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Hugo Estrada |
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Con harta frecuencia se escucha Me tocó presidir una reunión de padres de familia; los papás se escandalizaban de lo que hacían los jóvenes «modernos». Los escuché con paciencia durante bastante tiempo. Al final les expuse que, después de muchos años de trabajar con los jóvenes, yo había llegado a la conclusión de que el problema número uno de los muchachos son sus propios papás, su hogar. Ahí los jóvenes se encuentran con sus padres que viven a diario un repetido enfrentamiento; el amor es algo desconocido: más que esposos, los hijos e hijas ven en sus padres a dos compañeros que viven en la misma casa por fuerza de las circunstancias. Los adolescentes y jóvenes con sentido crítico saben captar que en su hogar hay «infidelidad»; a veces es tan notoria que ya no se puede ocultar; hay que aceptarla como una cruz en la que toda familia se encuentra en una tortura perpetua. Con rebeldía y desolación, los hijos e hijas sufren las consecuencias del alcoholismo de su padre, que engendra pobreza, insultos, hostilidad. La mayoría de los muchachos no percibe en sus respectivos hogares una vivencia religiosa profunda; tal vez existe una «religiosidad» ocasional, sobre todo en los momentos de emergencia; pero los jóvenes, por lo general, no ven en sus padres una religión auténtica que los lleve a ser mejores, más humanos, más rectos, más justos. Más bien observan una religión que se queda en ritos y ceremonias, pero que no tiene ninguna relación directa con la vida de todos los días. Por eso, nada raro que el problema número uno de los jóvenes sean sus mismos papás. La juventud anda mal porque la educación que se imparte en los hogares es un desastre. Porque la «educación» no consiste en imponer una serie de reglas, sino en mostrarle al hijo, con la propia vida, cómo se debe vivir rectamente. La disciplina indispensable El gran educador Don Bosco afirma que es castigo todo aquello que se pueda hacer pasar como tal. De allí que el santo empleaba como castigo algunas tácticas muy propias de lo que él llama «sistema preventivo». A un joven mal portado lo veía con cierta frialdad. Eso bastaba para que el muchacho procurara remediar su situación para que Don Bosco no lo viera con indiferencia. Si el entrenador de un equipo no es capaz de someter a los deportistas a la adecuada disciplina, el resultado será fatal en la competencia. Si los padres de familia no son capaces de exigir siempre rectitud, verdad, justicia, la educación del hijo será un caos. Bien dice el libro Eclesiástico: «Mima a tu hijo y te hará temblar»(Eclo 30, 7). Los padres que son débiles para exigir disciplina en su casa, un día tendrán que llorar. Muy bien escribía un pensador: «Es mejor que lloren los niños cuando son niños y no que lloren sus padres cuando sus hijos ya dejaron de ser niños». Obra de paciencia ![]() Foto: BSCAM El gran educador Don Bosco daba gran importancia a lo que él llamaba la «asistencia» en la educación: el estar siempre al lado del educando. No se trata de una vigilancia detectivesca, que anula la personalidad del muchacho, que se siente pesada, que hace que el joven se revele contra la autoridad. Según Don Bosco, la asistencia debe ser como la del ángel que, invisiblemente, se encuentra siempre al lado de su protegido. Los padres y madres deben estar siempre al lado de sus hijos e hijas como el ángel, invisiblemente. Los padres deben estar enterados de las compañías de sus hijos, de sus lecturas, de sus espectáculos, de sus juegos. Esto implica mucho sacrificio, y los padres tendrán que renunciar a muchas cosas para estar con sus hijos. Este es el «alto precio» que debe pagarse para poder educar a los hijos. Muchos padres de familia rehúsan pagar esa cuota de «sacrificio» que se les exige. Un día se arrepentirán de no haberles entregado a sus hijos e hijas lo mejor de sus vidas. En el «sistema preventivo» de Don Bosco se da suma importancia a la razón, al corazón. Don Bosco insistía en ganarse el corazón del muchacho, en llegarle al corazón. Solo así se podrá convencerlo. Porque la educación no es asunto de «disciplina militar», sino de moldear corazones por el amor y el convencimiento. Aquí otro gran desafío para los padres de familia. Esta clase de educación exige que los padres antepongan la educación de sus hijos a sus negocios, a sus placeres. En estos tiempos, tan conflictivos, ¿están los padres de familia dispuestos a jugarse el todo por el todo en favor de la educación de sus hijos? Según lo que observo a mi alrededor, pienso que una gran mayoría de padres no se han decidido a pagar tan alto precio. En la película «Los hijos de Sánchez», se plantea el caso del padre latinoamericano que quiere inmensamente a sus hijos, pero pretende educarlos a base de «matonismo», de brusquedad, de gritos. Todo resulta un fracaso. Hacia el final de la película una hija le suplica al papá que por favor les diga que los quiere. La película termina con una imagen congelada del Padre que intenta decirles a sus hijos que los quiere; pero no le salen las palabras. Es una realidad muy nuestra. Los padres pretenden educar a sus hijos a base de gritos, de humillaciones. La auténtica educación solo se logra de tú a tú, por medio del diálogo y no de reprimendas coléricas que son índice de la falta de equilibrio de los mismos padres
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