informado monseñor Cagliero, hizo volver a Ceferino a Viedma,
donde residía él, ciudad de clima mucho más fresco;
desde allí lo hizo acompañar hasta su gente. Aquel muchacho
de quince años volvió a abrazar a su viejo padre y a
sus hermanos. Por treinta días respiró el aire suave
de los Andes, mordió con sus dientes la carne de caza asada
al fuego de los campos, durmió en las tiendas envuelto en la
cálida piel de los guanacos, pero la tos no desparecía.
Ya los pulmones estaban tocados, y el frío de las noches acabó por
empeorar la situación.
El año 1904 monseñor Cagliero fue nombrado arzobispo
y fue llamado por el papa a Roma. Ceferino, que el año anterior
había tenido una recaída en su salud, le pidió que
lo llevase con él. Cagliero sabía que en Europa la medicina
estaba mucho más avanzada que en Argentina. Pero sabía
también que contra la tuberculosis no había curas eficaces.
Consultó al viejo Namucurá. Sólo tras su aprobación,
contentó a Ceferino. Desembarcaron en Génova en agosto
de 1904. Subieron a Turín, donde los acogió paternalmente
don Rua, sucesor de Don Bosco. Bajaron a Roma a visitar al Papa.
Al llegar el invierno, Ceferino trató de volver a sus estudios
en la escuela salesiana de Villa Sora,. Un compañero suyo de
estudios recuerda: “Siempre estaba serio, casi triste. Pero la
sonrisa brillaba en sus ojos. En la iglesia todos lo recuerdan recogido
en oración como un ángel”. En la primavera de 1905
la fiebre lo consumía día tras día, hasta quitarle
todas sus fuerzas. Musitaba: “Rueguen por mí, para que
pueda curar y llegar a ser sacerdote…, si es la voluntad del
Señor”. En abril lo trasladaron al hospital romano de
la isla Tiberina. Ceferino sabía que estaba muriendo y pidió recibir
una vez más a Jesús Eucaristía, el “aliado” al
que había sido siempre totalmente fiel. Se apagó en la
mañana del 11 de mayo de 1905, casi a los 19 años.
El 22 de junio de 1972 el Papa Pablo VI lo declaró "Venerable",
primer paso en el proceso de canonización. Sus restos mortales
descansan en la capilla de Fortín Mercedes.