|
Educar al optimismo Bruno Ferrero Cuando
los hijos están creciendo,
las madres se preocupan de darles, cada día, la dosis necesaria
de vitaminas para que sean sanos y estén defendidos contra las
intemperies de la vida. Saben que la vitamina “A” es buena
para la vista, la “C” previene los resfríos y la gripe,
la “D” fortalece los huesos, la “E” combate los
radicales libres que conducen al envejecimiento... Pero, ¿tienen
también en el alfabeto de la salud, la vitamina “O”,
la vitamina para el optimismo? No siempre... |
|
|
|
|
| 1. Inculquen a
los hijos una imagen válida
de sí mismos. Valoren a sus hijos y demuéstrenles amor, confianza
y responsabilidad. La mejor manera de hacerlo es irlos implicando cada
vez más en la vida y en las decisiones de la familia. 2. Fortalezcan sus puntos de referencia. Un instrumento válido para lograrlo, son los “no” que, sobre todo en los primeros años de vida, van marcando y señalando el camino físico y espiritual de los hijos. Tienen que cuidar que los “no” sean siempre serios y estén claramente motivados. 3. Enséñenles que los problemas se pueden resolver. Educar un optimista no es construir un iluso que vive soñando aventuras. Los personas optimistas son conscientes que viven en un mundo imperfecto, donde el amor es frágil, los ingenuos son engañados, y los enfermos se mueren. Pero, al mismo tiempo, son capaces de manejar estrategias que les permiten mantener el control y el equilibrio: piensan que pueden resolver los problemas, saben que siempre hay alternativas, y están preparados para lo que pueda suceder. Los padres tienen que enseñar a sus hijos que, cuando una alterativa falla, siempre es posible elegir otro camino. Tienen que “equipar” a sus hijos con un arsenal de alternativas. Muchos padres se dedican simplemente a ponerlos en guardia contra todo y contra todos. Es una actitud que no tiene caminos de salida y lleva fácilmente al desánimo y al desencanto. |
![]() |
4. Acostúmbrenlos a apreciar lo que tienen. Los verdaderos optimistas se concentran en lo que tienen y no se dan tiempo para encontrar motivos para ponerse tristes. En una familia que tenía graves dificultades, la madre trasmitía siempre a sus hijos, este mensaje lleno de esperanza y de valor: “Sólo cuando está oscuro, se pueden ver las estrellas”. Los hijos no lo olvidaron jamás. 5. Propónganles metas para alcanzar juntos. La inseguridad, la ociosidad y el desgano sólo provocan pena y pesimismo. Cuando nos decidimos a utilizarlo, el potencial humano es asombroso. San Pablo escribió en la Carta a los Filipenses: “Finalmente, hermanos, consideren todo lo que es verdadero, todo lo que es bueno, todo lo que es justo, puro, y digno de ser amado y honrado; todo lo que viene de la virtud y es digno de alabanza”. San Pablo piensa que podemos elegir los sujetos de nuestra contemplación y de nuestros pensamientos: en buena medida, los contenidos que pasan por nuestra mente están relacionados con nuestros criterios de selección: utilizando este poder selectivo, podemos modificar nuestro mundo. 6. Estimúlenlos siempre al esfuerzo. Eviten los estímulos falsos. Los jóvenes no necesitan estímulos fáciles. Necesitan alguien que les diga: “Estamos en problemas; pero si nos ponemos todos juntos, podemos salir adelante”. Impidan que se disculpen fácilmente o que se queden en meras discusiones teóricas. Hay personas “catastrofistas”, que viven como si fueran “telediarios ambulantes”, previendo desastres a cada instante, sintiéndose incapaces, impotentes y culpables de todo. Los niños tienen que crecer sin pensar en el fracaso. Hay que educarlos en la confianza en sí mismos y en el futuro, y enseñarles a dominar su propio temperamento. 7. Busquen la cercanía de personas ricas en esperanza. Es muy bueno poder crecer en un ambiente rico en estímulos constructivos. Busquen refuerzos sociales positivos. Enseñen a sus hijos a valorar la naturaleza, a descubrir lo bello, a escuchar música, a pasear, a reír... Por las cosas grandes y por las pequeñas, por las buenas y por las problemáticas: una carcajada libera y resuelve con éxito situaciones que pueden crear inseguridad, disgusto o conflicto. Hay que educar el sentido del humor y vivirlo entre padres e hijos: es el mejor modo de decir y hacer cosas serias. 8. Alimenten la fortaleza de espíritu. Lo peor que puede pasarle a una persona es perder la fortaleza de espíritu. La fuerza espiritual es un recurso imprescindible para mirar la vida con optimismo y enfrentar las dificultades con esperanza. Uno de los dramas de nuestro tiempo es que esta fuerza espiritual de las familias tiende a evaporarse rápidamente, porque no se reservan espacios para leer, para profundizar en la fe y, sobre todo, para rezar juntos. |
|
boletinsalesiano.info |