El Espíritu Santo
y el discípulo evangelizador


Hugo Estrada


Con motivo de la Nueva Evangelización, promovida a nivel mundial en la Iglesia católica, han aparecido muchos libros con este sugestivo tema. Pero con frecuencia, no se dedica en dichos libros ningún capítulo especial al Espíritu Santo como el agente de la Evangelización, que Jesús dejó a su Iglesia. Todo el libro de los Hechos de los Apóstoles manifiesta el lugar esencial que ocupa el Espíritu Santo en la Evangelización.

No se puede pretender llevar a cabo una nueva evangelización eficaz, si no se le da al Espíritu Santo el lugar que Jesús quiso para él en la difusión del mensaje evangélico.

Jesús, antes de ascender al cielo, da una orden precisa a sus discípulos: “Vayan, pues, a las gentes de todas las naciones, y háganlas mis discípulos...” (Mt 28, 19). Pero también les ordena: “Quédense aquí, en la ciudad de Jerusalén, hasta que reciban el PODER que viene del cielo” (Lc 24, 49). ¿Una orden –“vayan”– y una contraorden –“quédense”–? No.

Dos cosas complementarias: tendrán que ir a todas las naciones, pero no sin el PODER que viene del cielo. Por eso les envía a llenarse del Espíritu Santo en el cenáculo, antes de partir hacia todas las naciones para predicar el Evangelio.

Jesús les había dicho: “Ustedes serán mis TESTIGOS... hasta en los últimos rincones del mundo” (Hch 1, 8); pero también les advirtió que no debían emprender esa titánica tarea antes de haber sido REVESTIDOS con el Poder del Espíritu Santo. Jesús sabía muy bien que sin el poder del Espíritu Santo, sus discípulos fracasarían rotundamente. No puede haber evangelizadores, que lleven a cabo una evangelización eficaz, si no están revestidos con el PODER que viene del cielo: con el poder del Espíritu Santo.

La evangelización de Jesús
Jesús pasó en el silencio y la rutina de su casa, en Nazaret, durante treinta años. No predicó hasta que en su Bautismo tuvo la experiencia fuerte de la efusión especialísima del Espíritu Santo que Dios les concedía para su misión evangelizadora. Inmediatamente, el mismo Espíritu Santo lo llevó al desierto para un “retiro espiritual”, para prepararse, inmediatamente, para iniciar su evangelización. Al presentarse por primera vez en la sinagoga de su pueblo, Jesús dijo: “He sido ungido por el Espíritu Santo para traerles el Evangelio...” (Lc 4, 18).

En el libro de Hechos hay un retrato de Jesús evangelizador; lo describe así: “Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y éste anduvo HACIENDO EL BIEN y SANANDO a todos los OPRIMIDOS POR EL DIABLO” (Hch 13, 38).

Aquí se exhibe a Jesús en su obra evangelizadora: predicando, sanando, liberando. En eso consistía la misión evangelizadora de Jesús. Así lo indicó él mismo en su presentación en la sinagoga de Nazaret: venía con el poder del Espíritu Santo a predicar el Evangelio, a sanar a los enfermos a liberar a los oprimidos (vea Lc 4, 18-19).

El discípulo es “otro Jesús”, que continúa su obra en el mundo. Por eso mismo, el evangelizador, previamente, tiene que haber sido UNGIDO con el Espíritu Santo de manera especial, como Jesús. El discípulo, antes de iniciar su misión, también como Jesús, debe haber pasado por su desierto de conversión auténtica y de oración profunda. De un discípulo debería decirse, como de Jesús, que “con el poder del Espíritu Santo, anda HACIENDO EL BIEN, SANANDO a los enfermos y LIBERANDO a los oprimidos por el diablo” (vea Hch 13, 38).

El gran error, muchas veces, ha consistido en enviar a evangelizar a personas que no estaban ungidas de manera especial para la misión. Que no se habían convertido del todo. Tenían buena voluntad, pero les faltaba algo esencial: la unción del Espíritu Santo. Una persona sin el poder del Espíritu Santo, se convierte en “repartidor” de información religiosa; pero no ayuda a la conversión de los demás, a un cambio profundo en sus vidas.

La Iglesia primitiva
El libro de Hechos es un modelo excelente para mostrar cómo los primeros discípulos tomaron en cuenta al Espíritu Santo como el gran agente de la evangelización. Ellos recordaban muy bien que Jesús les había dicho: “Serán mis testigos en todas las naciones”; pero también les había ordenado que no se movieran de Jerusalén hasta que no fueran “investidos” con el Poder de lo alto, el poder del Espíritu Santo. Por eso, en todo, le daban el primer lugar al Espíritu Santo, cuando se trataba de la obra de la evangelización.

Un caso típico lo encontramos en el diácono Felipe. Al evangelizador Felipe le aconteció algo muy desconcertante. Mientras estaba predicando con éxito en Samaria, de pronto, el Espíritu le indica, que vaya al desierto. No se le dice para qué. Felipe va inmediatamente. Ya en el desierto, el Espíritu le ordena que se acerque a un carruaje.

Tampoco se le dice el motivo. Cuando Felipe está junto al carruaje, entiende la orden de Dios: en el carruaje iba un etíope pagano leyendo la Escritura. Por supuesto que no la entendía. Aquí, el evangelizador Felipe se encarna en la realidad de aquel etíope, le pregunta si entiende la Escritura. Se la explica. Todo va a concluir en que el etíope acepta a Jesús y pide ser bautizado apenas llegan a un río.

Dice el texto: “Entonces Felipe, abriendo su boca, y comenzando desde esta Escritura, le anunció el Evangelio de Jesús” (Hch 8, 35). El Espíritu Santo, previamente, ha preparado el terreno: ha llevado al etíope, nada menos, que al texto de Isaías 53 en donde se presenta al Mesías como un cordero que en silencio es llevado al matadero con los pecados de todos.

Felipe parte de este texto bíblico; expone el Kerigma, lo básico acerca de Jesús. Parece todo tan sencillo. Pero no hay que olvidar que el Espíritu Santo ha preparado al etíope con antelación; aquel hombre es presentado como un hombre piadoso que va a Jerusalén para adorar a Dios. No hay que pasar por alto tampoco que Felipe es un instrumento excepcionalmente “ungido” por el Espíritu Santo.

El discípulo no ungido por el Espíritu Santo, con facilidad, escoge su propio camino, que no es el camino de Dios. El que no está lleno del Espíritu Santo, como Felipe, difícilmente, va a captar la señal de Dios con respecto a su plan y su método de evangelización. Sólo un hombre lleno del Espíritu Santo, se deja “manipular” por Dios. El hombre no lleno del Espíritu Santo, pretende “manipular” a Dios. Y entonces llega al fracaso en la Evangelización, porque se optó por el proyecto del hombre, y no por el de Dios.

El evangelizador, también debe preguntarse con seriedad, si se está dejando conducir por el Espíritu Santo; o si está imponiendo su propio camino, su plan, su manera de pensar. Con los recién convertidos se da el caso que, impacientemente, creen que todo su problema de conversión ya está totalmente resuelto. Se lanzan con euforia a evangelizar; pero resulta que, a medio camino, pasado el primer entusiasmo de su supuesta entrega al Señor, se desaniman; se deprimen.

Y se dan cuenta que en lugar de ser evangelizadores necesitan todavía ser evangelizados. Todo, por no esperar el tiempo de Dios. Por ir con su propio método y no con el plan de Dios.

No vayan sin el poder...
Jesús envió a sus discípulos a todas las naciones. Les dijo: “Recibirán poder, cuando haya venido sobre ustedes el Espíritu Santo, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta en los últimos rincones de la tierra” (Hch 1, 8). Los discípulos eran enviados, pero se les advertía, claramente, que antes debían ser llenados del poder del Espíritu Santo para poder dar testimonio con el poder de Dios. Sólo se puede ser testigo de Jesús, evangelizador, si se ha sido llenado con el Poder del Espíritu Santo.

Esto sin discusión. Y no puede ser de otra manera ya que el evangelizador, para poder dar, antes tiene que sacar de lo que lleva dentro, en su corazón. De la abundancia del corazón hablan los labios. Un evangelizador, lleno del Espíritu Santo, es el que está viviendo una vida abundante, con ríos de agua viva que brotan de su interior. De otra suerte, sólo será un repartidor de información religiosa. No un ferviente heraldo de Jesús resucitado. La carta a los Hebreos, al referirse a la evangelización de los primeros cristianos, apunta: “Dios la ha confirmado con señales, maravillas y muchos milagros, y por medio del Espíritu Santo, que nos ha dado de diferentes maneras, conforme a su voluntad” (Hb 2, 4). Las señales fueron signo distintivo de la evangelización con poder del Espíritu Santo que los primeros cristianos realizaron.San Pablo, analizando su evangelización, concluía: “Esto se ha realizado con PALABRAS Y HECHOS, por el poder de señales y milagros y por el poder del Espíritu de Dios” (Rm 15, 18-19).

Para Pablo, la evangelización no consistía sólo en palabras, sino también en hechos de poder que el Espíritu Santo proporciona a los que lo invocan y lo toman en cuenta en su misión evangelizadora.

Por eso Pablo podía decir: “He llevado a buen término la predicación del mensaje de salvación por Cristo, desde Jerusalén y por todas partes hasta la región de Iliria” (Rm 15, 19).En la nueva Evangelización, lo primero que la Iglesia y los evangelizadores nos debemos preguntar es qué nos dice el Espíritu Santo.




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