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Educador con el corazón Heylen Cordero Aguilar
Don Bosco era un hombre de realidades. El mismo había sufrido la pobreza, el hambre que obligaba a miles de muchachos a emigrar de sus pueblos (de Asti, o de otros lugares del Monferrato, o suizos o de Biella y Novara, de Lombardía y del Valle de Aosta) hasta Turín para buscar empleos que les permitieran llevar comida a sus hogares; muchos de ellos eran huérfanos, pues era común que los jefes de hogar murieran en las guerras civiles por la unificación de Italia o por enfermedades desconocidas para los campesinos pobres. No faltaban los muchachos que, al no encontrar ese empleo, robaban para conseguir el alimento, o quienes en un ambiente contaminado por la malicia, por la promiscuidad sexual o la corrupción de algunos adultos, caían presos en las peores condiciones. Guiado por Don Cafasso, un director espiritual sensible a las necesidades de los muchachos más pobres, Don Bosco tiene la oportunidad de visitar cárceles de jóvenes (entre 12 y 18 años) y experimentar los muchos peligros a los que estaban expuestos esos pequeños delincuentes: “Constaté en muchas ocasiones que las recaídas de muchos se debían a que estaban completamente abandonados. Fue cuando me pregunté: y si estos chicos allá afuera tuvieran un amigo que se interesara por su bien, los acompañara y los instruyera en la religión los días festivos, ¿No reduciría el número de los que vuelven a la cárcel? Y si estos chicos
allá afuera tuvieran un amigo que se interesara por su bien. Fue a partir de esta providencial inquietud que Don Bosco, de nuevo, se puso en manos de Don Cafasso, quien lo orientó en el discernimiento vocacional de su misión y de su pastoral preventiva. Con el tiempo, la Residencia Eclesiástica no fue suficiente para albergar a la creciente cantidad de muchachos que buscaban un momento de encuentro: con Dios a través de los sacramentos, con sus amigos, con una familia que no tenían y, ante todo, con Don Bosco, un amigo, un padre, un sacerdote y un educador. El 20 de octubre de 1844, Don Bosco y sus jóvenes emigran al “Refugio”, una obra erigida por la Marquesa de Barolo para las muchachas pobres de Valdocco y de las que él era capellán. Inicia así un éxodo oratoriano, originada por la cantidad de muchachos, los alborotos que generaban y sobre todo, por el temor de las autoridades civiles de que el sacerdote organizara un grupo contra el gobierno con chicos delincuentes y peligrosos. Es importante recordar que ésta es una época de crisis política. La unificación de Italia y la secularización suscitaron múltiples brotes violentos. Sin embargo, la preocupación de nuestro santo fue siempre la de formar a sus jóvenes, darles una parroquia, una casa, un patio y una escuela; se mantenía al margen de las situaciones partidistas políticas, no así de la realidad social y económica de los turineses ni de los conflictos que afectaban a la Iglesia; él ante todo, fue sacerdote.
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