La Eucaristía, nuestra Cena Pascual

Hugo Estrada

No deja de llamar la atención cómo los ritos y simbolismos de la cena pascual del pueblo judío del Antiguo Testamento encuentran su correspondencia en nuestra Misa. Recordemos algunas de estas modalidades que se proyectan en nuestra Misa, y que nos ayudan a comprenderla y vivirla de con más fe y devoción.

La sangre de un cordero fue la que sirvió de señal en las puertas de los hebreos para que sus primogénitos fueran librados de la muerte. La sangre de Jesús es ofrecida para salvación de los que la aceptan por fe. Hay que apropiársela personalmente. Bien decía San Pedro: «Ustedes fueron redimidos, no con oro o plata, sino con la sangre preciosa de nuestro Señor Jesucristo, Cordero sin mancha y sin defecto» (1P 1, 19).Jesús le ofreció a Judas su sangre salvadora en la cena. Judas se empecinó en su pecado y murió envuelto en su propia sangre, que lo manchó de ignominia. La Sangre de Jesús no mancha, sino lava.


Foto: BSCAM

El cordero pascual tenia que ser asado al fuego. Una Misa no puede reducirse a un frío rito repetido por costumbre o por obligación. El Cordero de Dios sólo puede ser asado al fuego de la fe y del amor comunitarios. Los discípulos de Emaús iban desalentados y faltos de amor y de fe. Rehusaban formar una comunidad. Lo primero que hizo Jesús fue «calentarles el corazón» por medio de un sermón eminentemente bíblico. Cuando ya les «ardía» el corazón, les pudo «partir el pan».

La liturgia de la Palabra, el canto, los gestos, las ceremonias están encaminados a «encender» nuestros corazones para formar asamblea de amor y de fe. Sólo cuando están ardiendo nuestros corazones, el Señor puede «partirnos su pan». Es muy difícil asegurar que hay verdadera comunión cuando falta el calor de la comunidad, cuando simplemente hay ritos y ceremonias elegantes, pero falta el fuego de la caridad, en el que debe ser asado el Cordero de Dios.

El pan sin levadura no podía faltar en la cena pascual de los hebreos. Días antes de la fiesta de pascua, el padre de familia, con una vela en la mano, pasaba ritualmente por toda la casa revisando si había levadura en algún lugar. Si la encontraba, la casa era declarada impura. Para el judío la levadura era símbolo de impureza. Jesús preparó debidamente a sus apóstoles en la última Cena para su «primera comunión». «Ustedes -les decía Jesús- ya están limpios por la Palabra que les he dicho».(Jn 15,3). Pero también les dijo: «Pero no todos»(Jn 13,10). Conocía el corazón de Judas. San Juan comenta: «Tan pronto como Judas recibió el pan, Satanás entró en su corazón» ( Jn 13, 27).

San Pablo, como buen pastor, advertía a los que se acercaban a la comunión: «Cada uno debe examinar su propia conciencia antes de comer el pan y beber de la copa. Porque si come y bebe sin fijarse en que se trata del cuerpo del Señor, para su propio castigo come y bebe» (1Co 11, 28-29). También Pablo acentuaba que muchos, por no recibir la comunión con las debidas condiciones, no se encontraban espiritualmente bien. «Por eso -afirmaba-, muchos de ustedes están enfermos y débiles, y también algunos han muerto» (1Co 11, 30).

A la Eucaristía no se nos pide que nos presentemos como «santos de primera categoría». El Señor lo único que exige es que no haya pecado grave en nuestro corazón. Nada de escrúpulos entonces. San Pablo decía: «Nuestra pascua debe ser con panes ácimos de sinceridad y verdad» (1Co 5, 7). Es lo que Jesús nos exige: arrepentimiento sincero y una fe grande en su poder sanador en la comunión.

La cena pascual era eminentemente familiar. En cada familia se debía comer un cordero. Por medio de la célula familiar el Señor quiso reconstruir a su pueblo, que había perdido su identidad en la esclavitud. La unidad familiar le dio un poder excepcional al pueblo de Israel. Jesús quiso que la cena del Nuevo Testamento fuera una cena en donde predominara el sentido de familia. En la última Cena sólo quiso estar con sus amigos íntimos, los apóstoles. Los primeros cristianos, a la luz del libro de los Hechos, celebraban sus Eucaristías en las casas particulares, en un ambiente de familia. Así lo describe el libro de Hechos: «En las casas partían el pan y comían juntos con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y eran estimados por todos; y cada día el Señor añadía a la Iglesia los que iban siendo salvados» (Hch 2, 46-47).

Habría que preguntarse si en el amontonamiento de gente, en nuestras iglesias, hay también «amontonamiento» de corazones; si existen verdaderas comunidades, sentido de familia. De nada valen las ceremonias impecables, si falta lo esencial: el espíritu de familia, que es indispensable para experimentar el Espíritu de Jesús.

Cuando San Pablo supo que entre los corintios había divisiones y partidismo, les escribió para decirles: «Ésta no es la Cena del Señor» (1Co 11, 20). Habría que preguntarse,

seriamente qué diría Pablo acerca de muchas tristes y frías Misas en donde reina un dudoso «misticismo»; en donde abunda el silencio, pero también el egoísmo de las personas que buscan estar «tranquilas» sin tener que derrumbar sus barreras de «egolatría», que les impiden encontrarse con los hermanos y formar ambiente de familia, que es esencial para que pueda haber Cena del Señor.

La cena de pascua era una cena sacrificial. Suponía el sacrificio de un cordero que había sido seleccionado con anticipación. En la Ultima Cena, Jesús hizo alusión a su sangre «derramada» por la salvación del mundo. «Ésta es mi sangre -dijo Jesús- con la cual se confirma el pacto, la cual es derramada en favor de muchos para el perdón de sus pecados» (Mt 26, 28).

A la Misa la llamamos «renovación del sacrificio de la cruz».No significa repetición del sacrificio de la cruz, sino actualización por la fe de lo que hizo Jesús por nosotros en la cruz. En la Eucaristía se nos ofrece la sangre salvadora del Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. La Misa es el acto de culto en el que nos volvemos a apropiar, por la fe en el Sacramento, la salvación que Jesús nos ofrece. La Misa es una cena sacrificial incruenta.

La Misa no debe quedarse únicamente en simbolismos y recuerdos. Es el momento para unirnos a los sufrimientos de Jesús, para ser también nosotros corderos que ofrecemos nuestro sacrificio para servicio de la comunidad. San Pablo decía: «Completo en mi cuerpo lo que falta a los padecimientos de Cristo por su Cuerpo que es la Iglesia» (Col 1, 24). La Misa es el lugar adecuado para renovar nuestro ofertorio de estar junto al Señor para tomar nuestra parte en la cruz que Jesús quiere compartir con nosotros como la compartió con Simón de Cirene. Cada uno, en la Misa, queremos ofrecernos como corderos para unirnos al sacrificio de Jesús en la Cruz, en beneficio de todos los hermanos, especialmente de los que están alejados del camino de la salvación.

La primera cena de pascua fue una cena de exodo. Los hebreos se separaron del paganismo egipcio para prepararse a iniciar el éxodo, su salida. En esta forma, reunidos en familia, en una cena eminentemente religiosa, en donde abundaban los salmos, las oraciones y la Escritura, el pueblo israelita cobraba conciencia de su privilegio de «pueblo de Dios», de su consagración. Durante la Misa nos reunimos los seguidores de Jesús en la Casa del Padre. Vivimos en un mundo infectado por una cultura paganizada. Nos movemos dentro de una sociedad que se llama cristiana, pero que vive paganamente.



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