La vocación de Moisés
La negativa reiterada

Luis Corral



Moisés es la respuesta concreta de Dios a los gemidos de los israelitas, oprimidos por el faraón (Ex 2,23-25). Dios respondió al grito de los israelitas irrumpiendo en la historia y llamando a Moisés para mandarlo a liberar a su pueblo de la esclavitud egipcia.

El salvado de las aguas es dado a la hija del faraón. Moisés permanece en la corte egipcia hasta la edad madura. Pero se da cuenta del estado de opresión de sus hermanos y toma su defensa (2,22) y debe huir rompiendo con su pasado. En la soledad del desierto, Moisés se encuentra con Dios. Dios irrumpe en la vida de Moisés y se le revela en la zarza ardiente, símbolo de la presencia de Dios. También en la vocación de Moisés, como en la de Abraham, la visita divina es repentina e imprevista. Es Dios que se revela a Moisés, entrando en diálogo con él, y no Moisés que busca a Dios.

“El Señor vio que se acercaba y lo llamó desde la zarza: “Moisés, Moisés” (3,4). Interpelado por Dios, Moisés responde prontamente: “Heme aquí”. La palabra de Dios que llama, exige prontitud para acoger la invitación y generosidad para ponerse a disposición de la misión para la que uno es llamado.

Dios confía a Moisés la tarea de liberar a Israel de la opresión de Egipto: “He observado la miseria de mi pueblo en Egipto y he oído sus gritos a causa de sus opresores; conozco sus sufrimientos. He bajado para liberarlo de la mano de Egipto y para hacerlo salir de este país” (3,7-9).

Al mandato: “Ve, yo te mando, haz salir de Egipto a mi pueblo” (3,10), Moisés se dirige a Dios y le suplica que tome en consideración su falta de preparación: “¿Quién soy yo para ir al faraón? (3,11).

A la objeción de Moisés, sigue la promesa de la protección de Dios: “Yo estaré contigo”. El éxito de la misión no dependerá de sus capacidades humanas, sino de la ayuda divina.

Moisés insiste diciendo que no es bueno para hablar (4,10). Dios responde a la nueva objeción: “Yo estaré en tu boca y te diré lo que debes decir” (4,12).

Asustado por la difícil misión, Moisés hace un último intento de sustraerse y ruega al Señor que envíe a otro (4,13), pero frente a la reacción del Señor, Moisés comprende que la llamada del Señor es ineludible.

Para liberar a su pueblo Dios escoge a un hombre tartamudo que ya ha sido rechazado por sus hermanos (2,14). Este es constituido por Dios ‘jefe y juez’ sobre su pueblo. Sostenido por la fuerza que le viene del Señor, Moisés vuelve a Egipto y reivindica para todos sus hermanos oprimidos la dignidad de hijos de Dios. (4,22-23).

A la pregunta de Moisés, Dios había respondido revelando su nombre. Él es Yavé, aquel que está presente en medio de su pueblo para liberarlo de la opresión del faraón, aquel que está presente en la historia de la salvación y listo para actuar por medio de su elegido. Sólo después de la muerte de los primogénitos, el faraón reconocerá el dominio de Yavé sobre Egipto. Convocados Moisés y Aarón, les dice: “¡Levántense y abandonen a mi pueblo, ustedes y los israelitas! Vayan a servir a Yavé, como han dicho” (12,31).

Realización personal de Moisés. La respuesta a la llamada de Dios permite a Moisés realizarse no como ‘hijo adoptivo’ de la hija del faraón, ni como ‘pastor de ovejas’ al servicio de Jetró, su suegro, sino como enviado de Dios y constituido por Dios mismo en ‘jefe y juez’ de Israel, esto es, como liberador y mediador de la alianza, como profeta y legislador del pueblo de Dios, como intercesor.


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