Globalización

Globalización significa un mundo que convive en paz, en donde todos sus recursos están orientados hacia el servicio común, en donde impera una misma ley y una misma justicia y la solidaridad reina como distintivo. Y eso está bien, porque de alguna manera expresa el punto omega que el hombre persigue desde el inicio.


Foto: BSCAM

Para lograr una globalización, sin embargo, el convulsionado mundo de hoy tendría que elaborar una ruta que le permitiera despejar los obstáculos evidentes que se le presentaron.

Un primer obstáculo fue el conflicto ideológico este-oeste, que condujo a la humanidad no sólo a generar en el armamentismo colosales posibilidades de destrucción, sino que llevó a las trincheras en cientos de guerras a millones de hombres que discutían con las armas la prevalencia de las ideologías de los imperios. El tercer mundo al que con orgullo pertenecemos recibió la donación del enfrentamiento de los dos primeros. Y nos sorprendió la muerte de muchos de los nuestros, batiéndose los unos por un capitalismo que de nada les servía o por un marxismo que tampoco les explicaba algo. Todavía en campos de Latinoamérica deambula la resaca de la muerte entre las piernas de los obsesionados que no han logrado enterarse de que las razones ideológicas de sus enfrentamientos están difuntas desde 1989.

Para dar un primer paso hacia la globalización era necesario extirpar la confrontación ideológica y poner al mundo en situación de diálogo, para lo cual era preciso que ambas partes enfrentadas se desarmaran progresivamente, lo que condujo a que se pudiera conversar y salieran adelante los primeros consensos creadores que deberían conducir hacia un nuevo mundo sin el ruido de las balas. De cara a las armas amenazantes no es posible diálogo alguno, lo máximo que puede obtenerse es la estéril tregua de los que le conceden sólo una pausa a la muerte.
La globalización será solidaria o no será. Si no es solidaria, degenerará en la erección de un imperio totalizador que, impidiéndonos la participación, nos llevará a la obediencia.

La solidaridad como valor fundamental de la globalización tiene que copar los espacios y dar prueba fehaciente de que es un valor fértil, de que puede no sólo animar un discurso ideológico, una gestión económica, una acción política, sino ante todo forjar una cultura y una ética.
Pero la globalización exige mucho más que la superación del conflicto este-oeste; reclama dos movimientos que son la integración y la apertura, de los cuales sólo se publicitan sus sesgos económicos. Y es aquí donde, evidentemente, comenzamos a encontrar dificultades que desafían nuestra decisión e imaginación.

Simón Bolívar tenía la capacidad de forjar el presente y de diseñar el porvenir. De él es el pensamiento de que la integración es el gobierno futuro de las naciones, de él fueron los primeros esfuerzos y él hubo de padecer los primeros fracasos.

Basta comparar el desigual desarrollo de los procesos de integración. Mientras Europa, con el peso de dos guerras mundiales, avanza de la Comunidad Económica Europea a la Comunidad Europea, luego a la Unión Europea y aún se llega a pensar en el ideal de la “casa común europea”. Mientras Europa, con multiplicidad de idiomas, salta la barrera y se hace una, nosotros unidos por todo –incluso por la retórica- no hemos logrado unir nuestras aspiraciones y destinos. Cómo lograrlo si la integración de Latinoamérica requeriría que los países estuvieran integrados internamente, mientras que existen suficientes pruebas de dispersión e injusticia evidentes en el desigual desarrollo regional que permite que sobrevivan entre nosotros el siglo XIX, el XX y los avances del XXI.

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