Carlos
David Marroquín
El agradecimiento es una actitud cristiana. Cuando agradezco a los otros
y a Dios, realizo un gesto de humildad. Mi vida se convierte en una liturgia
que celebra el encuentro fraterno y desinteresado de dos seres que se entregan.
Uno comparte con generosidad y otro recibe alegremente.
El don de la gratitud me permite abrirme a la presencia del otro, lo cual
conduce a mi crecimiento personal. Es un gesto desinteresado en el cual
reconozco cierta necesidad personal o comunitaria que me hace recibir de
manera dócil la ayuda de alguien más. Esto me hace salir
de mí mismo y me permite ver a los demás, rompiendo el egoísmo
que se ha vuelto tan empedernido en nuestra cultura de dominio y poder.
A la vez, el agradecimiento me permite reconocer el valor de la otra persona
y la caridad con la cual atiende mi necesidad.
El don de la gratitud me estimula a compartir mi alegría, la cual
deriva en otros frutos: paz, porque me hermana con el otro: sonrisa ante
el sentimiento de dulzura nacido por el gesto que crea en mí un
recuerdo feliz y produce cierta pertenencia entre nosotros.
El don de la gratitud es una vivencia de comunión que reproduce
el espíritu de Iglesia, del cual somos herederos. Espíritu
que se traduce como solidaridad en la construcción de un mundo más
humano, de una fraternidad que comunica respeto y confianza, y servicio,
que nos recuerda que juntos podemos construir el Reino de Dios.
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