Don Felipe Rinaldi

Cristóbal Rinaldi y Antonia Breéis habían formado su familia en Lu Monferrato, un pueblecito pegado a la cima de un collado. La madre Antonia tenía una fe tan grande como las montañas. Cada noche se arrodillaba con sus nueve hijos ante un nicho de la Virgen y les invitaba a repetir con el: “Te saludo. Oh María. Te doy mi corazón. No me lo devuelvas nunca más”. A tres de aquellos muchachos los vería llegar a sacerdotes.
Felipe era el octavo de los nueve. Cuando cumplió los diez años (1866), entró en su vida el nombre de Don Bosco. En un pueblo cercano, Mirabello, aquel sacerdote había abierto un “pequeño seminario”, y papá Cristóbal llevó a Felipe.

Sobre la carreta de papá, aquel muchacho llevaba el corazón un poco encogido como todos los niños que por primera vez dejan a su mamá, pero era serio y reflexivo, y comprendía que para estudiar era necesario hacer aquel sacrificio.

Tuvo como maestro a don Pablo Álbera, con el que conviviría durante muchos años de su vida. “Para mí don Álbera – escribirá- fue un ángel de la guarda. Él estuvo encargado de asistirme, y lo hizo con tanta caridad que cada vez que lo pienso me maravillo”.

Don Bosco fue dos veces desde Turín, y habló largamente con Felipe. Se hicieron amigos. Pero en la primavera, Felipe estaba cansado de aquellos estudios. Un día en el que estaba particularmente nervioso, pensando volver a su casa, un asistente poco delicado le ofendió de una manera irritante. Fue la gota que hizo que se derramara el vaso. Felipe no perdió el control de sí mismo. Fue al director y le dijo que quería volver a su casa. No era un capricho. Papá Cristóbal fue a llevárselo.
Cuando Don Bosco volvió a Mirabello por tercera vez, al no encontrar ya a Felipe, se disgustó. Le escribió una carta rogándole que lo pensase mejor. Durante los años siguientes Felipe recibió varias cartas de don Bosco, y en cada una de ellas le repetía la invitación a volver. Pero Felipe se sentía ya lejano.

En 1876 Felipe tiene veinte años. Los padres de una muchacha excelente van a visitar a su padre Cristóbal para presentar una petición de matrimonio. Pero de Turín llega también Don Bosco, decidido a luchar para llevarse consigo a Felipe.

Hay una larga y decisiva conversación. Felipe con la tranquila tenacidad de los campesinos, expone todas sus dificultades. Don Bosco se las rebate una por una. “Me ganó poco a poco – escribirá don Rinaldi-. Mis padres me dejaban en libertad, y mi elección se inclinaba hacia Don Bosco”.
Veintiun años. El campesino de Lu vuelve a abrir los libros y vuelve a comenzar los estudios.
Veinticuatro años. A los pies de Don Bosco, Felipe hace a Dios voto de pobreza, castidad y obediencia. Se hace salesiano.

Veintiséis años (23 de diciembre de 1882). Felipe Rinaldi es ordenado sacerdote.
Durante estos años ha sucedido un hecho desconcertante: Felipe ha seguido adelante, llevado casi de la mano por Don Bosco. Él es el que lo cuenta: “Don Bosco me decía: tal día darás tal examen, tomarás tal orden sagrado. Yo obedecía vez por vez. Fue Don Bosco quien me señaló la vida”. El biógrafo don Ceria comenta: “Se trata de un caso más bien único que raro, aún más, el único que se conozca”. Don Bosco debía leer claramente el futuro de aquel joven.

Don Rúa, sucesor de Don Bosco al frente de la congregación salesiana, un día del año 1889 llamó a don Rinaldi y le dijo simplemente: “Te mando a Sarriá, a España. Tendrás que resolver asuntos muy delicados”.

La escuela salesiana de Sarriá (Barcelona) había entrado en crisis. Algunos inconvenientes habían puesto en peligro el prestigio de los salesianos, y los alumnos habían quedado reducidos a la mitad. A los treinta y tres años, don Rinaldí abrió la gramática española. En Sarriá encontró un ambiente que le quitaba el sueño. Los salesianos eran poco y estaban descorazonados: la disciplina y la aplicación a los estudios estaban por el suelo. Don Rinaldi recompuso la disciplina, lo mismo que la aplicación al estudio y al trabajo.

No gustó el cambio a todos los jóvenes, habituados como estaban a un ritmo lento y despreocupado. Uno de ellos entra en el despacho del director y arroja sobre la mesa todo su disgusto. “Y ahora mismo me voy a hacer la maleta para volverme a mi casa”. Don Rinaldi, con mucha clama, le ha dejado hablar, y ahora con toda clama le dice: “Has dicho lo que pensabas, y te estoy agradecido. Lo tendré en cuenta. Bueno, ¿y por qué quieres volverte a casa?”. Ante la sorpresa del muchacho, añade con toda seriedad: “Hijo mío, tú llegarás a ser salesiano, un buen salesiano”. Y así sucedió.

Tres años bastan para levantar la obra salesiana de Sarriá y para dar a conocer el temple de este corpulento cura piamontés.

Don Rúa le comunica desde Turín que ha sido nombrado inspector (es decir, provincial) de todas las obras salesiana de España y Portugal. Don Rinaldi se traza en su agenda un programa brevísimo: “Seré un padre. Evitaré las maneras ásperas. Cuando vengan a hablarme, no haré ver que estoy cansado o que tengo prisa”. No serán sólo palabras. El anciano arzobispo de Valencia, Olaechea, dirá: “Tengo la impresión de no haberme encontrado en mi no corta vida un sacerdote que me haya dado una idea más alta de la paternidad amorosa de Dios”.

En nueve años, don Rinaldi funda 16 obras salesianas. Con todo, el trabajo más grande lo realiza en la formación de los salesianos. Recuerda a todos con claridad: “Nosotros existimos para trabajar con los jóvenes pobres. Trabajar con ellos no quiere decir dejarles resignados con su pobreza, sino hacerles crecer con actividades sociales y culturales”.

En aquel tiempo, el inspector salesiano está también encargado de las Hijas de María Auxiliadora. En la España de aquellos años, la mujer tenía que ser buena y piadosa, y con eso bastaba. Don Rinaldi habla a las hermanas salesianas de una manera clara y límpida: “Se cae en un gravísimo error cuando la piedad no va unida a la conveniente instrucción. Persuádanse de que cuando las niñas no progresan en los estudios y en los trabajos, al mundo se le da un arma poderosa para acusar a los religiosos de ignorantes y ociosos”.

La mitad de los hijos son para Don Bosco

De sus cuatro hijos, el Señor les está «robando» dos. Javier, el mayor, fue ordenado diácono salesiano en noviembre 2005. Brenda Nataly, la menor, está probando la vida religiosa con las Hijas de María Auxiliadora.

Algunas familias amigas se escandalizan de que José Javier Rivas y Luz Noemí Zavaleta permitan que dos de sus hijos hayan elegido la vida religiosa. Sobre todo, sI se trata de la única hija. Otros, en cambio, los admiran y felicitan.

José Javier y Luz Noemy consideran con orgullo la elección hecha por sus dos hijos. Y los dos hermanos que quedan en casa, Néstor José y Alejandro Emilio, se sienten alegres por esas vocaciones brotadas en el seno familiar. Alejandro Emilio siente hasta una pizca de envidia por la suerte del hermano mayor.
Se trata de una familia que se identifica como católica y muy unida. Sus hijos varones estudiaron en el Colegio Santa Cecilia, de Santa Tecla, El Salvador. Su única hija Brenda se educó con las Hijas de María Auxiliadora en el Colegio Santa Inés.
Llevan en la sangre la espiritualidad salesiana. Ahora están viviendo ilusionados la ordenación sacerdotal de Javier, que tendrá lugar al final del 2006.

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