Efecto
transformador de la Eucaristía
Benedicto XVI
¿Cómo Jesús puede repartir su Cuerpo y su Sangre? Haciendo
del pan su Cuerpo y del vino su Sangre, Él anticipa su muerte,
la acepta en lo más íntimo y la transforma en una acción
de amor. Lo que desde el exterior es violencia brutal, desde el interior
se transforma en un acto de un amor que se entrega totalmente. Esta
es la transformación sustancial que se realizó en el
cenáculo
y que estaba destinada a suscitar un proceso de transformaciones cuyo último
fin es la transformación del mundo hasta que Dios sea todo
en todos (cf. 1 Cor 15,28).
Desde
siempre todos los hombres esperan en su corazón, de algún
modo, un cambio, una transformación del mundo. |

Foto: GUIDO KARL/
WJT gGmbH
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Este
es, ahora, el acto central de transformación capaz de renovar
verdaderamente el mundo: la violencia se transforma en amor y, por
tanto, la muerte en vida.
Dado
que este acto convierte la muerte en amor, la muerte como tal está ya, desde su interior, superada; en ella está ya
presente la resurrección. La muerte ha sido, por así decir,
profundamente herida, tanto que, de ahora en adelante, no puede ser
la última palabra. Ésta es, por usar una imagen muy conocida
para nosotros, la fisión nuclear llevada en lo más íntimo
del ser; la victoria del amor sobre el odio, la victoria del amor sobre
la muerte. Solamente esta íntima explosión del bien que
vence al mal puede suscitar después la cadena de transformaciones
que poco a poco cambiarán el mundo. Todos los demás cambios
son superficiales y no salvan. Por esto hablamos de redención:
lo que desde lo más íntimo era necesario ha sucedido,
y nosotros podemos entrar en este dinamismo. Jesús puede distribuir
su Cuerpo, porqué se entrega realmente a sí mismo.
Esta primera transformación fundamental de la violencia en amor, de la
muerte en vida lleva consigo las demás transformaciones. Pan y vino se
convierten en su Cuerpo y su Sangre. Llegados a este punto la transformación
no puede detenerse, antes bien, es aquí donde debe comenzar plenamente.
El Cuerpo y la Sangre de Cristo se nos dan para que a su vez nosotros mismos
seamos transformados. Nosotros mismos debemos llegar a ser Cuerpo de Cristo,
sus consaguíneos. Todos comemos el único pan, y esto significa
que entre nosotros llegamos a ser una sola cosa. La adoración, hemos dicho,
llega a ser, de este modo, unión. Dios no solamente está frente
a nosotros, como el Totalmente otro. Está dentro de nosotros, y nosotros
estamos en Él. Su dinámica nos penetra y desde nosotros quiere
propagarse a los demás y extenderse a todo el mundo, para que su amor
sea realmente la medida dominante del mundo.
Yo encuentro una alusión muy bella a este nuevo paso que la Última
Cena nos indica con la diferente acepción de la palabra «adoración» en
griego y en latín. La palabra griega es proskynesis. Significa el gesto
de sumisión, el reconocimiento de Dios como nuestra verdadera medida,
cuya norma aceptamos seguir. Significa que la libertad no quiere decir gozar
de la vida, considerarse absolutamente autónomo, sino orientarse según
la medida de la verdad y del bien, para llegar a ser, de esta manera, nosotros
mismos, verdaderos y buenos. Este gesto es necesario, aun cuando nuestra ansia
de libertad se resiste, en un primer momento, a esta perspectiva. Hacerla completamente
nuestra será posible solamente en el segundo paso que nos presenta la Última
Cena. La palabra latina adoración es ad-oratio, contacto boca a boca,
beso, abrazo y, por tanto, en resumen, amor. La sumisión se hace unión,
porque aquel al cual nos sometemos es Amor. Así la sumisión adquiere
sentido, porque no nos impone cosas extrañas, sino que nos libera desde
lo más íntimo de nuestro ser.
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