Los pequeños fans de
Don Bosco

 

Cuando Don Bosco salía a predicar fuera de Turín, a su vuelta le aguardaba un alegre recibimiento. Los muchachos del Oratorio se informaban de la hora de su llegada. Iban a esperarlo al puente del Po al puente de Moscú. Iban varias decenas.

Apenas asomaban los caballos del ómnibus, estaban los saludos con un formidable ¡viva Don Bosco! Corrían todos a su encuentro y rodeaban su coche. El cochero montaba en cólera, gritaba a los muchachos, los amenazaba con el látigo, les dedicaba los títulos más sonoros, pero era inútil: los muchachos seguían corriendo y gritando y así entraban en Turín.

La gente se paraba al ver aquella turba de muchachos alegres y jadeantes, mientras Don Bosco sacaba la mano por la ventanilla y los iba saludando por su nombre.

Cuando finalmente se paraba el coche, se agolpaban tanto los muchachos ante la portezuela que los viajeros no podían descender. El cochero saltaba del pescante para abrir paso, propinando pescozones a diestra y siniestra. Don Bosco, que ya había salido, le decía:
- ¡Pobres chiquitos! Son amigos míos, sabe usted.
- ¿Y tiene usted esta clase de amigos? Se ve que no los conoce: son unos bribones, unos granujas, unos gandules. ¡Fuera de aquí!

Todos, entre tanto, se apretujaban en derredor de Don Bosco para besarle la mano y acompañarle, mientras el cochero se encogía de hombros y se retiraba barbotando.

Memorias Biográficas, III, 146


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