La gratitud
en la espiritualidad de Don Bosco

En la vida todo es gracia,
todo lo recibimos gratis.


Foto: BSCAM

Los que crecimos en ambientes salesianos recordamos con qué desborde de alegría celebrábamos cada año la «Fiesta de la gratitud»: con banda y coro, con teatro y juegos especiales, mientras banderines de todo el mundo engalanaban patios y corredores. Era una herencia de los tiempos de Don Bosco: «Estas fiestas - decía - hacen mucho bien a los jóvenes, inspirando en ellos el respeto y el amor hacia sus Superiores».

Don Bosco vivió profundamente el sentimiento de la gratitud y lo supo inculcar en sus muchachos. ¿Sentimiento? Es más exacto decir virtud. Sí, porque la gratitud ahonda sus raíces en la fe. De ella está lleno el Nuevo Testamento. San Pablo estaba convencido de que en la vida del cristiano todo es don de Dios y que la actitud más típicamente cristiana es la gratitud y la alegría. Alegría y gratitud, porque el cristiano se siente misteriosamente amado y elegido por Dios, sin mérito propio.

La palabra «gratitud» está emparentada con las palabras «gracia», «gratis», «gratuidad». En la vida todo es gracia, todo lo recibimos gratis. A través de la familia, de la escuela, de la sociedad, de la Iglesia, es Dios quien nos lo da todo gratuitamente.

Esto Don Bosco lo sabía, lo sentía. Hasta su vejez conservó honda gratitud hacia sus bienhechores, sus profesores, sus consejeros. Unas muestras. Cuando Juan Bosco era joven estudiante en Chieri, su compañero José Blanchard, viéndolo en estrechez económica, le llevaba alguna comida; Don Bosco nunca lo olvidó. Cuando en 1886 el anciano Blanchard visitó en Turín a su antiguo compañero, ya famoso y enfermo, Don Bosco le salió al encuentro, lo acomodó en su oficina, le preguntó sobre su vida, trabajo y familia; luego quiso que se quedara a comer con él, cediéndole su propio puesto en medio de los superiores salesianos, y quiso que todos supieran lo que el buen compañero había hecho por él cuando eran muchachos.

El anciano Don Juan Calosso, capellán de Murialdo, había sido para Juanito un padre, un maestro, un bienhechor. Con sus enseñanzas y consejos, Juanito había hecho muchos progresos. Pero murió repentinamente. Juan sintió mucho dolor; lloraba continuamente a su difunto bienhechor. El recuerdo de Don Calosso permaneció siempre vivo en su corazón, y dejó escrito de él: «He rezado siempre y mientras viva no dejaré de rezar cada mañana por este mi insigne bienhechor».

Hacia la familia Moglia, que lo había recibido cuando niño en su granja como mozo y que llegó a quererlo como a un hijo, Don Bosco no perdía ocasión para manifestarles su afecto y reconocimiento. Así también con la señora Lucía Matta, que lo había hospedado en su casa durante los años de estudios en Chieri y de la que tantos favores había recibido. Y no digamos del afecto y gratitud de Don Bosco hacia su paisano, don José Cafasso, que había sido para él maestro, amigo y colaborador; exhortaba a los muchachos del Oratorio a serle agradecidos y a rezar por él.

« La gratitud en los niños - escribió Don Bosco - es presagio de su feliz porvenir. Un muchacho que tiene sentimientos de gratitud seguramente tiene también las otras virtudes». Era víspera de Navidad; en las «buenas noches» Don Bosco exhortó a los alumnos a recordar a sus padres ausentes, que tanto cariño les tenían, los sudores, los gastos que hacían para proporcionarles una esmerada educación; y el respeto, la obediencia y el amor que, como hijos, estaban obligados a devolverles. Los exhortó a todos para que escribieran una cartita a los padres, en la que manifestaran el afecto que por ellos sentían y pidieran perdón por los disgustos que de alguna manera les hubieran causado.

Don Bosco escribió miles de cartas, que llenan cinco volúmenes. Pues bien, muchísimas de ellas las escribe a los bienhechores para agradecerles las ayudas recibidas, les promete sus oraciones y las de los muchachos del Oratorio, les asegura las bendiciones del Señor y el premio del cielo. En su testamento espiritual dejó escrito: «En cuanto yo muera, el nuevo Rector Mayor escribirá una carta a nuestros bienhechores agradeciéndoles de mi parte todo lo que han hecho por nosotros y asegurándoles que desde el cielo invocaré sobre ellos, y a cada instante, las divinas bendiciones».

Su gratitud subía frecuentemente hasta María Santísima, la señora y pastorcita de sus sueños, la «inspiradora y guía» de toda su obra, la que obraba milagros y maravillas, la que proporcionaba el pan diario a sus 800 muchachos, la que lo sacaba inesperadamente de los apuros. Al final de su vida, con lágrimas en sus ojos, Don Bosco reconoció: «¡Todo lo ha hecho Ella!»

Pero todas esas expresiones de sincera gratitud no eran simples gestos de cortesía humana; tenían su raíz en una visión de fe. Esa fe Juanito Bosco la había aprendido de Mamá Margarita: «Dios nos ve, Dios nos ama, nuestra vida se desenvuelve en su presencia, él es cariñoso con sus criaturas, es providente, no nos dejará faltar lo necesario en el momento oportuno». Don Bosco estaba convencido de que el Señor le había confiado una misión especial para los muchachos; en sus sueños juveniles Dios le pedía que se fiara de él, le aseguraba que no le faltaría su ayuda. Y Don Bosco se fió. Aun en los momentos más duros de su vida, y fueron muchos, Don Bosco siguió creyendo que la obra era de Dios y que él no le fallaría. Por eso pudo vivir esa espiritualidad optimista, en la que cabía la alegría, el buen humor, la gratitud, la confianza: «Cuando se trata de ganar almas para Dios, yo me lanzo hasta la temeridad». Y Dios no le falló: para su proyecto educativo Don Bosco se sintió acompañado por gente de toda clase; sin capitales pudo realizar obras grandiosas.

Cuando murió, ya tenía consigo a 750 salesianos, sus obras asentadas en doce países de Europa y América, y una legión de cooperadores y bienhechores.

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