Don
Julio era el orgullo de la ciudad de Santa Tecla, donde vivió por
cincuenta años, hasta su muerte. Las autoridades municipales
honraron una avenida de la ciudad con su nombre. Unos años después,
en ceremonia oficial, le confirieron el título de Hijo Meritísimo
de la Ciudad. La Asamblea Legislativa, en el 2003, le había
otorgado el diploma de Noble Ciudadano de El Salvador.
Don Julio se había ganado el cariño y la admiración de la
población por su trabajo generoso, sacrificado y entusiasta en el Oratorio
del Colegio Santa Cecilia. Millares de niños y jóvenes pobres encontraron
en don Julio un padre preocupado por su promoción humana y cristiana.
De este corpulento hombre nos queda la imagen de alguien que esparcía
optimismo y buen humor.
Los salesianos que tuvieron la oportunidad de convivir con don Julio lo recuerdan
como un religioso que tomaba en serio su vocación salesiana. Era ejemplar
en su vida de oración. Disfrutaba de todo lo relacionado con la congregación
salesiana. Tenía veneración por sus superiores y se emocionaba
cuando recibía algún mensaje personal del Rector Mayor.
En la comunidad era especialista en el arte de hacer reír a los hermanos
con inagotables anécdotas regocijantes de salesianos. En las sencillas
fiestas de comunidad tenía preparado el infaltable discurso chusco, rebosante
de destellos de humor.
Además de su dedicación al Oratorio el fin de semana, don Julio
fue un sacrificado trabajador en la tenería aledaña al colegio.
Se enorgullecía de su trabajo porque lo entendía como una manera
de contribuir al sostenimiento de las vocaciones salesianas.
Don Julio llevaba en su corazón a Panamá, su país de origen.
Había nacido en Chiriquí en 1920. Su vocación se alimentó de
la extraordinaria devoción que los panameños profesan a Don Bosco.
Costa Rica le robó sus afectos, pues en Cartago gastó sus energías
de salesiano joven. Rumiaba con emoción evidente sus años vividos
en esa ciudad.
Pero fue Santa Tecla la que se enriqueció con la madurez de este salesiano
sólido, que alimentó una pasión casi obsesiva por sus muchachos
pobres del Oratorio. Los oratorianos viejos todavía lo continuaban llamando
papá Julio.
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