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y la Biblia

Meditación. San Pablo 
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Escrito por Hugo Estrada   
Viernes, 02 de Octubre de 2009 11:52
paulinoPara Pablo, la Escritura fue su libro esencial.  La amó con pasión.  La difundió por todas partes.  Confió plenamente en ella como Palabra de Dios. A los quince años, Pablo es enviado a Jerusalén para especializarse en las Escrituras.  El mismo dirá que “se sentó a los pies de Gamaliel” (Hch 22,3), un famoso rabino.  Pablo llegó a ser un especialista de la Escritura. En tiempo de Pablo, todavía no se la llamaba Biblia. Pero, a Pablo, la Escritura, sin la guía del Espíritu Santo, lo volvió un fanático.  Pablo se valía de la Escritura para perseguir a muerte a los cristianos; para llevarlos a la cárcel. Pablo colaboró en el martirio de San Esteban.  Más tarde, Pablo mismo escribirá: “La letra   mata, pero el Espíritu da vida” (2Co 3, 6). A Pablo lo había “matado” el legalismo: la Escritura sin la iluminación del Espíritu Santo.

Cuando el Señor derribó a Pablo de su cabalgadura de autosuficiencia, Pablo comenzó a acercarse a la Escritura con otra perspectiva.  Ahora iba guiado por el Espíritu Santo.  Ahora la Biblia se convirtió para él en “Lámpara para sus pies y luz en su sendero” (Sal 119).  Pablo se dio cuenta entonces de que tenía que hacer una seria revisión de todos sus estudios teológicos y de la Escritura que él había estudiado.  Se fue durante varios años a un desierto de Arabia para un largo “retiro espiritual”. La Biblia, sin la iluminación del Espíritu Santo, se convierte en un simple libro de literatura, de historia, de psicología, de sociología.  Lo definitivo de la Biblia consiste en que es el Libro en que Dios nos habla.  Esto sólo se realiza cuando leemos la Biblia iluminados por el Espíritu Santo.

El Libro para todos

Cuando Pablo descubrió la Palabra de Dios, sintió la urgencia de llevarla a todos.  El libro de Hechos detalla la vez en que Pablo “se indignó” en Atenas al ver tantos ídolos.  Pero Pablo no se quedó en lamentaciones; comenzó a exponer el Evangelio en la misma plaza pública a todos los que pasaban.  Más tarde lo llevaron al Areópago, lugar en donde tomaban la palabra los que tenían algo novedoso que exponer. A Pablo lo vamos a encontrar en todas partes predicando la Palabra.  Pablo no sólo predica en la plaza, en la sinagoga, en el Areópago.  Pablo también predica en la cárcel.  Uno de los carceleros de Pablo –en Filipos– se convirtió, después de escuchar y observar a Pablo. También Pablo predicaba en los juzgados a donde varias veces fue llevado.  La ley le permitía el derecho de defensa; Pablo aprovechaba ese derecho para exponer la salvación que Jesús ofrecía.

En una carta que Pablo le envió a su discípulo Timoteo, le sintetizaba lo que era para él la Biblia; le decía:“Toda Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar y reprender, para corregir y educar en una vida de rectitud, para que el hombre de Dios esté capacitado y completamente preparado para hacer toda clase de bien” (2Tm 3, 16-17).Por eso Pablo, un día, convencido de que la Palabra era el regalo de Dios para salvar a los hombres, escribió:  “¡Ay de mí si no evangelizo!” (1Co 9, 16).El que se ha encontrado con la Biblia, como Palabra de Dios, ya no puede colocar este Libro a la par de los otros libros de famosos pensadores, filósofos, teólogos, científicos.  Es un libro  aparte.  Por eso mismo todo cristiano, como Pablo, debe sentir también la necesidad de difundir la Palabra de Dios; debe poder decir también: “¡Ay de mí si no evangelizo!”(1Cor 9,16).  Evangelizar es esencialmente ayudar a los hombres a encontrarse con Jesús por medio de la Biblia.


Poder de Dios

Tal vez una de las afirmaciones más determinantes que Pablo hizo acerca de la Palabra es la que reza: “No me avergüenzo del Evangelio porque es poder de Dios para salvación de todo el que cree”...  “Porque en él se descubre la justicia de Dios de fe en fe” (Rm 1, 16-17).  Pablo había experimentado en su propia vida el “poder” del Evangelio.  Lo había liberado de su vida de legalismo, de acumulación de obras buenas con la pretensión de ser él mismo su salvador.  Un día se encontró, en visión, con Jesús; vio que todo cambiaba para él: se sintió nueva criatura.  Por eso escribió: “El que está en Cristo es nueva criatura. Las cosas viejas pasaron; lo que ahora hay es nuevo” (2Co 5, 17).

Desde que Pablo descubrió el poder de la Palabra para cambiar las vidas, se dedicó a difundir el Evangelio por todos lados.  Cuando Pablo afirmaba que el Evangelio era “poder de Dios para salvación del que cree”, seguramente, recordaría el caso de Lidia.  Mientras Pablo predicaba a la orilla de un río, Lidia lo escuchaba atentamente.  Dice el libro de Hechos que, de pronto, el Espíritu Santo cayó sobre Lidia.  Su vida fue totalmente transformada.  El poder de Dios se había evidenciado en Lidia por medio del Evangelio (Hch 16,14).

Otra de las afirmaciones esenciales de Pablo con respecto a la Palabra, dice: “La fe viene como resultado de oír y lo que se oye es el mensaje de Cristo” (Rm 10, 17).  Pablo había presenciado, en múltiples ocasiones, cómo el caso de Lidia se repetía ante la predicación del Evangelio, que explicaba el amor de Dios, manifestado en la muerte y resurrección de Jesús.

Comprender y vivir

No es raro encontrarse con personas muy cultas que afirman que no comprenden la Biblia.  No es raro tampoco constatar cómo personas sin mayores estudios gozan leyendo la Palabra de Dios; escuchan muy clara la voz del Señor en las páginas de la Biblia.  Pablo nos lo explica, cuando escribe: “El que no es espiritual no acepta las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son tonterías.  Y tampoco las puede entender, porque son cosas que tienen que juzgarse espiritualmente...” (1Co 2, 14). La raíz del problema está en que para leer la Biblia hay que conocer el lenguaje de Dios; hay que ser hombres espirituales, es decir, que han experimentado la conversión de mente y corazón, que exige el Evangelio para poder ser comprendido.


Cuando Jesús inició su evangelización, comenzó diciendo: “Conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1, 15).  O sea, no se puede vivir el Evangelio, si no ha existido previamente una conversión.  No se puede “entender” el Evangelio, si antes nuestra mente no ha sido desbloqueada de los criterios del mundo, del pecado. La puerta de ingreso a la Biblia es la conversión, es ser “hombre espiritual”.  Con mucha o poca ciencia, eso no importa.  Lo que cuenta es el grado de conversión de la persona que la lleva a tener confianza en Dios.  Eso le basta al Señor para revelarse a los sencillos (vea Mt 11, 25).
 

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