Francisco
Alberto Olarte de Ycaza
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| No escatimó esfuerzo
por llevar el sustento a su hogar. Fue una época difícil
que no le hizo perder su calidad humana y su buen humor; más bien
incrementó su fortaleza y su carácter y lo hizo el hombre
de bien que conocimos. Ese fue el ejemplo que recibieron, primero sus hermanos
y después sus hijos. Es larga la lista de lo que unos y otros tienen que agradecerle. Cuando su madre enfermó y estuvo en cama por casi ocho meses, fue Poli el que se hizo cargo de su cuidado, ayudado por su fiel esposa. Fue una dura experiencia que puso a prueba, una vez más, su fortaleza. No hubo momento en que algún miembro de la familia necesitara su ayuda y él no respondiera. Al contrario, dejaba cualquier cosa que estuviera haciendo para ver qué necesitaban. Padre ejemplar, sus hijos guardan los mejores recuerdos de su relación con él, que son los que los ayudarán a sobrellevar el duro golpe de su ausencia y a recordarlo siempre con amor. Pero no solo sus hijos y hermanos recibían ayuda de Poli. Su corazón generoso lo impulsó a ayudar a propios y extraños. Una de las cosas que más nos preocupa a los cristianos practicantes es cómo nos vamos a presentar ante el Señor: ¿tendremos las manos vacías, a medio llenar o llenas? Muchos pasamos por la vida sin pensar en esto y no hacemos nada a favor de los demás; otros realizan buenas obras, también sin pensar en eso porque su naturaleza los impulsa a dar sin esperar a recibir. Poli era uno de estos últimos. Fue acumulando buenas obras y, sin duda, se presentará ante El con las manos llenas. Hoy que el Señor lo ha llamado, tenemos la confianza de que sus obras pesarán a su favor en la balanza y que desde allá, seguirá velando por los suyos que dejó, hasta que volvamos a reunirnos. Rogamos a Jesús y a su Santísima Madre que intercedan por él, para que reciba, por fin, el descanso que tanto merece. |
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