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Mensaje
de Benedicto XVI para la Cuaresma del año 2006
« Al ver Jesús a las gentes se compadecía
de ellas»
CIUDAD DEL VATICANO, martes, 31 enero 2006 (ZENIT.org).- Publicamos el mensaje
que ha escrito Benedicto XVI con motivo de la Cuaresma, publicado este martes
por la Santa Sede.
« Al ver Jesús a las gentes se compadecía de ellas» (Mt
9,36)
Amadísimos hermanos y hermanas:
La Cuaresma es el tiempo privilegiado de la peregrinación interior hacia
Aquél que es la fuente de la misericordia. Es una peregrinación
en la que Él mismo nos acompaña a través del desierto
de nuestra pobreza, sosteniéndonos en el camino hacia la alegría
intensa de la Pascua. Incluso en el «valle oscuro» del que habla
el salmista (Sal 23,4), mientras el tentador nos mueve a desesperarnos o a
confiar de manera ilusoria en nuestras propias fuerzas, Dios nos guarda y nos
sostiene. Efectivamente, hoy el Señor escucha también el grito
de las multitudes hambrientas de alegría, de paz y de amor. Como en
todas las épocas, se sienten abandonadas. Sin embargo, en la desolación
de la miseria, de la soledad, de la violencia y del hambre, que afectan sin
distinción a ancianos, adultos y niños, Dios no permite que predomine
la oscuridad del horror. En efecto, como escribió mi amado predecesor
Juan Pablo II, hay un «límite impuesto al mal por el bien divino»,
y es la misericordia («Memoria e identidad», 29 ss.). En este sentido
he querido poner al inicio de este Mensaje la cita evangélica según
la cual «Al ver Jesús a las gentes se compadecía de ellas» (Mt
9,36). A este respecto deseo reflexionar sobre una cuestión muy debatida
en la actualidad: el problema del desarrollo. La «mirada» conmovida
de Cristo se detiene también hoy sobre los hombres y los pueblos, puesto
que por el «proyecto» divino todos están llamados a la salvación.
Jesús, ante las insidias que se oponen a este proyecto, se compadece
de las multitudes: las defiende de los lobos, aun a costa de su vida. Con su
mirada, Jesús abraza a las multitudes y a cada uno, y los entrega al
Padre, ofreciéndose a sí mismo en sacrificio de expiación.
La Iglesia, iluminada por esta verdad pascual, es consciente de que, para promover
un desarrollo integral, es necesario que nuestra «mirada» sobre
el hombre se asemeje a la de Cristo. En efecto, de ningún modo es
posible dar respuesta a las necesidades materiales y sociales de los hombres
sin colmar, sobre todo, las profundas necesidades de su corazón.
Esto debe subrayarse con mayor fuerza en nuestra época de grandes
transformaciones, en la que percibimos de manera cada vez más viva
y urgente nuestra responsabilidad ante los pobres del mundo. Ya mi venerado
predecesor, el Papa Pablo VI, identificaba los efectos del subdesarrollo
como un deterioro de humanidad. En este sentido, en la encíclica «Populorum
progressio» denunciaba «las carencias materiales de los que
están privados del mínimo vital y las carencias morales de
los que están mutilados por el egoísmo... las estructuras
opresoras que provienen del abuso del tener o del abuso del poder, de las
explotaciones de los trabajadores o de la injusticia de las transacciones» (n.
21). Como antídoto contra estos males, Pablo VI no sólo sugería «el
aumento en la consideración de la dignidad de los demás,
la orientación hacia el espíritu de pobreza, la cooperación
en el bien común, la voluntad de la paz», sino también «el
reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos y de Dios,
que de ellos es la fuente y el fin» (ib.). En esta línea,
el Papa no dudaba en proponer «especialmente, la fe, don de Dios,
acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad de la caridad
de Cristo» (ib.). Por tanto, la «mirada» de Cristo sobre
la muchedumbre nos mueve a afirmar los verdaderos contenidos de ese «humanismo
pleno» que, según el mismo Pablo VI, consiste en el «desarrollo
integral de todo el hombre y de todos los hombres» (ib., n. 42).
Por eso, la primera contribución que la Iglesia ofrece al desarrollo
del hombre y de los pueblos no se basa en medios materiales ni en soluciones
técnicas, sino en el anuncio de la verdad de Cristo, que forma las
conciencias y muestra la auténtica dignidad de la persona y del
trabajo, promoviendo la creación de una cultura que responda verdaderamente
a todos los interrogantes del hombre.
Ante los terribles desafíos de la pobreza de gran parte de la humanidad,
la indiferencia y el encerrarse en el propio egoísmo aparecen como un
contraste intolerable frente a la «mirada» de Cristo. El ayuno
y la limosna, que, junto con la oración, la Iglesia propone de modo
especial en el período de Cuaresma, son una ocasión propicia
para conformarnos con esa «mirada». Los ejemplos de los santos
y las numerosas experiencias misioneras que caracterizan la historia de la
Iglesia son indicaciones valiosas para sostener del mejor modo posible el desarrollo.
Hoy, en el contexto de la interdependencia global, se puede constatar que ningún
proyecto económico, social o político puede sustituir el don
de uno mismo a los demás en el que se expresa la caridad. Quien actúa
según esta lógica evangélica vive la fe como amistad con
el Dios encarnado y, como Él, se preocupa por las necesidades materiales
y espirituales del prójimo. Lo mira como un misterio inconmensurable,
digno de infinito cuidado y atención. Sabe que quien no da a Dios, da
demasiado poco; como decía a menudo la beata Teresa de Calcuta: «la
primera pobreza de los pueblos es no conocer a Cristo». Por esto es preciso
ayudar a descubrir a Dios en el rostro misericordioso de Cristo: sin esta perspectiva,
no se construye una civilización sobre bases sólidas.
Gracias a hombres y mujeres obedientes al Espíritu Santo, han surgido
en la Iglesia muchas obras de caridad, dedicadas a promover el desarrollo:
hospitales, universidades, escuelas de formación profesional, pequeñas
empresas. Son iniciativas que han demostrado, mucho antes que otras actuaciones
de la sociedad civil, la sincera preocupación hacia el hombre por parte
de personas movidas por el mensaje evangélico. Estas obras indican un
camino para guiar aún hoy el mundo hacia una globalización que
ponga en el centro el verdadero bien del hombre y, así, lleve a la paz
auténtica. Con la misma compasión de Jesús por las muchedumbres,
la Iglesia siente también hoy que su tarea propia consiste en pedir
a quien tiene responsabilidades políticas y ejerce el poder económico
y financiero que promueva un desarrollo basado en el respeto de la dignidad
de todo hombre. Una prueba importante de este esfuerzo será la efectiva
libertad religiosa, entendida no sólo como posibilidad de anunciar y
celebrar a Cristo, sino también de contribuir a la edificación
de un mundo animado por la caridad. En este esfuerzo se inscribe también
la consideración efectiva del papel central que los auténticos
valores religiosos desempeñan en la vida del hombre, como respuesta
a sus interrogantes más profundos y como motivación ética
respecto a sus responsabilidades personales y sociales. Basándose en
estos criterios, los cristianos deben aprender a valorar también con
sabiduría los programas de sus gobernantes.
No podemos ocultar que muchos que profesaban ser discípulos de Jesús
han cometido errores a lo largo de la historia. Con frecuencia, ante problemas
graves, han pensado que primero se debía mejorar la tierra y después
pensar en el cielo. La tentación ha sido considerar que, ante necesidades
urgentes, en primer lugar se debía actuar cambiando las estructuras
externas. Para algunos, la consecuencia de esto ha sido la transformación
del cristianismo en moralismo, la sustitución del creer por el hacer.
Por eso, mi predecesor de venerada memoria, Juan Pablo II, observó con
razón: «La tentación actual es la de reducir el cristianismo
a una sabiduría meramente humana, casi como una ciencia del vivir bien.
En un mundo fuertemente secularizado, se ha dado una "gradual secularización
de la salvación", debido a lo cual se lucha ciertamente en favor
del hombre, pero de un hombre a medias, reducido a la mera dimensión
horizontal. En cambio, nosotros sabemos que Jesús vino a traer la salvación
integral» (encíclica «Redemptoris missio», 11).
Teniendo en cuenta la victoria de Cristo sobre todo mal que oprime al hombre,
la Cuaresma nos quiere guiar precisamente a esta salvación integral.
Al dirigirnos al divino Maestro, al convertirnos a Él, al experimentar
su misericordia gracias al sacramento de la Reconciliación, descubriremos
una «mirada» que nos escruta en lo más hondo y puede
reanimar a las multitudes y a cada uno de nosotros. Devuelve la confianza
a cuantos no se cierran en el escepticismo, abriendo ante ellos la perspectiva
de la salvación eterna. Por tanto, aunque parezca que domine el
odio, el Señor no permite que falte nunca el testimonio luminoso
de su amor. A María, «fuente viva de esperanza» (Dante
Alighieri, «Paraíso», XXXIII, 12), le encomiendo nuestro
camino cuaresmal, para que nos lleve a su Hijo. A ella le encomiendo, en
particular, las muchedumbres que aún hoy, probadas por la pobreza,
invocan su ayuda, apoyo y comprensión. Con estos sentimientos, imparto
a todos de corazón una especial Bendición Apostólica.
Vaticano, 29 de septiembre de 2005.
BENEDICTUS PP. XVI
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