Con mucha frecuencia me encuentro con personas que me dicen que se han “peleado con Dios”. Ante una tragedia, ante problemas económicos, enfermedades, la pérdida de un ser querido, muchas personas optan por echarle la culpa a Dios de lo que les está sucediendo. Inmediatamente comienzan a compararse con los malvados a quienes, según ellos, les va espléndidamente. Con impaciencia, llegan a la conclusión de que para qué ser buenos, si a los malos les va mejor. Este problema es el que valientemente plantea el escritor del salmo 73. Nos cuenta su experiencia. También comparte con nosotros la manera cómo solucionó su problema.
El éxito de los perversos
La primera estrofa del salmo expone el problema del salmista: su escándalo ante el éxito de los malvados; su desconcierto ante el fracaso de los que luchan por ser buenos e ir por el camino de Dios. El salmista inicia el salmo confesándose: “Pero por poco doy un mal paso,/poco faltó para que resbalaran mis pies,/porque sentí envidia de los perversos,/al ver la prosperidad de los malvados” (v. 1-3). Una actitud muy común en casos de crisis es mirar hacia los malvados: se les ve carcajearse, tener éxito, burlarse de Dios y de los que buscaban ir por la senda del bien. El salmista vio que había luchado por ser “limpio de corazón”, pero que todo le salía mal. Comenzó a observar a varios de sus vecinos, que no eran “limpios de corazón”; constató que todo les salía bien; que se mostraban orgullosos, prepotentes; que despreciaban las cosas de Dios y se burlaban de los que iban por la senda del bien. El salmista nos dejó un “retrato hablado”, de lo que, según él, eran los perversos, a los que la Biblia llama impíos: “Ellos no pasan agobios,/su cuerpo está sano y robusto,/no conocen las fatigas de los hombres/ ni tienen que sufrir como los demás./Y es su collar la soberbia/ y la violencia los cubre…/Así son los malvados:/viven tranquilos y acrecientan sus riquezas”(vv. 4-12).
El retrato que esboza el salmista de los malvados es una realidad que evidenciamos a nuestro alrededor. Es común ver a narcotraficantes, secuestradores conocidos, políticos corruptos, personas alejadas de Dios y marcadas por la maldad, que se carcajean ante todos, tienen éxito ante el mundo, se les alaba, se les condecora, tienen admiradores, que los siguen.
Cambiar de bando
Ante una imagen no del todo real de los malvados, el salmista comenzó a tambalear en su fe. En las Escrituras se decía que Dios bendecía a los de “limpio corazón” (v. 1). Al examinar su triste caso, el salmista comienza a poner en tela de juicio lo que afirmaba la Escritura ¿Serían puros cuentos, nada más? ¿Valía la pena seguir luchando por ser bueno, cuando a los que les iba bien era a los malos? ¿Por qué no ser como ellos? Este fue el gran conflicto que se le planteó al salmista, que lo expresó de una manera muy concreta y con mucha sinceridad: “Entonces, ¿de qué me sirve/ haber mantenido puro el corazón,/y mis manos inocentes? (vv. 13-14). La gran tentación en el tiempo de la angustia es tirarlo todo por la borda. Creer que ésa es la solución correcta. Los que se han dejado llevar por la desilusión y han abandonado el camino del Señor, han caído del sartén a las brasas. Han perdido la confianza en el Señor y ahora van por lo que la Biblia llama “camino de muerte”. Han tenido que experimentar en carne propia lo que dice el salmo 127: “Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles”. La vida sin la bendición del Señor es un desastre. La tribulación es un momento de dura prueba. Si nos sorprende sin fe, podemos desconfiar de Dios y tomar un camino equivocado.
En el Santuario
De pronto el salmista tuvo una iluminación de Dios. Se atrevió a jugarse su última carta. Pensó ir al Santuario, el lugar de la presencia de Dios, para pedir iluminación ante un problema tan complicado en su vida. El salmista describe lo que le sucedió: “Hasta que entré en el santuario de Dios/y acabé entendiendo su destino: /los pones en el resbaladero,/los empujas a la ruina./ De pronto quedan hechos un horror,/desaparecen consumidos de espanto” (vv. 17-20). El Santuario es el lugar donde se proclama la Palabra, se ora, se participa de la vida de comunidad. El salmista, al ir al templo, comenzó a examinar las cosas desde otro punto de vista. La Palabra de Dios, la oración, los hermanos, le ayudaron a dejar de observarlo todo como un hombre “carnal”, nada más. Comenzó a considerar la situación desde el punto de vista del hombre “espiritual”, según la mente de Dios. El salmista cayó en la cuenta de que los impíos, los alejados de Dios, tienen un éxito aparente ante el mundo. Pero su realidad es muy otra: se encuentran en un peligroso “resbaladero” hacia la perdición. Un día se despertarán de su sueño de ilusiones y se encontrarán con el juicio de Dios que de ninguna manera los aprueba, sino los condena.
Nuestro mayor error es centrar nuestra atención solamente en los problemas, en las calamidades que nos circundan, y olvidarnos que Dios está a nuestro lado. Bien decía San Pablo: “Si el Señor está con nosotros, ¿quién contra nosotros?”(Rm 8, 31). Cuando nos acercamos a Dios, el Espíritu Santo nos concede discernimiento para no centrar nuestra atención en el Goliat de la tribulación, sino en el poder que nos viene de lo alto. Por eso decimos: “El auxilio me viene del nombre del Señor” (Sal 130).
En el santuario, el salmista, bajo la dirección del Espíritu Santo, descubre algo en lo que nunca había reparado: se da cuenta de que Dios siempre ha sido para él como un Padre bondadoso que lo ha conducido de la mano. Son bellos los versículos con los que el salmista expone su descubrimiento espiritual, cuando experimentó la presencia de Dios y le dijo: “Yo estoy siempre contigo:/tú me tomas de la mano,/me conduces según tus planes” (vv. 23-26). Este descubrimiento espiritual hace que el salmista recobre la serenidad y la confianza en Dios, y que se anime a seguir por ese misterioso camino, que no entiende, pero que sabe que es el de la bendición de Dios. Cuando nos acercamos a Dios, nos damos cuenta de que Dios sabe escribir recto en renglones torcidos. El Espíritu Santo en nosotros es el que nos lleva a tener un encuentro personal con Dios como un Padre de bondad (Rm 8,15). Es entonces cuando experimentamos lo que dice la Carta a los Romanos : “Todo resulta para bien de los que aman a Dios” (Rom 8,28).
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