Hugo Estrada
Calderón de la Barca tiene una obra de teatro titulada: “El
gran teatro del mundo”. Los actores ingresan al escenario por una
puerta que tiene la forma de una cuna. El director de escena le reparte
a cada uno su respectiva indumentaria para poder actuar: unos reciben trajes
de reyes, otros de soldados, de obreros, de sirvientes. Al final se va
invitando a cada personaje a que salga por la puerta que tiene la forma
de un ataúd. De esta manera, el escritor representa lo que es la
vida. El mundo es un escenario en el que nos toca actuar. Dios nos ha colocado
para desempeñar un papel, una misión. Todos tenemos que salir
por la puerta de la muerte. En el mundo estamos de paso. Se nos olvida
con frecuencia. Creemos que permaneceremos para siempre en el escenario.
Nos ilusionamos pensando que, por la puerta con forma de ataúd,
sólo les toca salir a otros. De esta manera tratamos de mentirnos
a nosotros mismos para no pensar en una de nuestras grandes verdades, la
muerte.
La eternidad de Dios
Moisés comienza alabando la eternidad de Dios. A través de
los siglos, Dios es un “refugio” para sus hijos, los hombres.
Dios es la seguridad absoluta: “Señor, tú has sido
para nosotros / un refugio de edad en edad. / Antes de ser engendrados
los montes, / antes de que naciesen la tierra y el orbe, / desde siempre
y para siempre tú eres Dios” (vv. 1-2). Al pensar en la eternidad
de Dios, Moisés comiena entonando un himno de alabanza a Dios, que
a través de los siglos se ha manifestado como un “refugio”,
un Dios providente para los seres humanos. El inicio de este salmo es una
oración por medio de la que Moisés, en su ancianidad, bendice
a Dios porque puede dar testimonio que “de generación en generación” ha
experimentado la infaltable providencia de Dios.
La soberanía de Dios
Moisés recibió la revelación de Dios acerca del origen
del hombre, que fue colocado en el universo como un “administrador” de
las cosas de Dios. No es el dueño. La gran tentación del
hombre es constituirse “dueño” del universo, y olvidar
su condición de simple “administrador”. Moisés
quiere recordarle al hombre que viene del polvo y que a él volverá:
Tú reduces al hombre a polvo, / diciendo: Retornen, hijos de Adán.
/ Mil años en tu presencia son un ayer que pasó, / una vela
nocturna. / Los siembras año por año, / como hierba que se
renueva: / que florece y se renueva por la mañana, / y que por la
tarde la siegan y se seca”.
Cuando el hombre se olvida de su condición
de “administrador” y se cree el “dueño” del
mundo, se olvida de su Creador, y construye babeles de confusión,
que lo desestabilizan espiritualmente. El salmo 90 acentúa el
hecho de que vamos a volver al polvo. El miércoles de ceniza,
la Iglesia, como madre, nos dice: “”Recuerda que eres polvo
y en polvo te convertirás”. De esta manera, se nos quiere
apartar de la tentación de construir babeles en las que se hace
caso omiso de Dios. El Eclesiastés también insiste en el
mismo tema, cuando anota: “Todos caminan hacia la misma meta, todos
han salido del polvo y todos vuelven al polvo. Vuelve el polvo a la tierra,
a lo que era, y el espíritu a Dios que es quien lo dio”(Ecl
3,20;12,7).
A nosotros, mil años nos parecen una cantidad
exorbitante. El salmo 90, por el contrario, nos asegura que para Dios
mil años son como un día, como una vigilia nocturna, que,
según los antiguos, duraba la tercera parte de la noche. Este
pensamiento lo recoge también san Pedro cuando escribe: “Para
el Señor un día es como mil años, y mil años
como un día” (2P 3, 8). El tiempo de Dios no depende de
nuestros relojes. El mismo salmo nos compara a la hierba del campo que
florece en la mañana, y en la tarde ya la han cortado.
Calderón de la Barca tiene otra bella obra de teatro titulada: “La
vida es sueño”. El autor en esta obra sostiene que mientras vivimos,
soñamos; cuando morimos, despertamos. Durante el sueño fantaseamos
en tantas cosas. Lo cierto que, al despertar, nos damos cuenta de que todo fue
una ilusión. Por eso Jesús advertía: “Velen, pues,
no saben el día ni la hora en que vendrá el Hijo del Hombre” (Mt
25, 13). Nunca Jesús quiso infundir miedo a la muerte. Su intención,
al hablarnos de la inminencia de la muerte, fue enseñarnos a ser “previsores”,
a no ser sorprendidos por una de nuestras realidades definitivas: la muerte.
Para no “improvisar” el día en que debemos pasar a la eternidad,
Jesús nos indica que, cuando él vuelva por nosotros, quiere encontrarnos
como “siervos fieles”, con los “lomos ceñidos”,
en actitud de servicio a los demás. Jesús nos asegura que, si eso
se cumple, él mismo se compromete a “servirnos la mesa” (Lc
12, 37).
La brevedad de la vida
Moisés, que vivió 120 años, en su ancianidad, llegó a
la conclusión de que la edad normal de un ser humano es de 70 años;
los más robustos llegan a 80. Sin embargo, todo es “fatiga inútil”.
Es la conclusión a la que llega Moisés en su reflexión
de anciano: “Aunque uno viva setenta años, y el más robusto,
hasta ochenta, la mayor parte son fatiga inútil, porque pasan aprisa
y vuelan. / ¿Quién conoce la vehemencia de tu ira, / quién
ha sentido el peso de tu cólera? / Enséñanos a calcular
nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato (vv. 10-12).
Aquí encontramos ecos del libro de Job, en el que se anota: “Mis
días son más rudos que un correo, se me escapan sin que pueda ver
la dicha; se deslizan como lancha de junco, como águila que cae sobre
la presa...” (Jb 9, 25-26). El autor del Eclesiastés llega a la
misma conclusión, cuando apunta:”Vanidad de vanidades y todo es
vanidad” (Ecl 1, 2). Ante esta constatación de la brevedad y fragilidad
de la vida, el salmista hace una petición a Dios: “Enséñanos
a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato” (v.
12). En vista de lo efímero de la existencia humana, el salmista opta
por pedirle a Dios la sabiduría de saber vivir el hoy de cada día.
De aprovechar el tiempo al máximo para cumplir la voluntad de Dios. Estas
súplicas finales compendian nuestros anhelos para nuestra breve y frágil
vida, que cobra sentido pleno, si contamos con la bendición de Dios.
De paso
“ No tenemos aquí una ciudad permanente” (Hb 13,14), nos dice
la Biblia. Estamos de paso. Somos peregrinos. El salmo 90 nos recuerda nuestra
fragilidad humana, pero también nos exhorta a poner la confianza en Dios,
que es “eterno” y que, de generación en generación,
ha sido fiel y nunca nos fallará. También nos anima a vivir nuestro
hoy con la mirada puesta en Dios para buscar siempre su voluntad, que es el camino
que nos conviene. El salmo de Moisés insiste en la brevedad de nuestra
vida. Jesús, por otra parte, nos invita a “estar siempre preparados
porque no sabemos el día ni la hora” (Mt 25,13). El Señor
nos asegura que, si al venir él nos encuentra como siervos fieles con
los lomos ceñidos, en actitud de servicio a los demás, él
mismo nos va a servir la mesa. Esta es la sabiduría que se pide en el
salmo 90, y que todos buscamos, día a día, de todo corazón.
Es nuestro mejor anhelo que, cuando vuelva el Señor, nos encuentre en
vigilante espera con nuestras lámparas encendidas
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