El fruto: cambiar el mundo

La Jornada Mundial de la Juventud ha sido una gran fiesta en la que hemos podido vivir la universalidad de la Iglesia y en la que Cristo nos invita a la unidad sin importar cultura o idioma.
La convivencia con familias alemanas nos permitió conocer su estilo de vida, sus costumbres. Conocimos sus ciudades y su historia. La permanencia en las parroquia de Bodenwer y Hozminden fue maravillosa. En Colonia vivimos la misa de apertura, las catequesis, el Vía crucis. Pudimos estar a dos metros del Papa Benedicto a su llegada a Colonia cuando bajaba del barco en su paseo por el Rin. Recibimos su bendición en la misa de clausura junto con su mensaje: «Jóvenes de habla hispana, han venido para adorarle y lo han encontrado; llévenlo a su tierra».


Foto: G. MARTINEZ

Estamos agradecidos con la parroquia San Martín de Güzburg que, a través de su patrocinio con los pasajes, nos ha permitido realizar nuestro sueño. Participar en la JMJ es sin duda una experiencia que todo cristiano debe vivir, porque se puede experimentar la unidad de la Iglesia a través de la eucaristía y el mensaje de Papa a los jóvenes.

Lourdes, Carlos, Yuny, y yo proveníamos de una parroquia salesiana. Eso nos permitió participar en el festival salesiano Club Don Bosco que se llevó a cabo en Colonia, que reunió a cinco mil jóvenes del Movimiento Juvenil Salesiano del mundo. Allí se nos orientó a vivir en coherencia con nuestra fe y a cultivar la adoración.

Solo el 43 % de la población total de la arquidiócesis de Colonia es católica, y se busca que uno de los frutos de la JMJ sea que más jóvenes de Alemania participen en la Iglesia.
Ena Flores , Lourdes Blandin. Carlos Durón y Yuny Sierra, Honduras



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