Amar la vida ¨Fíjense en los lirios, cómo ni hilan ni tejen. Pero yo les digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos” (Lc 12,27). |
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| La Iglesia ha recibido el Evangelio de la vida y es enviada para anunciarlo y transformarlo en realidad. Esta vocación y misión piden la acción generosa de todos sus miembros. Juntos, debemos sentir el deber de anunciar el evangelio de la vida, de celebrarlo en la liturgia y en toda la existencia, de servirlo con las diversas iniciativas y estructuras de apoyo y promoción. Al respecto, indico algunas elecciones que debemos hacer. Defender el valor de toda vida humana. La vida se ha visto siempre rodeada de peligros, provocada por la violencia, desafiada por la muerte. Persisten las amenazas, fruto del odio, del abuso o de intereses opuestos (homicidios, guerras, matanzas), agravados por el descuido y la falta de solidaridad. Se añaden los abusos contra millones de seres humanos que logran sobrevivir a duras penas o simplemente mueren de hambre, el comercio de armas siempre más mortíferas, el desequilibrio ecológico, la difusión de las drogas, los accidentes de tráfico, los atentados terroristas: causas, todas ellas, de auténticas hecatombes. Frente a semejante “obscurecimiento”, es urgente defender el valor inviolable y sagrado de la vida, regalo inestimable, desarrollar un sentido de gratitud hacia quien nos la donó, reavivar una visión integral que abrace su actividad material, económica o social, pero también su progreso espiritual. Tutelar la vida de los pobres. Toda vida es preciosa y digna de respeto. De ello sigue que se justifica, no sólo la vida sana, útil, feliz sino también la vida disminuida, tocada por el dolor y la enfermedad, la del niño no nacido y la del anciano inválido. Es preciosa la vida de los poderosos, pero lo es también, y tal vez más, la de los pobres y abandonados. Como hijos de Dios, somos llamados a proteger y cuidar a quienes enfrentan una vida más difícil, de mayor riesgo, menos defendida, marginada. Debemos ser capaces de crear nuevas formas de presencia misionera en el mundo de la marginación y de la exclusión. Educar al valor de la vida. Es una tarea que corresponde a padres, educadores, profesores, catequistas, teólogos. Las nuevas generaciones tienen necesidad de encontrar auténticos “maestros de vida”. Los jóvenes buscan no sólo información o doctrina, sino testigos que estimulen y acompañen el desarrollo de sus mejores cualidades. Es indispensable hacer resaltar el valor absoluto de la vida, promoviendo el respeto por las personas, suscitando una visión positiva hacia ellas y esperanza de futuro, combatiendo lo que impide vivir con dignidad y solidaridad. Actitudes y gestos cotidianos, también los más sencillos, deben ser para los jóvenes escuela de vida. Como educadores, debemos saber despertar en ellos el gozo de vivir, el aprecio de los valores, el gusto del servicio hacia los demás y la naturaleza, testimoniando que la vida es vocación. |
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