Traficar con aceite

Don Bosco recordaba a todos los Superiores, maestros, asistentes y jefes de taller la obligación de prevenir los desórdenes y de mantener firme la observancia del reglamento, salvaguardia de la moralidad, y no dejaba de recomendar continuamente la caridad, los modos afables, y en ciertos casos también la tolerancia al exigir la obediencia. Decía, a veces, a quien tenía un natural áspero:


Foto: BSCAM

- Deseo que de hoy en adelante te ganes los corazones sin hablar; y, si hablas, condimenta tu palabra con dulzura.
A otro:
- Recuerda que las moscas no se cazan con vinagre.
Un día tomó aparte a Don Miguel Rúa, administrador del Oratorio y, con toda seriedad, le dijo:
- Escucha, querido; ponte a traficar con aceite.
- ¿Traficar con aceite?, repitió extrañado el administrador.
- Sí, a traficar con aceite.
- Pero, Don Bosco, ¿un religioso?
- Precisamente: ¿no eres tú el administrador y, como tal, el encargado de las reparaciones necesarias en el Oratorio? Pues bien, me parece haber oído que algunas puertas chirrían y, con un poco de aceite en sus goznes, se arreglaría todo.
- ¿Cómo es eso? No veo la razón...
Luego añadió Don Bosco con una dulce sonrisa, silabeando las palabras:
- Y después, después... tus dependientes rechinan de un modo... Así que: ¿estamos de acuerdo? Cuando trates con ellos, recuerda que eres, o mejor, que debes ser traficante en aceite.
Don Miguel Rúa comprendió y todos, al ver su bondad, su amabilidad, su dulzura, en una palabra, al ver que era otro Don Bosco, quedaron persuadidos de que Don Bosco no desperdiciaba el tiempo dando con la mayor amabilidad lecciones tan preciosas.

Memorias Biográficas, VIII, 418-419

 

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