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Hugo Estrada |
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![]() Foto: BSCAM Cuando visito algunas casas, me muestran Biblias empastadas en cuero, con cantos dorados. ¡Bellísimas ediciones! Pero, al hojear esas Biblias, me doy cuenta de que sus páginas están nítidas; no se nota que alguien las haya usado mucho. La Biblia no es para que luzca en una casa como una maceta más, como un mueble. La Biblia es para “manosearse” a diario. Nuestra Biblia debe estar manchada de sudor, subrayada. Para eso es la Biblia: para abrirla constantemente. San Pablo escribió: “Que la Palabra de Dios habite en ustedes con toda su riqueza” (Col 3, 16). La Sagrada Escritura debe ser ese tesoro, no escondido, sino descubierto, que nos ha fascinado, que es “lámpara para nuestros pies” (Sal 119). Así como todos los días estamos pendientes de la radio, de la televisión, debemos también estar pendientes de las “últimas noticias” que Dios tiene para nuestra familia cada día. Cuando Pablo afirma que la Palabra debe HABITAR en nosotros, nos está señalando que la Biblia debe ser un “habitante” en nuestra casa. No puede faltar. Un habitante no es alguien mudo, arrinconado, sino una persona que tiene parte activa en la vida de la familia. La Biblia es Dios que habita en nuestra casa y nos habla y nos dirige. Toma parte activa en nuestra vida de hogar. De los primeros cristianos se cuenta que en tiempo de persecución tenían que esconder la Biblia para no ser martirizados. En la actualidad, muchos tienen “escondida” su Biblia, no por ser buenos cristianos que no quieren perder su tesoro, sino por ser cristianos mediocres que no se han encontrado con el “tesoro escondido” de la Biblia. El lugar para la Biblia Muy sabio eso de repetir las Palabras bíblicas ya sea en casa o de camino. A los hijos hay que acostumbrarlos a ver todas las cosas como signos de Dios, como señales de su plan de amor. Nada mejor que la Biblia para orientar a la familia en este sentido. No hay como la familia para iniciar a los niños en la Palabra de Dios, para, que oyendo a sus padres, vayan aprendiendo versículos clave de la Biblia. Les quedarán grabados en sus corazones; les servirán en todo momento. En el pueblo judío había una costumbre fabulosa; durante la cena pascual, el niño más pequeño debía hacer una pregunta: “¿Papá, por qué estamos haciendo esto? El padre de familia aprovechaba la pregunta para hacer una catequesis bíblica acerca de la historia de la salvación”. En nuestros tiempos, los padres de familia, lastimosamente, han perdido su papel de sacerdotes en el hogar. Las casas han sido invadidas por el secularismo, por el paganismo. Algunos padres tienen “vergüenza” de hablar de las cosas de Dios en su propia casa. No hay mejor lugar que la familia para que papá y mamá introduzcan a sus hijos en el conocimiento de la Palabra de Dios. Se puede aprovechar algún momento de la jornada para que todos los de la familia oren juntos; por supuesto, en la oración de familia no puede faltar la lectura de la Biblia acompañada de un breve comentario hecho por el papá o por la mamá. ¿Qué de raro hay en esto? Sin embargo, para muchas familias es algo totalmente desconocido. El Concilio Vaticano II ha acentuado el papel de los papás como “los primeros educadores de la fe de sus hijos”. Dice la carta a los Romanos: “La fe viene como resultado de oír la Palabra de Dios” (Rm 10, 17). No se puede educar a los hijos en la fe, sin la Palabra de Dios en la mano. Desde la niñez La madre de Don Bosco era una campesina analfabeta; pero no se perdía ninguna palabra del sacerdote durante la predicación. Por eso durante las noches de invierno, aquella madre iba narrando a sus hijos las historias bíblicas; les hacía sus comentarios personales. De aquel hogar salió un santo famoso: San Juan Bosco. También él, como el Timoteo de la Biblia, había sido iniciado desde niño en las Sagradas Escrituras. Más tarde, ya de sacerdote, llegó a saber de memoria casi todo el Nuevo Testamento en latín y griego. Nuestros hogares, cada día más, se están paganizando; los criterios del mundo tienen entrada libre por medio de los medios masivos de comunicación. Los maestros diarios de los niños y jóvenes son los televisores. Contra toda esta torrentada de aguas pútridas que ha ingresado en nuestras casas, está la Biblia para contrarrestar y purificar tantos criterios paganos. Ante tantas teorías de sicólogos, filósofos, pensadores no cristianos, la Palabra de Dios debe ser el punto de referencia para la familia para “escrutar” cuál es el punto de vista de Dios en medio de este mundo enloquecido y desorientado. Sería una dicha que todo niño, todo joven, como el Timoteo de la Biblia, pudieran tener la gran bendición en su hogar de ser iniciados en la Palabra de Dios por sus mismos padres. Es algo urgente. Indispensable. Muchos se afanan en participar en cursos de sicología, de relaciones humanas, de control mental. En el fondo todos buscamos cómo ser felices, cómo vivir mejor. Seguramente muchos han olvidado o ignoran lo que dice el Salmo 1 de la Biblia: “Feliz el hombre... que día y noche medita en la ley del Señor...”. La Biblia describe a este hombre feliz como un árbol plantado junto al río: tendrá frutos en todas las épocas del año. De nada sirve “ser enciclopedias ambulantes”, llevar el cerebro repleto de conocimientos, si las personas son infelices. Muchos padres de familia se afanan en que sus hijos tengan un buen colegio, que puedan estudiar en el extranjero. Pocos le dan importancia a la felicidad que se deriva de “meditar día y noche en la ley del Señor”. Lo más importante para un ser humano no es lo que tiene o sabe, sino lo que se “es”. Allí está la felicidad que nos enseña, mejor que cualquier otro libro, la Sagrada Escritura.
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