¿Familia o amigos?
Bruno Ferrero

Aunque los padres sean excelentes y comprensivos, aunque la madre sea tranquila y equilibrada, aunque el padre sea afectuoso y tolerante, la separación de los hijos adolescentes parece ser una realidad inevitable y una parte constitutiva y normal del camino familiar. Aunque haya preguntas que preocupan y que no siempre tienen respuesta...


Foto: BSCAM

¿Por qué los amigos son más importantes que la familia?
Según algunas investigaciones, el alejamiento de los adolescentes de sus familias es más frecuente y más real de lo que era hace un tiempo. Hoy los hijos están más alejados de sus padres de lo que estaban los mismos padres de los actuales abuelos. Parece que el surco entre las generaciones sucesivas se ha ido profundizando.
A partir de la pubertad, las prioridades de los hijos se revierten: los amigos son lo primero, y la familia pasa a un segundo lugar. Sea por las relaciones amistosas o por las relaciones agresivas que viven, los adolescentes comienzan a tomar distancia de sus padres y a descubrir la posibilidad de «vivir en la sociedad». Con los amigos, comienzan a tener en cuenta otras prioridades, a querer a personas que están fuera de la familia, a descubrir otras fidelidades. Es un aprendizaje necesario. Los padres no tienen que preocuparse demasiado por esto.
Una característica de los adolescentes es la pasión por lo nuevo y por lo que todavía no es conocido: personas, ambientes, actividades. De ahí, su inclinación a comenzar a poner sus intereses fuera de la familia. Lo que no siempre es fácil: necesitan coraje y apoyo. Por eso, es importante hablar con ellos del mundo que los rodea en términos positivos, como un espacio digno de ser explorado, y no como un lugar infame y amenazador.

¿Tengo que preocuparme porque pasa todo el tiempo con los amigos?

Que un adolescente prefiera a sus amigos antes que a su familia, es algo normal. Pero hay que estar atentos para que no se encierre en un círculo que lo aísle de los demás y de la realidad. Los padres tendrían que preguntarse siempre: «¿qué está buscando mi hijo ahora?». La respuesta, a veces, puede ser dolorosa. Los hijos no deberían huir de situaciones familiares tediosas, oprimentes o agresivas... Deberían sencillamente salir para comenzar a explorar el mundo.
Los adolescentes están llenos de curiosidades y desafíos interiores, pero necesitan tener a sus espaldas un refugio seguro. La aventura está bien, pero también lo está la seguridad de la protección familiar que permita dar marcha atrás cuando sea conveniente. No todos los «aventureros» son conscientes de esta necesidad, y si lo son, no todos la aceptan. Muchos la rechazan como signo de debilidad o de falta de valor. Pero, en realidad, la sed de seguridad existe prácticamente en todos, y los padres tienen que saber apagarla. El mejor modo de satisfacer esta exigencia es no acusar a los hijos de traición o ingratitud cuando se alejan de la falda materna, sino hacerles comprender que los padres estarán siempre allí, prontos para volver a recibirlos.
Y tienen que reaccionar con decisión cuando se dan cuenta que los hijos se están dejando llevar por alguna influencia peligrosa. En tal caso, hay que hacerse tiempo para hacer cosas con ellos: acompañarlo al fútbol, ir con ellos al cine o a algún acontecimiento particular. Hay que cuidar que los adolescentes tengan centros de interés personales y no estén simplemente «a remolque» de los intereses de sus compañeros. Hay que proponerles actividades y confiarles responsabilidades, aunque las rechacen. En este período, especialmente las madres, tienen que favorecer, aún con un poco de fantasía, las confidencias entre padres e hijos.

¿Cómo puedo saber si tiene buenas compañías?

Nunca se puede estar totalmente seguro. La finalidad de la educación no es preservar a los hijos de las malas influencias, sino ayudarlos a saber preservarse de ellas. Por eso, es importante que aprendan a conocer a las personas y a conocerse a sí mismos. La mejor solución es siempre hablar. Los padres tienen que invitar a sus hijos a hablar de sus amigos, de sus gustos, de sus pasatiempos, de la música que escuchan... Y tienen que mantener siempre abierto un canal de contacto. Sólo así los hijos sentirán que pueden experimentar sin ser condenados. Pero hay que acompañarlos: los adolescentes tendrán que aprender, con dolor, que hay traiciones, mezquindades y desilusiones. Y en esos momentos necesitarán de sus padres.


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¿Por qué mi hija ya no me habla?

Muchos adolescentes hacen todo lo posible para aislarse, para cortar sus relaciones con los familiares y sumergirse en su desierto privado. En realidad, para ellos, más que una falta de compañía, la soledad es una búsqueda de sí mismos. Los adolescentes pueden tener muchas razones para optar por el silencio. Los padres tendrán que estar muy atentos para descubrir si el silencio de los hijos clausura su relación con el mundo o si solamente lo reservan para la relación con sus padres. Si los sienten reír en su habitación, si están contentos con sus amigos, si siguen hablando con ellos por teléfono, no hay que preocuparse demasiado...
Pero también se puede reaccionar. La adolescencia de los hijos no puede impedir a los padres vivir y expresar sus sentimientos. Pueden decirles, sencillamente, sin quejas y sin reproches, que están tristes por sentirse excluidos de sus vidas. Pero no hay que insistir: los adolescentes no lo hacen a propósito. En el fondo, con sus padres están seguros. Lo difícil para ellos es conquistar y mantener los amigos. No hay que olvidar que los adolescentes reaccionan en términos de igualdad: los padres que quieren la confianza de sus hijos, tienen que expresarle, a su vez, su propia confianza.

¿Dónde diablos va cuando sale de casa?

Tenemos que aceptar que las exigencias y experiencias de los adolescentes cambian progresivamente y que, inevitablemente, su radio de acción se va ampliando. Si hasta hace poco tiempo buscaban delimitar el territorio preferencial de su alojamiento, ahora quieren tener mayor movilidad para descubrir nuevos ambientes, construir nuevas relaciones y experimentar nuevas situaciones. Esta apertura de horizontes no tendría que ser considerada como un problema por los padres.
Es claro que siempre existen riesgos. Y no sólo para los adolescentes. También para los adultos, que sabemos que no es fácil abrirse a los otros y compartir la vida con el prójimo. Pero los riesgos no son motivo suficiente para dejar de intentarlo. Por el contrario, hay que ayudarlos a ser confiados y optimistas y exorcizar el miedo al mundo exterior. Obviamente, se requiere medida y prudencia: Jesús mismo invitó a sus discípulos a ser, al mismo tiempo, serpientes y palomas.
Un poco de sencillez puede ayudar a mirar en torno de sí y de sí mismo y valorar con realismo, pero también con generosidad, las oportunidades y peligros, los problemas y ocasiones positivas. Si los adolescentes no se sienten obstaculizados a cada momento en sus deseos y proyectos, aprenden a aceptarlos y a comprender hasta dónde conviene arriesgar y cuándo es mejor dar marcha atrás. Todo esto dando por descontado que los adolescentes no son infalibles: alguna vez se equivocarán en las elecciones y en los comportamientos. Pero, tampoco aquí hay que hacer tragedia: los errores, cuando se aceptan con sentido crítico y una pizca de optimismo, sirven también para ayudar al crecimiento.



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