y que
continúa
siendo el modelo de toda familia desde cuando el Hijo de Dios ha querido
encarnarse
y compartir hasta lo último la historia humana, injertándose
en una familia en donde ha madurado como hombre y como Dios. La Sagrada Familia
es por tanto nuestro modelo.
Me referiré al significativo episodio de Jesús a los 12 años
en el Templo, porque encierra interesantes estrategias familiares made in Nazaret.
El párrafo funciona como broche entre los Evangelios de la infancia y
la vida pública de Jesús, a la manera de la adolescencia puesta
entre la infancia y la vida adulta. Es ésta la primera característica
de la adolescencia: no ser ya niño, sin ser adulto aún. Situación
incómoda, tanto para el hijo como para sus padres. La preposición
más importantes es «con»: Jesús enfrenta los momentos
más importantes de la vida religiosa y personal «con» sus
padres, y hay una especie de choque entre el primero y el cuarto mandamiento.
Jesús debe hacer la voluntad del Padre. Es el momento de la búsqueda
del propio proyecto de vida, una etapa que enfrentar y «resolver»:
quien no lo hace seguirá siendo adolescente, es decir, oscilante y ambivalente,
toda la vida. Es también un momento de descubrimiento gozoso y de aceptación
explícita de la realidad. La crisis, si la hay, es de los padres, a los
cuales les cuesta «desprenderse» del hijo y sufren, porque demasiadas
veces no saben como ayudarlo. Pero la cuestión de la propia «vocación» es
la primera que la criatura humana debe enfrentar por sí sola.
Hay una gran enseñanza en el Evangelio de Lucas: el diálogo entre
Jesús y sus padres está constituido por interrogantes. «Hijo, ¿por
qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos
buscando.» ... «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían
que yo debía ocuparme de las cosas de mi Padre?». El secreto de
la educación y de la pedagogía de Jesús consiste en valerse
mucho de los signos de interrogación y casi nunca de los signos de exclamación.
Lamentablemente padres, maestros y pastores de almas hacen con frecuencia lo
contrario. Hasta a María le cuesta comprender. Desprenderse es siempre
trabajoso. Los hijos adolescentes deben ser mirados con simpatía y escuchados
seriamente. En este momento es más que triunfante la «estrategia
de la atención»: escuchar, observar, tratar de comprender, captar
los mensajes no expresados, leer entre renglones. Se habla «con» los
hijos, no «a» los hijos. José y María no abandonan
a Jesús: no se debe salir de la vida de los hijos, ni siquiera si ellos
se alejan. Hay que seguir presentes y protegerlos. Cuando hay ocasión
para hacerlo, conviene abrazarlos con fuerza: resollarán, pero les gustará.
Tienen pocas pero importantes urgencias: de compañía, porque se
sienten solos; de actividad, porque se aburren; de seguridad, porque tienen miedo
de un mundo por conquistar; de diálogo, porque son tantas las cosas que
no saben. También la formación tiene que realizarse «con» los
hijos, tratando de involucrarlos: «Jesús volvió luego a Nazaret
con sus padres y les obedecía con gusto».
Es necesario apreciarlos y hacerse apreciar. Hacen falta calma, seriedad y
respeto. El adolescente puede conquistar una justa autoestima si se siente
valorizado.
Debe poder disponer de un mínimo de autosuficiencia y autonomía.
La estima no se puede fingir y se demuestra con confianza y responsabilidad crecientes.
Depender de los preadolescentes para encargos también delicados, entregarles
el dinero que les puede servir para sus necesidades, reconocerles el derecho
de escoger y cultivar amistades, entretenimientos, grupos deportivos, actividades
sociales, son cosas óptimas. Animarlos. Los adolescentes son pobres, poseen
solamente sus sueños, que muchos se divierten en pisotear. Manifiéstenles
su satisfacción y alegría cuando los hijos hacen algo bueno:
en esta edad la alabanza refuerza los lazos afectivos. Rezar con ellos.
Pascual Chávez Villanueva |