Algunas reglas sobre las reglas
Bruno Ferrero

El problema de los padres son los hijos adolescentes, que salen no se sabe con quién, pasan la noche no se sabe dónde, vuelven no se sabe cuándo y a veces, hasta no regresan...

DE LA VIDA DIARIA...
Soy una madre como tantas. Una madre que, casi todas las noches, ve salir a sus hijos adolescentes y no sabe si los verá volver. Que, casi siempre, después de decirles ‘¡Chao! ¡Que no se les haga tarde! ¡Cuídense!’, se hace esa pregunta lacerante: ‘¿Volverán?’. Si, seguramente volverán. Pero ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿a qué hora?, ¿con quién habrán estado?, ¿en qué condiciones estará el que maneja el auto?, ¿habrán bebido o fumado quién sabe qué?... Hasta ahora he sido una madre afortunada: siempre regresaron, aunque sea a las 4, a las 5, o a las 6 de la mañana. Y yo y mi esposo, en casa, esperándolos...

Sé que hay padres que igualmente pueden dormir, agobiados quizás por la jornada de trabajo.


Foto: BSCAM

Pero sé también que hay padres que no pueden dormir y se quedan con los ojos abiertos, en la oscuridad de su dormitorio, esperando ese bendito rumor, esa llave que finalmente gira en la cerradura de la puerta. ¡Llegaron! Es casi de día, la noche ha pasado, ¡y los hijos están en casa!...

Pero, me pregunto qué vida es ésta, cuánto tendrá que durar, hasta cuándo nosotros padres podremos resistir sin caer en la locura. Porque después vienen los líos de nunca acabar, las caras largas, las prédicas, los llantos, las amenazas... ¿En qué nos hemos equivocado? ¿Por qué los hijos retribuyen así nuestro esfuerzo de darles lo que nosotros mismos no tuvimos? Les dimos confianza, respeto y libertad. Pero nos han cambiado la confianza por el desinterés y la indiferencia, nos han faltado el respeto, nos han puesto al servicio de todas sus necesidades y han transformado la libertad en egoísmo al estado puro. Nada ni nadie está antes que ellos. No hay más deberes, sino sólo derechos. La familia, los sentimientos, el corazón, no cuentan... Como educadores, ¡hemos fallado!».

REGLAS SÍ, REGLAS NO?
Muchos padres creen que la falla podría haberse evitado si hubiesen utilizado un sistema educativo «más fuerte». Esta manera de pensar esconde un engaño maligno: no se trata de utilizar la fuerza para obligar a los muchachos a tener una determinada conducta, sino de construir muchachos fuertes, dignos de confianza, respeto y libertad. Es decir, dar a los hijos una estructura fuerte. Lo que implica volver a plantear el asunto de las reglas.

Es imposible educar un hijo sin hacerle sentir las obligaciones que tiene en relación con su familia. El niño va formando esta conciencia con el ejemplo de sus padres y el clima de familia, pero también con la ayuda de algunas reglas que son como el soporte que sostiene a quien tiene que crecer. Las reglas son memoria y también son presencia afectuosa de los padres, cuando éstos están físicamente lejos. Tienen que darse a conocer a los hijos desde el año cero. No se puede comenzar a los doce años...

¿MUCHAS O POCAS?
El número de reglas tiene que ser el más limitado posible. Éste es uno de esos ámbitos de la vida en el que «cuanto menos, mejor». Si las reglas son muchas, irritarán a los hijos, fácilmente se olvidarán y serán motivo de angustia y preocupación para los padres cuando quieran hacerlas respetar. Las reglas tienen que tener también un objetivo. Normalmente, tienen que evitar todo lo que puede resultar destructivo para el bienestar físico, emocional o social del adolescente, y promover todo lo que lo pueda ayudarlo a alcanzar objetivos importantes. Quien vive responsablemente sabe decir «no» a lo que destruye y sabe decir «sí» a lo que construye.


Foto: BSCAM

LAS COSAS CLARAS...
Las reglas tienen que ser lo más claras posibles. Las normas ambiguas crean confusi6n para el adolescente y para los padres. La expresión «vuelvan a una hora razonable» puede ser interpretada de manera muy diferente por los padres y por los adolescentes. «Vuelvan a las 11», es una afirmación clara. El adolescente podrá infringirla, pero el contenido de la norma ha sido claro. Si es así, el adolescente tendrá conciencia de cuando la está transgrediendo. Buscará formas para disimular su error. Afirmará que el error no ha sido tal. Pondrá argumentos para explicar lo que hizo. Pero sabrá claramente que no cumplió la norma. En cambio, si la norma es ambigua, podrá poner objeciones a lo que los padres sostienen que ha infringido. Las reglas poco claras abren la puerta a las discusiones y los desencuentros. Y ahí, los adolescentes se sentirán llamados a «entrar en escena» y «hacer versos» divinamente.

NO ES LO MISMO CUMPLIR O NO CUMPLIR
Las normas tienen que ser, también, lo más justas posible. Es la condición más difícil: padres e hijos no tienen el mismo concepto sobre la «equidad» de una regla. Pero dialogando y tratando de comprender los puntos de vista de unos y otros, se puede llegar a un acuerdo sobre lo que se considera «justo».

Los adolescentes sienten con pasión el asunto de la justicia. Confrontan los valores, la moral, la lógica y la razón. Y cuando entienden que su sentido de justicia es violado, reaccionan con pasión. Si el padre corta una discusión, si decreta una norma arbitrariamente, si no quiere escuchar los reclamos de su hijo adolescente, el hijo se sentirá rechazado y reaccionará contra él. Cuando proponen las reglas, los padres tendrán que hacer el máximo esfuerzo para escuchar y tener en cuenta el sentido de justicia de los adolescentes. Si no reconocen que una norma es justa, muy seguramente se rebelarán, cuando llegue el momento de tener que cumplirla.

Las normas tienen que tener siempre consecuencias. Es importante que las consecuencias sean coherentes y estén determinadas siempre antes de la norma sea violada. Tienen que ser impuestas con amor y hasta con una cierta «aceptación», de manera que el adolescente pueda decir tranquilamente a sus amigos: «Hoy no puedo salir: estoy comprometido en casa».



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