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Tener buenas raíces… Bruno Ferrero Hay ciertas preguntas importantes en la vida que tienen que inquietar de alguna manera a todos los padres, madres y educadores: son las preguntas sobre las raíces. Los jóvenes tienen que estar firmemente enraizados en algunos valores permanentes que han sido aportados, desde siempre, por la realidad de la familia.
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| Echar raíces En el mundo de las plantas, tener buenas raíces significa tres cosas muy importantes: poder sobrevivir en caso de sequía, poder resistir a los temporales, y no poder ser transplantado con mucha facilidad. Precisamente en esto es que nuestro tiempo presente se manifiesta como un tiempo sin raíces. Las personas se dejan llevar rápidamente y sin mayor resistencia. Siguen con facilidad las modas del momento. Si no tienen una estructura de raíces bien fuertes se exponen fácilmente a ser llevados por el viento de cada palabra que pasa. Quienes se dejan “transplantar” de esta manera, quedan al fin privados de sus puntos de referencia. Vivimos en una sociedad del transplante, que sospecha o acusa de fundamentalismo cualquier proclamación de valores. También se ha abierto el “supermercado” de la fe, con infinitas combinaciones que parecen inspiradas en el lema: “sírvanse y serán felices”. Si todo es verdad, nada es verdad. Un sentido para la vida Cometeríamos un gran pecado si con nuestro ejemplo, no ofreciéramos a las nuevas generaciones un sentido para la vida. ¿Cómo ofrecer concretamente a nuestros hijos raíces verdaderas y profundas? Lo más importante es hacer de la familia un ambiente rico en estímulos humanos. El problema es que muchas veces no tenemos una visión coherente sobre nosotros mismos, sobre nuestras relaciones y sobre el mundo. Porque sin una visión del mundo no se pueden ordenar ni valorar las informaciones.
Enseñar a vivir La persona humana necesita certezas. El sentido de la vida sólo se puede fundamentar en bases sólidas, y no sobre la arena movediza de una sociedad de la diversión y del espectáculo basada en el viento que sopla en el momento. Por tanto, está en contradicción con una cultura en la que sólo se hace lo que ofrece felicidad. Hay que moverse hacia una civilización que nos recuerde sus propios valores y perciba la propaganda de los últimos tabúes y la caída de las normas como una pérdida de la propia identidad. Los jóvenes necesitan personas en quienes confiar. Personas con visión, con prospectivas y objetivos existenciales. No mensajeros del miedo ni de las preocupaciones, sino personas que aporten valores y sean portadoras de esperanza. Para muchos, el futuro se ha convertido en un enigma. Los verdaderos portadores de esperanza parecen haber salido de circulación. De vez en cuando aparece alguno que todavía es capaz de enseñar a superar el dolor, la pérdida y el fracaso. Pensar, decir, hacer Los padres tienen que ayudar a sus hijos a no ser espectadores, sino personas que no tengan miedo a comprometerse para construir lo que creen, a pesar de que el ambiente sea contrario. Dar raíces a los hijos significa, sobre todo, saber encontrar en la propia buhardilla interior lo más precioso que nos ha sido transmitido y que ahora, con dificultad, casi ni nos atrevemos a nombrar: Dios. Hoy día, el becerro de oro del Antiguo Testamento tiene mejor publicidad que los Diez Mandamientos. Dostoyewsky hizo una profecía terrible: “Un pueblo sin unión con Dios termina en la ruina. Si Dios no existiese, todo estaría permitido”. Confiarse a la lógica de la Biblia es quizá nuestra última posibilidad. Las nuevas generaciones tienen el derecho de conocer a Jesús y escuchar su Palabra. La Palabra y la voluntad de Dios son instrumentos de vida, verdaderos apoyos para la existencia. Los padres no pueden callar. Quien cree, no tiene nada que perder. Pero quien no cree, no tiene nada que esperar.
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