Gargantúas del repudio moral
Raúl Fain Binda, BBC Mundo

Todavía hoy, varios días después de recibirla, estamos saboreando la noticia de que un número considerable de atletas de primera fila, no pocos campeones entre ellos, se han estado dopando con una droga indetectable.

Ocurre que tenemos el paladar acostumbrado y para apreciar el sabor ya no nos basta un dopado hoy y otro mañana: ahora necesitamos muchos casos juntos, todos los ciclistas del Tour de Francia, como hace unos años, o todos los atletas de Estados Unidos, o por lo menos todos los de California.
A esta altura nos hemos convertido en los Gargantúas del repudio moral: necesitamos un atracón para experimentar un leve estremecimiento de indignación.

Todos hemos festejado la detección de la droga supuestamente indetectable, que nos permitirá identificar, despreciar y condenar a los dopados que hasta ayer eran tratados como héroes. Esto nos dejará la conciencia tranquila para dar vuelta la hoja y admirar en el futuro a una nueva generación de deportistas, que acaso utilizará una nueva droga indetectable.

El placer que nos da el deporte ya no proviene de la excelencia del deportista, sino del talento del boticario. El mejor atleta del año ya no es el campeón mundial de velocidad o de resistencia, sino Don Catlin, el farmacéutico que dirige el laboratorio de la Universidad de California, donde se identificó el esteroide anabólico THG, o tetrahidrogestrinona.

La policía investiga ahora a un tal Victor Conte, presidente de BALCO, un laboratorio que produce suplementos nutritivos para deportistas, por sospechas de que abastecía de THG a sus clientes (una lista cuya lectura provoca espanto, aunque por supuesto no todos los atletas que figuran en ella se han dopado, o eso queremos creer).

Lo cierto es que por esta vez, al menos, Catlin con su probeta ha sido más rápido que su rival de la jeringa. Lástima que esto no tenga cabida en los libros de marcas deportivas.

Relatividad moral

Muchos deportistas tienen ante las drogas la misma actitud que los hipócritas ante el millón de dólares encontrados por la calle: si están seguros de no ser descubiertos, tragan la píldora y se guardan el fajo.

“ Mira, esta droga es inventada, su estructura química no tiene nada que ver con las sustancias anabolizantes, de modo que es indetectable, estarás a salvo”, les decían a los atletas, que sólo debían abrir la boca, levantar la lengua y recibir allí dos gotas de THG.

Dos gotas de THG hacen mucho menos bulto que un millón de dólares. Y son indetectables.
Eran, mejor dicho, porque los pícaros mentían en un punto muy importante: en realidad, la estructura química de estas sustancias “inventadas” es derivada de sustancias ya conocidas.

 


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