Santa María Domínica Mazzarello

Mayo de 1871.
Don Bosco reúne el “Consejo” de la Congregación Salesiana: están Miguel Rúa, Juan Cagliero, Pablo Álbera...Dice: “Son muchos los que me han aconsejado repetidamente que hagamos con las jovencitas el poco bien que, por la gracia de Dios, vamos haciendo con los jóvenes... Temo ir en contra de un designio de la Providencia si no tomo este asunto en una seria consideración. Por tanto, se los propongo a ustedes”.
En una segunda reunión, preguntados uno por uno, todos los “consejeros” dan el voto afirmativo. Entonces Don Bosco determina fundar las Hijas de María Auxiliadora. El núcleo fundamental de ellas será el grupo de muchachas que en Mornese, con María Mazzarello a la cabeza y bajo la dirección de don Pestarino, están ya viviendo en silencio una verdadera vida religiosa.

Felisa Mazzarello, hermana de María , recordaba así la vida de los primeros tiempos: “Le faltaba muchas veces a la pequeña comunidad el sustento necesario, le faltaba hasta la harina para la polenta y, cuando había harina, faltaba la leña para cocerla. Entonces, salía María al campo con algunas de las “Hijas” e iba a un bosque a hacer un haz de leña seca y, con ella al hombro, volvía a casa a preparar la comida. Cocida la polenta, la llevaba al patio, la ponía en el suelo, e invitaba a sus compañeras al opíparo banquete. No había platos ni cubiertos, pero sobraba apetito y alegría.

Después de haber decidido la fundación de las Hijas de María Auxiliadora, Don Bosco llamó a don Pestarino y se lo comunicó. La relación que don Pestarino escribió inmediatamente después del coloquio dice: “Don Bosco expuso el deseo de pensar en la educación cristiana de las niñas del pueblo, y declaró que Mornese era el lugar más a propósito que él conocía ya que, estando allí las Hijas de la Inmaculada, se podía elegir las llamadas a hacer vida común, e iniciar el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora, a favor de las niñas del pueblo”.

Don Pestarino, obediente, aceptó. Pero se quedó “pensativo y turbado” por dos dificultades. Aquellas muchachas eran excelentes cristianas, pero a ninguna se le había pasado por la cabeza la idea de hacerse religiosa. Además, Don Bosco quería destinar el colegio de Borgo Alto para sede inicial de las Hijas de María Auxiliadora. Pero el pueblo había colaborado en su construcción pensando que era un colegio para los muchachos. El cambio suscitaría grandes disgustos. Pero Don Bosco había decidido así.

29 de enero de 1872. Por orden de Don Bosco, don Pestarino reúne a las primeras 27 Hijas de María Auxiliadora para la elección de su primera superiora. Veintiún votos recaen sobre María Mazzarello, la cual pasmada dice enseguida a las compañeras que la dispensen. Insisten las otras, y don Pestarino decide dejarlo todo a la voluntad de Don Bosco. María se siente aliviada: Don Bosco conoce su incapacidad y la dispensará. Por el contrario, Don Bosco sabe de cuánto es capaz ella, y la confirma en el cargo, con gran desolación suya.

Ahora hay que llevar a las Hijas al colegio de Borgo Alto. Pero ¿cómo hacerlo sin despertar el malhumor del pueblo? Viene en su ayuda un suceso. La casa del párroco amenaza ruina. El Consejo municipal decide derribarla y reconstruirla. Ruega por tanto a don Pestarino que ponga a disposición del párroco la casa que posee junto a la iglesia.

- ¿Y dónde pongo a las Hijas que enseñan a coser y hospedan a las niñas pobres?, objeta el “curita”.
El Consejo piensa y sugiere:
- Mándelas al Borgo Alto. La planta baja ya está terminada y aún no está ocupada por nadie.
Don Pestarino soltó un respiro de satisfacción: le ordenaban hacer lo que él no se atrevía a pedir. Las Hijas se trasladaron en carretas, llevándose consigo hasta los gusanos de seda, una de sus pobrísimas entradas.

Por el momento, el traslado no despertó ninguna extrañeza. Mas, apenas corrió por el pueblo la voz de que las Hijas (cuyo número aumentaba rápidamente) ocuparían el colegio para siempre, dando así vida a un nuevo Instituto religioso, “se armó una protesta y un lamento general” (Mb X, 561). “Los habitantes de Mornese alzaron voces de traición. Las Hijas de María Auxiliadora dieron los primeros pasos en un clima de incomprensión, casi de hostilidad. Lo cual se unía a la pobreza y las privaciones, que ya eran grandes”.

5 de agosto de 1872. Las primeras 15 FMA reciben el hábito religioso. Once pronuncian también los primeros votos. Entre ellas está María Mazzarello. Don Bosco les dice: “Ustedes están tristes porque sus mismos parientes les vuelven las espaldas. No les duela ser maltratadas por el mundo. Sólo así serán capaces de hacer un gran bien. Compórtense como consagradas a Dios: los ojos bajos, pero no la cabeza” (Mbe X, 563). El mensaje de Don Bosco a sus primeras hijas está clarísimo: los ojos hay que bajarlos ante la majestad de Dios, pero la cabeza se lleva alta entre la gente, y no debe estar inclinada como la de las siervas, sino alegre y satisfecha como la de las hijas de Dios.

Muchas hermanas empleaban como almohada un pedazo de madero envuelto con trapos, del mejor modo posible.

Todas las almohadas de la casa eran para las niñas. María Mazzarello no quería que las hermanas más jóvenes se mortificaran de ese modo, pero no podía gritar mucho porque ella era la primera que había escogido aquel sistema.

9 de febrero de 1876. en medio de la nevisca, parten las tres primeras hermanas. Van a Vallecrosia, en Liguria, para abrir un oratorio y una escuela para niñas.

29 de marzo. Otras siete hermanas parten para Turín. A 50 metros del Oratorio de Valdocco, abren un oratorio y una escuela femenina. Esta casa será después, por más de 40 años, la casa central de las Hijas de María Auxiliadora.

1878. Las Hijas de María Auxiliadora son ya una familia numerosa, esparcida por todo el mundo. El centro de la Congregación se traslada, por orden de Don Bosco, de Mornese a Nizza Monferrato. Es un tirón doloroso para María Mazzarello. Se despide de su padre y de su madre, ya ancianos, da un adiós al cementerio, donde reposan don Pestarino y algunas de las primeras compañeras.

El hecho de ser la superiora general no hizo perder a María Mazzarello el sentido de la proporción. Siguió atendiendo a las niñas pequeñas en el dormitorio, con amor y delicadeza. Una chiquilla, a quien los sabañones habían pegado pies, medias y zapatos, miró en derredor y, creyendo que nadie la veía, se metió bajo las sábanas con zapatos y todo. Madre Mazzarello advirtió la maniobra.

No dijo nada. Bajó a la cocina en busca de una jofaina con agua tibia, gasa y algodón. Subió con todo ello junto a la cama de la niña y le dijo bajito:
- Vamos a ver esos piececitos. No tengas miedo, no te haré daño.

Enero de 1881. Las hermanas advierten que la salud de madre Mazzarello va declinando. Hay quien le dice que debe cuidarse un poco más, pero ella responde sonriendo:
- Es mejor para todos que me vaya. Así pondrán una superiora más inteligente que yo.

Viene el desplome mientras está acompañando a un grupo de misioneras que parten para América. Por un contratiempo le toca pasar la noche acurrucada en un rincón, vestida y temblando de fiebre. Por la mañana no puede ni siquiera ponerse en pie. “Pleuritis aguda” (inflamación de las membranas que cubren el pulmón), sentencia el médico. Cuarenta días de fiebre, lejos de su casa, atormentada con las famosas cataplasmas, única cura entonces conocida. Llega a Niza, pálida y extenuada. La recibieron con una gran fiesta, que la conmovió. Dio las gracias con pocas palabras:
- En este mundo, pase lo que pase, no tenemos que alegrarnos ni entristecernos demasiado. Estamos en manos de Dios, que es nuestro padre, y hemos de estar siempre dispuestas a hacer su voluntad.

Sabiendo que a Don Bosco le había concedido Dios el don de conocer el futuro, le preguntó si ella se curaría de esa enfermedad y el santo le respondió de una manera muy extraña. Le dijo así:
« Le voy a contar una parábola. Un día llegó la muerte a una casa de religiosas y le dijo a la portera: ‘¡Venga conmigo a la eternidad!’. Pero la portera le respondió: ‘Tengo mucho oficio en la portería y no me puedo alejar de aquí’. Entonces pasó la muerte a la cocina y le dijo a la hermana cocinera: ‘¡Venga conmigo a la eternidad!’. Pero la hermana cocinera le dijo: ‘Tengo tanto que cocinar’. ¡No puedo acompañarla!’. Y la muerte fue donde la Superiora y le dijo: ‘Ud. tiene que dar a las demás ejemplo de obediencia. ¡Venga conmigo a la eternidad!’. Y la superiora, para dar ejemplo, se fue a la eternidad con la muerte”.

La caída llegó en la primavera. Tras los cristales de la ventana se veían las flores y la vegetación. Le gustaba oír el alboroto de las niñas que corrían y jugaban alegremente. Quiso hablar todavía una vez más con sus hermanas. Dijo:
- Quiéranse bien. Estén siempre unidas. Han dejado el mundo. No se fabriquen otro aquí. Piensen por qué entraron en la Congregación.

Estaba mal, pero no quiso entristecer a nadie hasta el fin. Más aún, hasta se esforzó por cantar. Dios vino a su encuentro al alba del 14 de mayo de 1881. Todavía logró murmurar: “Hasta volver a vernos en el cielo”. Tenía cuarenta y cuatro años.


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