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pocos acontecimientos atentan a la tranquilidad y matan la esperanza
en una familia: la violencia,
la pérdida del trabajo, la infidelidad, la indiferencia entre
sus componentes, la depresión, la separación, la enfermedad...
La palabra de orden en estos casos es «salir del túnel»,
y eso puede significar «crecer». Que no parezca raro: las
dificultades logran templar, vigorizar, formar.
Los períodos de
crisis quitan estabilidad y angustian, es cierto, pero si la familia
se mantiene unida, adquiere solidez y puede organizarse y volver a iniciar
su recorrido. Ser fuertes en la desventura significa no dejarse embotellar
en un callejón sin salida y tomar la decisión, cuando todo
parece bloqueado, de intentar camino.
Comunicar
La mejor garantía es la comunicación que parte de un trabajo
de grupo fundado en la cooperación, el aprecio, la gestión,
la equidad. Mejorar la comunicación es escuchar mejor y expresar
más.
Cuando un problema familiar es «estudiado en común» se
encuentra la solución. La educación consiste cabalmente en
plasmar a una persona que tenga las capacidades necesarias para superar
los problemas que la vida presenta. Los padres saben que no pueden proteger
a sus hijos indefinidamente. Deben por tanto actuar de dos formas. Una
consiste en el don de la solidaridad incondicionada: «¡Cualquier
cosa que suceda, aquí estamos para ti!». Esta actitud significa
también admitir el derecho al error y empeñarse en enseñar
a los hijos cómo superar los obstáculos.
Significa además
percibir a la familia como lugar donde nos preparamos para enfrentar los
desafíos y reemprender el camino. Sin familia es imposible superar
las crisis.
La segunda manera consiste en entrenar a los hijos para una buena disciplina
constructiva, haciéndoles aceptar el principio de la realidad y
el sentido del límite. Todas las crisis nacen del límite
de ser criaturas débiles e imperfectas. Los hijos se entrenan para
la vida a través de los «no» motivados de sus padres.
Los «no» ayudan a crecer fuertes. Si los padres satisfacen
todo capricho de sus hijos, éstos crecerán incapaces de soportar
la frustración. El padre que, en buena fe, trata de ahorrar al hijo
cualquier sufrimiento, podría privarlo de la oportunidad de desarrollar
los instrumentos indispensables para enfrentar las dificultades. Los límites
ayudan a los niños a desarrollar sus propios recursos.
El Derrumbe
Hay un forma de crisis que apunta directamente a la destrucción
de la familia. Hoy la separación o el divorcio son considerados
una forma para acabar con el dolor de una relación no satisfactoria.
Miles de personas cada año cometen homicidios y/o suicidios, pero
son centenares de miles los individuos que escogen el divorcio o la separación.
De algunos años para acá el cincuenta por ciento de los matrimonios
se derrumba; ¡hay quienes se hallan con dos, tres o más divorcios
sobre sus espaldas!
La nuestra puede ser considerada «la sociedad de lo desechable».
Nuestros alimentos son confeccionados en hermosas envolturas destinadas
a la basura, los automóviles y los electrodomésticos son
proyectados para volverse obsoletos, los muebles se cambian porque ya no
están de moda, las relaciones de negocios se cultivan mientras rindan.
Incluso el embarazo que no se deseó es «eliminado».
No sorprende mucho, por tanto, que la sociedad haya llegado a aceptar el
concepto del matrimonio «desechable». Si ya no se halla gusto
en seguir juntos, la cosa más fácil es renunciar al vínculo
matrimonial «para rehacer la vida», como se dice.
Pero para los hijos no se trata de un factor indiferente o, como muchos
suponen, de un acontecimiento «normal». Toda separación
derrumba con violencia su mundo afectivo: se sienten abandonados por quienes
los trajeron al mundo, pierden de un solo golpe casi todos los puntos cardinales.
Nunca más verán el amor, el matrimonio, la relación
entre los sexos como los veían antes. De la casa construida sobre
la roca pasan a la casa edificada sobre la arena y viven la separación
de sus padres como una grave injusticia.
Pascual Chávez Villanueva |