Salvo D’Acquisto



Salvo D’Acquisto, nacido en Nápoles el 17 de octubre de 1920, primero de cinco hijos, crecido en un sano ambiente familiar, entra pronto en contacto con el espíritu salesiano: frecuenta la escuela materna de las Hijas de María Auxiliadora de Nápoles-Vómero.

“Hay que resignarse a la voluntad de Dios al precio de cualquier dolor y de cualquier sacrificio”

Más tarde, en el instituto salesiano del mismo barrio, hará el 4º grado de primaria y, en 1933-34, el primer año de gimnasio (lo que llamamos ahora primero de curso básico).

Era un carácter generoso y reflexivo, fruto de una educación familiar sana asentada en el trabajo y la honradez. Una educación semejante lo abría a los demás, en la casa como en la escuela. A los 14 años es un muchacho bien parecido, “reservado, prudente, reflexivo”, como lo recuerdan los compañeros y el hermano Alejandro. Familia y ambiente salesiano son las dimensiones que, maduradas en el servicio militar, forjan en el joven Salvo un carácter que pronto se manifestará maduro y preparado al sacrificio.

Entró como voluntario en el servicio militar el 15 de agosto de 1939. Un año después, el 23 de noviembre, desembarcó con las 608a Sección de Carabineros en Trípoli.

Salvo se distingue pronto por la fidelidad al deber, el respeto a las personas y la necesidad innata – escribe el general Caruso, su primer biógrafo – “de ayudar a los demás, integrando los primeros sentimientos de adoración a Dios y de afecto hacia el prójimo, con las cualidades tradicionales del soldado: el amor a la patria, la valentía, el espíritu de sacrificio, el sentimiento del deber”.

En noviembre de 1940 parte como voluntario para la Cirenaica y queda allí hasta 1942 sintiendo, como anotaba su madre, “brotar el grande sacrificio de inmolarse para la salvación de los demás”. Es el ideal de su vida. El mismo lo escribía a la madre: “Hay que resignarse a la voluntad de Dios al precio de cualquier dolor y de cualquier sacrificio”.

De regreso a Italia, se desempeñó como agregado en la Escuela Central de Carabineros civiles de Florencia para recibir un curso acelerado y poder ser promovido a vice-sargento, grado que obtuvo el 15 de diciembre. Una semana después fue destinado a la estación de Torrimpietra, entonces una villa rural localizada a 30 kilómetros de Roma.

Pocos días después del 8 de septiembre de 1943, una delegación alemana de la SS se instaló en un cuartel, en los alrededores de Torrimpietra. En dicho cuartel, la tarde del 22 de septiembre, algunos soldados alemanes, rebuscando en una caja, provocaron el estallido de una granada: uno de los militares resultó muerto y los otros dos quedaron gravemente heridos. Sin embargo, los alemanes atribuyeron el hecho, totalmente fortuito, a un atentado de los partisanos italianos.

La mañana siguiente, el comandante de la delegación alemana se dirigió a la estación de Torrimpietra para buscar al comandante italiano. En ausencia del Mariscal titular de la estación, encontró al vice-sargento D’Acquisto a quien ordenó localizar a los responsables del atentado.

El joven suboficial intentó en vano hacerlo razonar y de convencerlo de que sólo se trató de un trágico accidente. El oficial alemán, inamovible en su punto, decidió llevar a cabo una represalia ejemplar.

Poco después Torrimpietra fue cercada y fueron arrestados 22 ciudadanos, llevándolos en un camión a los pies de la Torre de Palidoro. El vice-sargento Salvo D’Acquisto, tomando conciencia del crimen irreparable que estaba por presenciar, se dirigió por segunda vez al comandante de la delegación de la SS para intentar hacerlo comprender cuál había sido la verdad de los hechos, sin obtener ningún resultado positivo.

Ante las protestas del joven suboficial, el oficial nazi reaccionó con irrazonable crueldad, pues obligó a los rehenes a cavar un foso común, para lo cual algunos utilizaron sus manos desnudas. Al ser testigo de semejante crueldad, Salvo D’Acquisto se acusó como responsable del atentado y pidió que los rehenes fueran liberados.

Inmediatamente después de la liberación de los rehenes, el vice-sargento cayó rostro en tierra en el foso por los golpes del pelotón de ejecución. Tenía sólo veintitrés años.

En memoria del vice-sargento Salvo D’Acquisto, el lugarteniente General del Reino, con Decreto de “Motu Propio” del 25 de febrero de 1945, le otorgó la medalla de oro al valor militar con la siguiente inscripción:

“Ejemplo luminoso de altruismo, llevado hasta la suprema renuncia de la vida, sobre el lugar mismo del suplicio dónde, por bárbara represalia, fueron conducidos por las hordas nazis 22 rehenes civiles del territorio de su estación, no titubeó en declararse único responsable de un presunto atentado contra las fuerzas armadas alemanas. Afrontó solo, impávido, la muerte imponiéndose al respeto de sus mismos verdugos y escribiendo una nueva página indeleble de puro heroísmo en la historia gloriosa de la Institución.”

A más de 60 años de aquel trágico y glorioso acontecimiento, la figura del joven militar napolitano permanece en el corazón de muchos italianos como uno de los más grandes ejemplos de coraje y abnegación.

Salvo es un fruto significativo del sistema preventivo, un exalumno que honra a todos los exalumnos de las Hijas de María Auxiliadora y de los salesianos. Uno de los que han resultado “honrados ciudadanos y buenos cristianos”. Como ciudadano ha honrado al Estado, sirviéndolo escrupulosamente y con dedicación en el Arma de los Carabineros. Como cristiano llegó al acto heroico de ofrecer su vida para salvar muchas otras vidas. Su sacrificio lo acerca a Cristo, del cual Caifás profetizó: “Conviene que uno solo muera por el pueblo” (Jn 11,50), o al grito de Pablo a los Romanos: “¡Nadie muere para sí mismo!” (Rm 14,7) y a los Corintios: “Uno solo murió por todos”· (2Cor 5,14). Su mismo nombre parece una profecía de su vida.

El mismo Papa Juan Pablo II, el 9 de abril de 1983, presentó a Salvo como “luminoso ejemplo de abnegación y de sacrificio”.

Su proceso de beatificación comenzó en 1983; fue declarado Siervo de Dios en 2002.


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