Hugo
Estrada
Muchos matrimonios comienzan con una copa de vino y terminan con una copa
de vinagre. Si se examina la causa de su fracaso, se verá que coincide
con la falta de la bendición de Dios. A la hora de la crisis matrimonial,
no estaba Jesús, que pudiera cambiar el agua sin sabor del resentimiento,
de la frustración, en el vino de la reconciliación, del perdón
y de la paz
Esto, es precisamente, lo que San Juan quiere poner en evidencia en las
Bodas de Caná. Allí está Jesús, con su bendición,
y, por eso, el incipiente matrimonio logra superar ese primer momento de
crisis, que se presentó, amenazando echar a pique su alegría
familiar.
La realidad es que muchos matrimonios comienzan con la bendición
de Dios junto al altar, pero, luego, se van a su casa con los regalos,
que les han dado, pero dejan a Jesús en la puerta de la iglesia.
Por eso, a la hora de la tormenta, no está Jesús que se ponga
de pie y calme las borrascas que nunca faltan en la vida matrimonial.
La
bendición de Dios
La primera bendición de Dios en la Biblia fue para un matrimonio.
Apunta el libro del Génesis: «Dios los bendijo diciéndoles:
Crezcan y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla»(
Gn 1, 28). El Señor quiso que el primer matrimonio iniciara con
su bendición. El primer milagro de Jesús lo reservó para
un matrimonio en apuros, en las bodas de Caná. De manera muy evidente,
Jesús estaba demostrando que un matrimonio no podía madurar
sin su bendición.
En el Génesis, la bendición de Dios para el primer matrimonio
se evidencia por medio de la excelente relación que existe entre
Dios y la primera pareja. Dios «baja a platicar» con ellos.
Se intuyen la armonía, el gozo, las buenas relaciones de los cónyuges
entre ellos mismos y con Dios.
Pero Dios les advierte que esa bendición no es algo definitivo:
tienen que cultivarla. Deben demostrarle su confianza y fidelidad no acercándose
al «árbol prohibido», símbolo del mal, del pecado.
Cuando Adán y Eva pierden la bendición de Dios por su desobediencia,
todo cambia: ingresa en el mundo el miedo a Dios, la turbación.
Entre ellos mismos se inicia el primer conflicto matrimonial.
El sacramento del matrimonio pretende revivir la escena bíblica
del Génesis: la bendición de Dios para esposo y esposa. Pero
hay que hacer constar que el «árbol prohibido» sigue
en pie. En el momento que el matrimonio enfile por la senda del pecado,
del alejamiento de Dios, que es acercamiento al árbol prohibido,
en ese momento se volverá a retirar la bendición de Dios,
y aparecerá el conflicto de tipo personal y matrimonial.
El Salmo 128 compendia las más bellas bendiciones que un matrimonio
pueda anhelar. Pero hay que saber leer ese salmo. En este salmo se especifica
que las bendiciones anunciadas no son para todos: están
reservadas para los que «temen al Señor y siguen sus caminos».
En la Biblia, «temer» al Señor significa amarlo tanto
que, por eso mismo, se le coloca en el primer lugar de la propia existencia,
del propio hogar. Una
de las estrofas del salmo en mención dice: «Tu mujer como
vid fecunda en medio de tu casa; tus hijos, como renuevos de olivo alrededor
de tu mesa».
Pero, al iniciar, el salmo ha advertido: «Felices
los que temen al Señor y siguen su camino». Es decir, entonces,
que esta bendición, que el salmo enuncia, es solamente para los
que «temen al Señor y siguen su camino».
En la base de las crisis matrimoniales, familiares está la ausencia de
la bendición de Dios. Jesús es un desconocido en esos hogares.
No es un invitado de honor, nada más, para ocasiones extraordinarias.
No es el Señor de la casa. Por eso cuando falta el vino de la concordia,
del perdón, de la paz, no está el Señor para cambiar el
agua del fracaso, de la soledad, del adulterio, en el vino del gozo, del perdón
y de la paz. |